compartir

Ilustración que defiende el compartir antes que el competir.

Opinión

Evolucionar del competir al compartir

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El mundo de hoy, donde el competir es la regla de querer estar a la altura de las circunstancias, necesita de verdad compartir, dar lo mejor de cada uno sin preocuparse de ser más que los demás. Las estructuras económicas, hoy día, elevan el egoísmo de cada uno a nivel de comunidad. De ahí tanta injusticia, tanta corrupción. Hemos de aprender a pasar del competir al compartir, para estar todos mucho mejor

1. Desde Platón a Tolkien, 2.500 años de Señores de los Anillos

Platón, en La República, relata la leyenda mitológica de Giges de Lidia, un pastor que encontró un caballo de bronce con un cuerpo sin vida en su interior, que tenía un anillo de oro que resultó ser mágico, pues por casualidad volvió hacia la palma de la mano el engarce de la sortija y, al punto, se hizo invisible para los demás pastores, que comenzaron a hablar como si él se hubiese retirado, lo cual le llenó de asombro. Si ponía el engarce hacia fuera de nuevo era visible. Giges lo usó para seducir a la reina y, con ayuda de ella, matar al rey, para apoderarse de su reino y convertirse en un tirano. Parece así que todas las personas por naturaleza son injustas. Sólo son justas por miedo al castigo de la ley o por obtener algún beneficio por ese buen comportamiento. Si fuéramos invisibles a la ley como Giges con el anillo, seríamos injustos por nuestra naturaleza: el ser humano haría el bien hasta que se hace invisible, y roba. Según este supuesto, la persona no sería libre. En cambio, Platón señala que ningún hombre razonable debería querer ese anillo, pues tiene todo lo que necesita para ser feliz y no necesita nada más. Vive en una sociedad en la cual todo el mundo puede ser feliz con lo que posee. Y, si todo el mundo vive contento, ¿para qué necesita el anillo de Giges?

Los señores de los anillos de la literatura, desde Wagner, el músico filósofo, en la ópera El anillo de los Nibelungos, cuenta cómo el horrible enano Alberich consigue robar el oro de un río para forjar con él un anillo que brindará invisibilidad y poder a quien lo porte. Es una joya maldita que no dará contento a nadie. Wagner afirma que, al final, para restablecer el orden del universo, debemos devolver a la naturaleza lo que le pertenece. En este caso, el oro debe regresar al río Rhin, en una idílica comarca.

Es interesante ver cómo Tolkien, en El señor de los anillos, da un giro al tema. El anillo en Tolkien tiene una variante: él mismo susurra al posible portador la promesa de un poder inmenso. Y además tal poder es irresistiblemente tentador. El anillo lleva una inscripción: «Un anillo para gobernarlos a todos. Un anillo para encontrarlos. Un anillo para atraerlos a todos. Y atarlos a las tinieblas», es el resumen de su malicia intrínseca. Y es que quien usa el poder, se corrompe porque el anillo lo domina… pero no a todos. Gandalf no cae bajo la influencia del anillo, escoge la bondad, y prepara una misión para algo que no se les ocurre a los malos: destruir el anillo en el fuego de Mordor donde fue creado (por eso podrán penetrar hasta allá, porque nadie piensa que sea ese su propósito: el codicioso piensa mal y no concibe que el no codicioso pueda querer destruir el mal con el bien). Y escoge a Frodo que, bien acompañado por una comunidad, es capaz de llevar a cabo su misión. Por un lado, no se pervierte como hizo Gollum (esclavizado por el maligno poder), que sufre la soledad desde que asesina a su primo, se autocastiga como hiciera Caín, el primer homicida.

El anillo es además mentiroso, promete pero no cumple; y esclaviza a quien lo lleve. Es como la imagen del demonio, de todo Mal, que en la persona de Sauron usa el anillo como medio de comunicación con los seres de este mundo. «El poder corrompe, y el poder absoluto, corrompe absolutamente» es una frase de 1905 con la que no estoy totalmente de acuerdo, pero que influye mucho en Tolkien. Es la moraleja sobre el famoso anillo que, desde la antigüedad, trata de gobernarnos a todos. Muchos políticos, banqueros, empresarios y demás gente con poder llevan puesto el anillo que lleva a su portador a creerse un dios sediento de más poder, aunque no es más que un pelele seducido por la codicia y sometido al poder del anillo. «Un anillo para dominaros a todos…».

