hipocresia

La hipocresía es una de las características básicas del ser humano en el siglo XXI.

Opinión

¡Aborrezco a todos los hombres!

Comparte este artículo:

A vosotras, mujeres del mundo entero, por subir a la colina con mucho esfuerzo. Ahora es el momento en que veáis cada vez más próximos todos los horizontes

¡Aborrezco a todos los hombres¡ He llegado a esta conclusión después de andar mucho por el mundo y darme cuenta de que la Humanidad bucea en miseria, egoísmo, vanidad y poder.

¡Aborrezco a los hombres de las ciudades! ¡Aborrezco a los hombres de los campos comprados! ¡Aborrezco todo aquello que venga precipitado del ser humano! El hombre supone un mal congénito contra la vida. ¡No creo en Dios! ¡Sólo creo en Mi Dios! Este Dios que está entre mis manos, en mi conciencia, dentro de mi cuerpo como una espuma espesa.

Nadie tiene la culpa de que yo sólo me ame a mí mismo. No amo a nadie más que no sea a mi forma de pensar, de proceder, de combatir mis disputas pensátiles contra la genealogía de los señores del dolor. Los hombres sólo se causan sufrimiento cuando se dan cuenta que ser feliz es algo ya imposible. Yo estoy feliz. ¡Sí! ¡Lo estoy! Diferencio entre estos dos verbos que copulan: ser y estar.

Por tanto, estoy dichoso de estar conmigo mismo, con mis libros, con mi creatividad, con el tabaco que fumo, con lo que mis sentidos me otorgan placer cuando llega la noche y me convierto en un monstruoso cadáver vivamente resucitado.

¡Amo los placeres! Si por mí fuera, estaría siempre embriagado de luz y energía. ¿Pero a qué tipo de embriaguez me estoy refiriendo? No se cause alarma el curioso lector. Mi embriaguez empieza cuando el viento ruge fuera de mi cabaña, cuando oigo la música de los bosques, cuando bebo una copa de vino en la frugal cena, cuando toco con mis manos mi alma despierta, cuando saboreo la luz de la luna, cuando salgo al jardín y veo el magnífico paisaje del atardecer, cuando me toco el cuerpo y experimento una libido maravillosa que hace que mis líquidos queden depositados en un pañuelo, cuando observo el cielo y considero que lo que veo allá arriba lleva millones y millones de años experimentado por toda la historia del ser humano.

Mi ebriedad mía, para mí y contra mí, me merita cuando me miro delante del espejo, cuando observo las estrellas, cuando me doy cuenta de que el único valor importante para continuar viviendo son todas mis virtudes. ¿Cuáles son mis virtudes?

Saber que estoy vivo

Ardua y tonsurada pregunta. Hete aquí que me alarmo. Digamos algo, sí, lo digo. Virtud –entendiendo virtud como el menú del día a día de esta vida en poquedad– crea, siempre al fondo del pozo, ese mueble que es, por ejemplo, saber que estoy vivo.

Hace 10 años creía que había muerto, que había dejado de existir. Para mí existían sólo los abominables hombres de las ciudades, de las aldeas y sus terratenientes, de las naciones. Otra de mis virtudes es estar buscando siempre la verdad entre todas las cosas que me rodean.

Pero la verdad es únicamente una verdad mía, de nadie más. Así he descubierto que sólo amándome a mí mismo no es que pueda amar a los demás, sino que amo profundamente sólo lo que soy, lo que hago, lo que leo, lo que escribo.

Llevo más de 40 años leyendo y escribiendo y esa virtud -virtud como conocimiento- es lo que me aproxima a una cultura inconmensurable que puede ser envidia o, mejor, indiferencia de todos los mortales. La cultura me ha salvado muchas veces de la muerte. La cultura me ha salvado en multitud de ocasiones de la tristeza, del dolor, de la agonía que a veces se produce cuando quieres pensar que, tras la muerte, ya no hay nada más, sólo materia descompuesta y el olvido del mundo que sigue hacia delante.

También dispongo de otra virtud: que es la de sentirme superior a todos los demás hombres -una superioridad ficticia: advierto-. Este hecho lo descubrí ante el reflejo del espejo. Un buen día me miré frente al espejo que tengo encima de mi camastro y me vi ahí, hermoso como una moneda de oro, limpio de contradicciones, inteligente como la historia de los continentes, bello como un efebo griego, salvado de mí, de mis antiguas locuras, de la leyenda de mi pasado, del tiempo que, de repente, en su soledad sonora, dejó de transcurrir para quedarse quieto a mi lado, ahí, murmurante como el todo, silencioso como el sonido de las aves, maravilloso como el punto azul de mis ojos.

