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Un dibujo que ilustra la depresión.

Opinión, Salud

Ansiedad, estrés y falta de paz (I): la angustia y la depresión

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Hemos visto que cuando nos encontramos ante una situación problemática, tenemos reacciones fisiológicas (aumento de la frecuencia cardíaca, incremento de la tensión muscular, aumento de la ventilación pulmonar, sensación de ahogo o dificultad para respirar, dolor de cabeza, molestias en el abdomen, sensación de mareo, sudoración…) que tratan de potenciar nuestro estado de activación corporal para enfrentarnos al evento potencialmente amenazante con las máximas garantías de éxito. Es decir, ansiedad

Esto tiene una explicación: hacer frente a ese reto. Es un estrés que puede ser bueno, o si se mantiene constante puede convertirse en distrés, provocando incluso cuadros patológicos. Por ejemplo, trabajar fuera de casa puede ser causa de una difícil conciliación familiar, con el cuidado de los hijos, de los padres… Eso termina por minar la salud y el equilibrio emocional de muchas personas: insatisfacción, cansancio, tristeza, desmotivación, ansiedad, depresión…

Así lo expresa una persona que pasa por ello: “Humanamente esto es insoportable, quiero que todo esto se acabe. A veces pienso que nadie me entiende y que Dios ya no me escucha. No sé que me pasa, solo tengo ganas de llorar. Hoy, estando acostada, me dieron unos latigazos en el brazo y me asusté. Y pensé que podía morirme ahora mismo y todo se habría acabado. No me siento con fuerzas para nada. A veces pienso que les he fallado a los demás, que le he fallado a Dios por no aceptar y entender lo que él quiere para mí. Vivo en una cárcel con la mierda de sentido de culpa que se instaló en mí desde muy pequeña. Soy mala y hago mal las cosas, esto es lo que siento y no puedo ver salida. Y sigo buscando la perfección para que se me quiera sin darme cuenta de que Dios y mis seres queridos me quieren tal como soy, que no tengo que demostrarles nada”… Son personas infelices que, cada vez con más frecuencia, sienten que “no pueden más” y “tiran la toalla”.

La competitividad actual deja un rastro de personas inseguras, incapaces, impotentes, infelices… Y ello a pesar de dejarse la piel a tiras.

Claves para entender un problema mental muy extendido

Hay una diferencia entre angustia, inquietud y ansiedad. En la inquietud domina la sensación física, con ahogo u opresión. En la ansiedad, hay un malestar en el tórax. En la angustia, la sensación de opresión está en la región epigástrica, con dificultades de respiración y envuelto todo en un halo de tristeza. Es por tanto el principal enemigo de la paz. Domina una sensación de apretura, ahogo y encogimiento, que afecta las vísceras y el plexo solar, zona precordial y garganta. Aunque la angustia es muy parecida a la ansiedad y de hecho, en inglés, se usa para las dos la palabra anxiety.

Usamos la expresión miedo angustioso, temor, y son muy parecidas las expresiones de temor, obsesión y tristeza.
Hay personas con angustia vital, con tendencia a preocuparse de todo en lugar de ocuparse, viven los problemas de los demás como si fueran propios, sufren inútilmente. Aunque hay que decir que lo viven todo intensamente: en la boda se ponen en el lugar de la novia, en el entierro en el lugar del muerto, etcétera. Pero tienen que construir una paz que no poseen, pues están llenas de miedos: “¿Habrá llegado bien mi hijo?” “¿Seguro que he cerrado la puerta?” “¿Habré dicho mal esas palabras y he hecho daño con ellas?”. Además, tienen un miedo obsesivo por la muerte. En algunos momentos, hay quien pierde el control de las riendas de su vida y hacen actos que son ajenos a su ser. Por eso, se suele decir que están enajenados.

Ante cualquier angustia, vemos primero una circunstancia externa real o inventada, por ejemplo que ha entrado una serpiente en casa. Y esto provoca una reacción interior, que puede ser buscarla o bien comenzar una secuencia de reacciones psíquicas y fisiológicas: tensión, miedo, nervios e intranquilidad, aprensión y preocupación, corazón con hiperactividad y palpitaciones irregulares, hiperventilación pulmonar, dilatación de las pupilas, descarga de adrenalina, la boca reseca, palidez en el rostro… Estamos en una crisis de angustia. Cuando esto pasa mucho, puede convertirse en un estado permanente: es como si un boxeador recibe tantos puñetazos que acaba atontado. Así, la angustia puede ser angustia vital y también ir de la mano de una depresión.

Ante un mismo hecho, una persona lo siente como amenaza, otro como desafío, uno se hunde ante la dificultad y otro lo ve como una aventura, algo fascinante. Lo he visto ante alguna crisis, un militar experto dijo: “La cosa se pone interesante”…

Por tanto, el grado de angustia depende de los hechos externos y de la forma con que lo tomamos, sabiendo que gran parte depende de la manera de ser de cada uno y de sus recuerdos asociados (la amígdala y sus bancos de recuerdos emotivos).

Los factores externos muchas veces serán cosas ordinarias: el tráfico o las colas, los problemas del jefe o sentir la necesidad de acabar las cosas enseguida

Los factores externos muchas veces serán cosas ordinarias: el tráfico o las colas, los problemas del jefe o sentir la necesidad de acabar las cosas enseguida. Lo que estresa no es el trabajo sino la sensación de que está pendiente. Y pasan de un problema a otro como si la vida fuera una carrera de obstáculos. Afectan los problemas ambientales como la polución atmosférica, afecta la política del partido que sea o la crispación ante el gobierno, afecta la telebasura que, al mismo tiempo, es como una droga a la que se está adicto con las circunstancias familiares de esa o aquella persona, afecta ver cómo hay guerras y crímenes en el mundo y cómo nos dan una dosis alta de noticias negativas en los informativos. Pero, en lugar de ver una emisión, se ven noticias a todas horas, aumentando así ese estrés.