2. La codicia (el egoísmo) no es ‘rentable’: ganar en generosidad sí lo es

El egoísta es soledad, estar en la cárcel del tener y, en cambio, la generosidad es compañía, es la libertad del dar, aprender a compartir. La generosidad surge de un corazón bueno, un desarrollo de la consciencia de cada uno que nos va dando más sabiduría y comprensión, es decir más amor. Así, el que por egoísmo busca estar bien acaba solo, y el que busca hacer el bien crea un mundo mejor, como decía Manzoni en su novela Los novios: «Lo importante no es estar bien sino hacer el bien, y así acabaremos por estar todos mucho mejor».

La generosidad es el hábito de dar, compartir, sin esperar nada a cambio: dar tiempo en voluntariado, dinero, trabajo, pero sobre todo darnos, como decir Teresa de Calcuta: ¿hasta cuánto hemos de dar? Hasta que nos duela. Con empatía (del griego ἐμπαθής, «emocionado»), que es la capacidad de ponernos en la piel del otro.

Cuenta una historia de una pareja de cigüeñas que hizo un nido en lo alto de un campanario, les gustaba ir lejos a cazar ratones y culebras, sapos y pasear y volar sin parar. Tuvieron polluelos, y organizaron las cosas con trapos y hojas para que estuvieran a gusto, pero, cuando volvían, los notaban fríos, faltaba calor. Al final, tuvieron que optar por hacer un sacrificio: se arrancaron algunas plumas de las alas y, con eso, hicieron un lugar acogedor en el que los polluelos estaban a gusto. Ya no podían ir tan lejos en sus vuelos, se sentían menos libres y condicionados porque, con menos plumas, no aguantaban tanto tiempo fuera. Pero sentían gratificación al volver y encontrarse en el nido sus polluelos contentos, habían creado calor de hogar.

Así preferimos dejar de hacer aquel viaje o aquella diversión para que otro esté mejor: «Esto tiene el amor verdadero: olvidar nuestro contento mayor por contentar al que amamos» (Teresa de Ávila). Mejor que disfrutar yo solo de algo es disfrutar con otro, e incluso que me prive yo de aquello para darlo a otro.

¿Qué es generosidad? Es dar limosna a un niño de la calle, invertir tiempo en obras de caridad, pero también escuchar al amigo que quiere abrir su corazón. En definitiva, salir de uno mismo, dejar de estar en-si-mismado (metido en sí mismo) y pasar a estar en-tu-siasmado (volcado hacia el tú de los demás, salir de uno mismo, en éxtasis). Estusiasmado, una palabra que viene de en-theos, estar lleno de dios.

Se trata de no mirarse demasiado al espejo, sino descubrir que lo importante de la vida no es el juego de intereses sino la entrega generosa, puesta de manifiesto en la amistad, el amor, la maternidad. «Cuando das sin esperar, hay un rayo de sol», dice la canción Más allá, de Gloria Stefan.  Por ejemplo, construir el calor de hogar, como el ejemplo de las cigüeñas, hecho a costa de tiempo y de renuncias, de recortar otras cosas que eran más urgentes, pero menos importantes. Es cuando los padres se dan cuenta de que, más que en dar cosas, es darse a sí mismo. 

3. El mundo se desarrolla con la generosidad de compartir

La generosidad es así, la expresión del amor, lo que desarrolla plenamente a la persona y a la sociedad. Y es algo que no puede comprarse en ningún centro comercial, pero es la esencia de la vida, lo que de verdad ilumina el mundo. Quizá aparentemente “no sirve de nada”, pero cuando faltan esas cosas que parece que “no sirven de nada”, no queda nada que sirva. 

René Descartes veía que «la generosidad es la clave de todas las otras virtudes y un remedio general contra todos los desórdenes de las pasiones». Es virtud de las almas grandes, una apertura del corazón que sabe amar, donde no se busca más gratificación que en el dar y en el ayudar. A veces da vértigo esa virtud, porque compromete. 