Hace tiempo -demasiado quizá- decidí que, tras despertarme, iba a mirarme siempre ante ese espejo. Desde entonces, dispongo de una gran habilidad para sentirme tranquilo, para gustarme físicamente, para no pensar en el pasado, para reírme de mis defectos. ¿Qué es la virtud? Todo hombre virtuoso es aquel que alcanza la felicidad renegando de toda la historia de los hombres y sus crímenes, sus maldades, sus injusticias. Estar feliz es olvidar la Historia.

Por eso yo aborrezco a los hombres, porque sólo viven del pasado, de las generaciones que les precedieron, de lo que se encuentran en el presente -aquí y ahora-, pero siempre sin afán de cambiarlo. Los hombres necios son aquellos que se acomodan en el mundo y no intentan transformar absolutamente nada. Yo soy un hombre completamente transformado. Por eso estoy feliz. Rechazo desde ahora ese copulativo tan mozallón y grave que es el ser.

La felicidad estriba en adquirir una ética consigo mismo conforme a cómo se desarrolle el mundo. Sin ética, es imposible rozar cualquier contentación de la vida. Un hombre ético es un hombre que ha hecho que el tiempo le pertenezca en todos sus ámbitos. Yo repruebo a los hombres antiéticos, pues son meros fundadores del dolor, de la tragedia humana, de la inestabilidad de una sociedad que, ya de por sí, se ha extinguido por el reino del conocimiento sin saber lo que es conocer algo, nada, a nadie, ni a sí misma.

Entre lo racional y lo hedónico, yo voy manejando mi vida como un festival de verano en medio de la lealtad conmigo mismo

¡Aborrezco a los hombres que aplican la razón a todo lo que hacen! Entre lo racional y lo hedónico, yo voy manejando mi vida como un festival de verano en medio de la lealtad conmigo mismo. Estoy harto de tantas imperfecciones. Yo soy un ser humano imperfectamente perfecto. He construido alrededor de mí una ciudad en la que señalar cuáles son las cualidades de la materia y del cuerpo. Entre el bien y el mal, he conseguido desterrar al segundo, por lo que lo monstruoso ha desaparecido de mi tiempo como un acto prácticamente mágico y fructuoso.

Como frugalmente, pues, en la moderación y en el ejercicio de la mente sana, se halla la armonía. Desgraciadamente, los hombres de hoy son desgarradores, gente sin moral y dragones de su propia alma. El alma no existe, pero sí la psique. Es esa alma/psique la que no cuidan estos extranjeros del mundo que cruzan los continentes encendiendo el fuego de la caverna para buscarse como simples sombras alejadas de un mundo ideal, en el que el espacio y el tiempo se unan ante las débiles calendas del mundo.

¡Cuánto dolor hay en todos los hombres que pisan solamente esas sombras previas a la completud de su propia humanidad!

Estamos asistiendo a la destrucción de la materia y, por ende, al advenimiento de la superstición. Los hombres, socialmente hablando, se aniquilan entre guerras y humillaciones, con las cuales, como caldo en cuchara, arbolan la sumarísima tragedia. La tragedia de toda dignidad humana. Yo soy el hombre más sincero de la Tierra. Aunque esto pueda ser mentira. Mi propósito en este mundo es decir la verdad, la mía verdad, aunque les duela a los pergeñadores del mal. Ellos han destituido la virtud y la han arrojado al vacío, un vacío que cabe en sus mochilas inmensas. Creo que es así como estos hombres, con plena conciencia, alientan la agonía de no conocerse a sí mismos.

Hoy en día, el pesimismo es la nota dominante del ser humano. No hay optimidad en los quehaceres diarios. La multitud refrena la yoidad. Sólo desde el yo, un hombre puede ser todo lo demás. Inevitablemente, esto no está ocurriendo, pues nos hemos acostumbrado a morder la serpiente por la lengua de su veneno. El mundo está envenenado de corrupción y de poderes extraordinarios agotados ya en su propio egoísmo.

Se está catalizando el soberano bien mientras los poderosos, encerrados en sus propios rascacielos, vierten toda la arena sobre la herida de la filosofía. Cada vez los hombres son más ágrafos. No cultivan ni las matemáticas, ni siquiera la poesía. Existe una incultura que pronto nos conducirá al marasmo del drama. La vida es un drama y, contra él, debemos luchar.

Propenso al contentamiento

¡Aborrezco a los hombres que no superan su insistente drama! Me dan pena y lástima, pues yo, hace ya muchos años, estuve encalado en esa misma tragedia. Afortunadamente salí de ella y ahora puedo considerarme un hombre propenso al contentamiento y a la alegría. Sólo me es imprescindible la cultura y el amor. Pero no un amor entre distintos sexos -o iguales-, sino un amor hacia las cosas, hacia la naturaleza, hacia el arte, hacia mi cuerpo, hacia las cumbres a las cuales por la noche asciendo con el objetivo de aproximarme cada vez más a la luz de la luna. Soy un hombre entregado completamente a la naturaleza.