A veces, la angustia degenera en depresión. Se produce el colapso total, con desesperanza y desamparo, desventura y la sensación de ser nada. “Según las estadísticas, el cristianismo ofrece un terreno más abonado para las crisis depresivas que el hinduismo o el mahometismo, por ejemplo, debido a sus insistencias sobre culpabilidad. En efecto, una de las causas más frecuentes de depresión entre los cristianos practicantes son los sentimientos de culpa, cosa enteramente desconocida, por ejemplo, en el budismo” (Larrañaga 1985, 110). Jesús trajo el sentido de filiación divina y que, hagamos lo que hagamos, Dios no deja de amarnos, todo lo contrario de lo que se ha dicho en nombre de Jesús, magnificando algunos discursos parenéticos, tomándolos al pie de la letra y desligándolos del contexto general con lo cual se manipulaba las conciencias con la excusa del cumplimiento de los mandamientos.

Volviendo a la depresión en general, llamada antes melancolía, son las clases sociales media y alta las que más la padecen. Son a veces tristezas inmotivadas, temperamentos tristes o melancólicos que no siempre degeneran en mal humor o pesimismo, pero que hay que cuidarse para que no suceda. A veces hay situaciones ambientales, como cuando en Sevilla está nublado y me dicen algunos que se les quitan las ganas hasta de trabajar porque no están acostumbrados; la presión atmosférica puede causar un estado deprimente… Son facetas del misterio del ser humano. Puede haber también motivos hereditarios. Y, muchas veces, disgustos que se pasan en la vida como la muerte de un ser querido o un revés profesional o familiar, pueden provocarla. Por ejemplo, la separación matrimonial es el colapso de una larga historia de ilusiones, días felices, años de crianza de los hijos… todo ello se acabó. Pero también puede ser la crisis de los valores en que antes se apoyaba uno, como por ejemplo la falta de raíces religiosas u otras creencias que se tuvieran como base. También las enfermedades pueden ser motivos interiores para desencadenar una depresión. Lo más normal es que “se presente como un desarreglo intrínseco, no dependiendo de causas exteriores ni tampoco de motivos internos” (doctor López Ibor), aunque pueden influir esos factores que hemos dicho antes. La ventaja de esas enfermedades que pertenecen a los sentimientos es que no se trata de algo irreversible como si uno pierde una pierna: como el junco, la mente y el cuerpo puede adaptarse a esos vientos fuertes y, cuando pasan, puede volver todo a la posición original.

Descenso a los infiernos

Pero, mientas dura la depresión, no hay paz en la persona que lo padece. “Muchos alcanzan a dormir en la madrugada, y, aun en este caso, el sueño es superficial e intermitente (…). Son dominados casi obsesivamente por complejos de culpabilidad, debidos a faltas reales o ficticias” (Larrañaga 1985, 118). Puede ser terreno abonado para tener ganas de morirse. Se paraliza la capacidad de pensar, de recordar, el modo de expresarse es deficiente, las facultades merman, el sistema psicomotor languidece. Aplanamiento, desánimo, vacío de sentimientos e ilusiones, no hay deseo de emprender nada, falta capacidad creativa… Mueren la alegría y el humor, el impulso sexual, las ganas, baja el hambre. Hay pasividad, baja el ritmo cardíaco y la presión arterial. Ni siquiera hay ganas de salir de ese estado. Por ejemplo, una madre deprimida puede arrastrar una fatiga sin motivo, padecer un tedio insuperable; descuida el arreglo personal y lo peor es que ni se interesa por sus hijos, sintiéndose que estorba. Se ha visto que bajan los niveles de serotonina y su desequilibrio con la noradrenalina. Los estudios de esas sustancias harán que pronto la depresión podrá estar superada. Y, si estás en medio de la noche oscura, ten paciencia pues todo pasa: “Que nada te turbe, que nada te espante; todo se pasa, la paciencia todo lo alcanza…”. Abandónate en las manos de Dios.

Dejamos ya la triste cárcel de la angustia y la depresión, que cuando ya se ha instalado en el alma no puede quitarse fácilmente, como un quiste que ha anidado. Ya no hay motivos para la angustia: el mal ha enraizado en el alma, ya no se necesitan motivos, pero siempre podemos desinstalar todo esto. En primer lugar, hacer como con la gripe: esperar a que pase sin dejar que desemboque en neumonía, aquí la llamamos depresión profunda. Se ve todo negro, y aunque se resuelva un problema (por ejemplo, el complejo de culpa que hemos visto antes), aparece otro y otro, pues el mal no está fuera sino dentro, el modo con que todo se mira.

Pero mientras pasa esta angustia vital, paso previo a la depresión (que necesita de la química de las pastillas), hay que cuidar el ejercicio físico y las formas de cuidar esos niveles de neurotransmisores, como hacer cosas que pueden gustar más, lo que sea más agradable.

Una terapia para esos momentos es echar mano de técnicas de autosugestión para decir desde el momento de despertar: “Hoy será un día maravilloso”, y salir a pasear y sonreír al contemplar la naturaleza y decir: “Sé que todo irá bien”.


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