¿Por qué están tan mal distribuidos los recursos del mundo? ¿Por qué muchos pasan hambre ante la indiferencia de otros, que pueden hartarse y no saben ver que, con un poquito de lo que tienen, se acabaría con el hambre de millones de seres humanos? Hoy día nos falta compromiso. ¿Por qué están tan mal distribuidos los recursos del mundo? Con lo equivalente a lo que gastan en helados Estados Unidos o Europa, podríamos solucionar el agua potable de todo el mundo, o abastecer de medicamentos a los que no tienen acceso a ellos.

Intuimos que el tener, sólo, no basta para dar la felicidad, que el egoísta es un amargado. Como en la película de Orson Welles, Ciudadano Kane, quien no se da a los demás, se encuentra al final solo. El Evangelio nos indica una gran verdad: que «es mejor dar que recibir«, que el que cosecha para sí mismo pierde todo. El lujo nos empobrece si, al lado, tenemos gente necesitada a la que ignoramos.

Vale la pena ser generosos, vivimos más felices. Y nos sale de dentro, no podemos hacer otra cosa. Ante la evolución del cerebro primitivo (el ego) que va sembrando competitividad a una sociedad cada vez más deshumanizada, cosificada, vamos desarrollando el compartir, la generosidad, que nos va haciendo personas plenas, amorosas. Disfrutar de las cosas siendo generoso es lo que nos da libertad de espíritu. Y parece que tenemos menos que otros pero lo tenemos todo.

Parece que, si solo vivimos esta experiencia que llamamos vida, es difícil entender eso. Tolkien dijo que, en su obra, había hablado de algo más profundo que la codicia: la inmortalidad. Cuando nos sabemos parte de algo más grande, que lo que vivimos aquí es real, pero que estamos llamados a seguir después, entendemos plenamente que el objetivo de esta vida no es tener más, sino ser mejores. ¿Mejores en qué? En el amor, porque aquí hemos venido a aprender a amar.

La generosidad es así, la virtud que nos conduce a dar y darnos a los demás de una manera habitual, firme y decidida, buscando su bien y poniendo a su servicio lo mejor de nosotros mismos

La generosidad es así, la virtud que nos conduce a dar y darnos a los demás de una manera habitual, firme y decidida, buscando su bien y poniendo a su servicio lo mejor de nosotros mismos, tanto bienes materiales como cualidades y talentos. Va muy unida a la solidaridad: determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; pienso que es una palabra preciosa porque le añade el sentido de justicia, lo que hay que hacer. No es ya algo opcional sino un compromiso en conciencia.

Todo esto podemos vivirlo en familia, en la sociedad: educar en la generosidad, el desprendimiento y en el dar lo mejor de sí, contrarrestando los efectos del egoísmo. Podemos ser felices haciendo felices a los demás, viviendo la generosidad y la solidaridad. Como un niño que le había preparado su madre un bocadillo para merendar, pero observaban en el colegio que no lo tenía. Avisada, la madre siguió al niño y vio que, de camino a la escuela, se encontraba en un banco con una niña que tenía hambre, a quien le daba el bocadillo y se alegraba viéndola comer satisfecha. Qué bonito descubrir las necesidades de los ignorados, de los solitarios, de los dolidos. En vez de esforzarnos por acumular, animémonos a compartir desde nuestra abundancia de amor.

Conclusión

Pensar que el Universo es un lugar abundante y no un lugar escaso hace que sea mucho más fácil y valioso cooperar que competir, y ayudarse más que atacarse, porque, al fin y al cabo, son nuestros pensamientos los que, en gran medida, han creado y crean continuamente nuestro mundo. Todos formamos una sola familia y, si nos sentimos unidos, podemos vivir una fraternidad con todos, un amor en verdad universal.

Como en la película Cadena de favores, vamos a practicar ser generosos con tres personas sin dejar que nos lo recompensen. Si preguntan cómo pagar eso, les decimos que sean generosas con tres personas. Quién sabe si se creará una reacción en cadena. Y es que «la vida no está hecha para construir, sino para sembrar. En el largo trayecto, desde la hendidura del comienzo hasta la del final, pasamos y esparcimos la simiente. Acaso jamás la veamos nacer, porque, cuando brote, nosotros ya no estaremos. No tiene ninguna importancia. Importante es dejar tras de sí algo en condiciones de germinar y crecer» (Susanna Tamaro). La regla de oro del Evangelio y de todas las tradiciones espirituales es ésta: hacer a los demás lo que queremos que hagan con nosotros, sabiendo que hay más alegría en dar que en recibir.