Cuando miro a mi alrededor y veo de qué manera el terror cubre las naciones y los continentes, siento un profundo temor que enseguida supero mirándome en el espejo. El espejo es mi yo. Lo único que soy capaz de contemplar para quedarme tranquilo tras las devastaciones que genera la Humanidad, esta atlántica Humanidad de este ya tercer milenio.

Cuando miro a mi alrededor y veo de qué manera la ausencia de libertad asilla países, zonas, razas, pueblos, siento muy dentro de mí vergüenza ajena. Pero, como digo, hace tiempo que dejé de sufrir por el mundo. Ahora sólo pienso en mí, pues es la única manera de dejar de pensar en la muerte como fatalidad o como desengaño.

El mundo está generando infaustos duelos de muerte viva. Vivir en la muerte significa que todavía el hombre no ha aprendido a amarse dentro de las escuelas, dentro de las fábricas, dentro de los mercados, muy dentro de esos grandes edificios donde se guarda el oro para, posteriormente, adquirir una riqueza que no es otra cosa sino el pudrimiento de toda sociedad. Socialmente crepitando, el hombre está muerto.

No me interesa en absoluto participar de los juegos sociales, pues me aburren hasta extremos inalterables. Yo sólo creo en mí. En mi intelecto, en mis jornadas nocturnas, en mi boca desde donde salen sólo mis palabras. Las palabras de los hombres sólo son ensueños a la búsqueda de la verdad absoluta -¿verdad absoluta? cruel comedia-; sin embargo, no son las suyas esencias puras tal y como yo las entiendo, únicamente sombras que se aparejan con la embriaguez de su propio furtivismo. Amo más a un enfermo que a un hombre sano.

¿Por qué? Porque la enfermedad te aproxima más al entendimiento sobre lo que es la vida, sobre lo que hace uno en esta tierra, sobre lo que se altera por mediación de la materia. El hombre cabal sólo es un producto de la locura.

¡Aborrezco a los hombres locos, a los que se creen que, desde su posición burguesa/digital, ya han conseguido la salvación no sólo de su cuerpo sino de su alma! Pero, ¿es que acaso existe el alma? No lo creo. Sinceramente, no lo creo.

Pienso que el materialismo -ahora me detengo en este complejo vocablo- es un dogma filosófico en donde yo me hallo y me encuentro cada mañana cada vez que salgo a pasear por rozar con mis dedos delicados a los pájaros. ¿Qué entiendo yo por materialismo? Tal vez, todo aquello que es extenso, todo aquello que obra con una única palabra lo matérico, incluyendo esa fractura de la materia a través de la duda.

La duda es la dialéctica de mi propia historia, de mi historia personal. Mi alma está muerta. Pero renazco en mi cuerpo, en tu cuerpo, amor/compañera/mujer, que sé que algún día vendrás a verme y a celebrarte y cantarte.

No penséis que me voy por los cerros de la escritura. Sé muy bien cuáles son mis planteamientos, mis nudos y mis desenlaces. Decía que el alma no lo está porque nunca existió, y todo lo que existe muere, por tanto, no hay posibilidad de espíritu desde el momento en que la nada siempre ha sido su mejor refugio.

La arrogancia genera rechazo.

Los hombres de mi época están absolutamente envenenados por la arrogancia, el orgullo, la vanidad y el egotismo. Yo soy egoísta, no lo pondré en pliego incunable, pero sólo en cuanto se refiere a la forma en que la duda persiste en mí. Cuando dudo sobre algo, es decir, en todas las cosas, mi egoísmo me dice que debo encarar la negatividad desde la optimidad. Sólo siendo positivo el hombre alcanza las cumbres de la cordura.

El mal acecha por todas partes y los enfermos se consuelan con la fe o con la inventiva de una divinidad. Dios es sólo un hombre. Nadie puede afirmar lo contrario. Tantos siglos de lucha en cuanto a la forma o al sentido de lo divino sólo nos han conducido a luchas, a inquisiciones, a hogueras, a herramientas de dolor, a sufrimiento constante por estar asillados, cual regios papados prehistóricos, en buscar en el más allá lo que está aquí, sentado al bordo de los caminos.

Todo heliocentrismo es lo único natural en este mundo. El Pantocrátor es la más falsa imagen que se podía crear según las Bellas Artes. La mundanidad me aleja de lo que yo soy. ¿Y quién soy yo? Lo diré con breves palabras: un hombre feliz que se contenta -con disimulo- de la infelicidad de los demás. Un hombre que está. Y con eso basta.

Lo siento, pero escribiendo esto acabo de tener una erección alguacilada, artillera, navío y poblacional. Introduzco mi falo en un sombrero y lo lanzo por la ventana por que el viento lo arrastre hasta la azotea de la Torre Trump.


Comparte este artículo:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*