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2 comentarios

  1. Avatar Angeles Suarez Pozo

    A mí me parece que a la hora de compartir hay que señalar quiénes son los que tienen que compartir.

    No se puede decir, todos tenemos que compartir, puesto que todos no tenemos para compartir.

    Y hoy en día más que hablar de compartir, lo que hace falta es una justicia social. Este concepto nunca lo ha usado la iglesia, porque la iglesia lo que ha ido es a decirle al pobre que es un ejemplo para Dios.

    A la hora de hablar de compartir tenéis que ser más explícitos e ir a los que tienen el dinero.

    Hablar de las nuevas tecnologías, hablar de quién está quitando la mano de obra humana, por máquinas.

    ¿Ustedes creen que las máquinas tienen conciencia como para dejar de trabajar?

    Yo creo que el discurso que ha dado es un poco obsoleto y que lo que hay que hablar es de diferencias de clases, de quién tiene el dinero, quién tiene el poder y quién hace con el dinero y el poder lo que le da la gana.

  2. Avatar Llucia Pou

    Respondo a Angeles, mientras le doy vueltas a una segunda aparte del artículo, donde afrontar las implicaciones económicas de esa idea, siguiendo una intuición: la economía iría mejor si ayudáramos a los pobres. Pero voy a las ideas dichas en su comentario:

    1. «A mí me parece que a la hora de compartir hay que señalar quiénes son los que tienen que compartir». Es importante no echar la culpa a los demás, pues así no se arreglan las cosas, en cualquier caso aparte de hacer esa crítica, yo pienso en ver qué puedo aportar yo, mi «granito de arena», pues no quiero ser un «charlatán» como pienso que son los que «echan los balones fuera». Curiosamente, los que menos tienen, como se dice en el artículo, a veces son los más generosos.

    «No se puede decir, todos tenemos que compartir, puesto que todos no tenemos para compartir»: no estoy de acuerdo, como digo en el artículo: podemos dar amor, ternura, un trozo de pan… la persona se realiza cuando comparte, incluso com-parte me recuerda ese «formar parte» con los demás.

    «Y hoy en día más que hablar de compartir, lo que hace falta es una justicia social. Este concepto nunca lo ha usado la iglesia, porque la iglesia lo que ha ido es a decirle al pobre que es un ejemplo para Dios». No corresponde a lo que dice y hace la Iglesia: caritas es un ejemplo. Y estos días, en https://youtu.be/oKNyUDOnj-E hay un resumen de esas ideas: el que no se ocupa de los pobres traiciona el mensaje de Jesús. «La pobreza es consecuencia del egoísmo». No podemos pasar insensibles ante quien la padece, como está en riesgo de exclusión o cualquier necesidad.

    «A la hora de hablar de compartir tenéis que ser más explícitos e ir a los que tienen el dinero». Pienso con Teresa de Calcuta que «la pobreza la hacemos tú y yo cuando no compartimos lo que tenemos», precisamente hay personas que son tan pobres que solo tienen dinero… más que rabia me dan lástima…

    «Hablar de las nuevas tecnologías, hablar de quién está quitando la mano de obra humana, por máquinas». Espero tratar el tema en el próximo artículo: pienso que las máquinas no son malas, sino que hay que reinventar el trabajo, no ir detrás del progreso sino adelantarnos a él…

    «¿Ustedes creen que las máquinas tienen conciencia como para dejar de trabajar?» Eso no lo entiendo

    El discurso de clases sociales por sí mismo no ha arreglado nada, cuando han quitado el dinero a unos se lo han quedado otros sin que los pobres hayan mejorado, espero tratar el tema de «quién tiene el poder y qué hace con el dinero» como he dicho, pero la idea es que el dinero como el poder corrompen a muchos como dije en el artículo de más arriba; y que es cuestión de educación pues me apunto lo de que «el progreso humano, que es un gran bien del hombre, lleva consigo, sin embargo, una gran tentación: la de que los individuos y los grupos, turbada la jerarquía de valores y mezclado el bien con el mal, miren sólo sus intereses propios y no los de los demás. Lo que hace que el mundo no sea ya un espacio de verdadera fraternidad, mientras el poder acrecentado de la humanidad amenaza con destruir al propio género humano » (Gaudium et spes GS 37).

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