Salud

Caso Joaquín Rosillo: la mentira envolvió la muerte de Laureano Mateos

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Mientras un trabajador del geriátrico le decía a la hija del fallecido que «no presentaba ningún síntoma, solo febrícula», el informe de la ambulancia demuestra que Laureano Mateos presentaba «dificultad respiratoria» poco antes de su muerte

Poco a poco van saliendo a la luz testimonios reveladores de los dramáticos hechos acaecidos en la Residencia Joaquín Rosillo de San Juan de Aznalfarache (cuya gestión pertenece a una filial del Grupo Martín Casillas con titularidad municipal y 100 plazas concertadas por la Consejería de Bienestar Social) durante el confinamiento. EL LIBRE ya ha denunciado la situación que se vivía allí antes del coronavirus, con menús de baja calidad, baños de madrugada a los ancianos por falta de personal y hasta un brote de sarna. Y ahora este periódico continúa demostrando con testimonios verídicos la tragedia, rodeada de engaños y presuntas negligencias, que allí tuvieron que sufrir tanto usuarios como familiares.

El padre de Rocío, Laureano Mateos, tenía 81 años y un Alzheimer avanzado, pero estaba sano en el plano físico. Cuando empezó la Covid-19, el director de la residencia, Enrique Rodríguez (el hombre que nunca quiere hablar con la prensa), dictaminó que se limitaran las visitas y solo se llevaran a cabo con cita previa.

«El 11 de marzo fue cuando lo vi por última vez. Que nos cogieran el teléfono era una odisea. Y el 23-M llamaron a mi hermana para decirle que había dado positivo, la cual me dijo: «Ya no vamos a volver a ver a papá». Tras saber lo del positivo, nos iban diciendo que la fiebre no llegaba a 38, que estaba confinado en su habitación, se reía y comía muy bien. No obstante, pedimos una videollamada y nada. Entonces, el 25 de marzo, mi hermana consiguió hablar con Enrique, uno de los psicólogos del centro, y le dijo que mi padre estaba bien y que no estaba presentando síntomas, solo febrícula», cuenta Rocío.

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La Residencia Joaquín Rosillo de San Juan de Aznalfarache.

Ese 25 de marzo, el personal de la residencia le prometió a Rocío que al día siguiente harían la videollamada. Al día siguiente… Tras 24 horas de espera impaciente de las dos hijas, el 26 de marzo a las 15:30 horas llamaron a la hermana de Rocío para decirle que Laureano había muerto. ¿Cómo era posible si el día anterior le habían asegurado que «estaba bien y que no estaba presentando síntomas, solo febrícula»?

«Mi hermana se cayó al suelo al escuchar la fatídica noticia. Todo era mentira. ¿Por qué esa mentira?», se pregunta Rocío, que logró el informe de la ambulancia, donde se lee claramente que Laureano presentaba «dificultad respiratoria» poco antes de su muerte. Sin embargo, en el certificado de defunción no ponía nada. Y desde la dirección del centro les dijeron que no dio tiempo a llevarlo al hospital y que, de todas formas, «no iba a aguantar la intubación».

Rocío denuncia que hay auxiliares de enfermería en la Residencia Joaquín Rosillo que «no tenían experiencia ninguna». «Lo que hicieron en ese geriátrico con mi padre no lo he visto en mi vida. A los que estaban como mi padre les dieron por desahuciados. Lo que han hecho con los viejos en las residencias de España durante la pandemia ha sido un genocidio«, sentencia Rocío.

Las personas mayores supervivientes de esta residencia echan mucho de menos a los más de 50 fenecidos (no son 30, como dicen las fuentes oficiales), pero especialmente a Laureano, porque transmitía mucha alegría, muchas ganas de vivir.

Sedación sin el consentimiento de las familias

Además, Rocío denuncia que en la Residencia Joaquín Rosillo se le ha proporcionado sedación a los ancianos «sin el consentimiento de las familias». «Le pusieron bolos de morfina a los abuelos sin el consentimiento de ningún familiar. Eso es una negligencia. El director, Enrique Rodríguez, no ha estado a la altura», denuncia la hija de Laureano.

«Esto no puede quedar así. Mi hermana tenía una depresión y, con esta tragedia, se le ha agravado. No puedo soportar esas mentiras, ese hermetismo. Siempre que iba a verlo, tenía que esperar media hora a que lo bajaran, no me dejaban subir a su habitación», confiesa Rocío con la voz desgarrada.

Aunque por fin pudo recoger las pertenencias de Laureano, Enrique Rodríguez y su equipo no le han querido dar a Rocío la tarjeta sanitaria de su padre. «Dicen que la han mandado al SAS por protocolo. ¿Por qué?», se lamenta. Además de a Rocío, este caso de no querer proporcionar la tarjeta sanitaria de las víctimas de la Covid-19 en la Joaquín Rosillo le ha pasado también a otros familiares.

Laureano Mateos se enterró el 28 de marzo. Solo pudieron asistir al sepelio sus tres hijas y su mujer, que pusieron sus cenizas en un osario. Hoy, que se ha celebrado el homenaje de Estado a las víctimas de la Covid-19, el pensamiento de todos los españoles debe estar con Laureano y con miles como él que fueron víctimas de una mala gestión de una crisis que sí se pudo prever, porque hubo avisos y advertencias institucionales desde enero. Además de un tributo, estas personas que ya no están entre nosotros se merecen la verdad y la asunción de responsabilidades civiles y penales caiga quien caiga.

La deshidratación sospechosa de la madre de María del Carmen

La historia de la madre de María del Carmen, de 79 años de edad, corrobora todo lo expuesto en los artículos anteriores. En enero de 2019, se da cuenta de que su madre no tenía una infección sino una deshidratación. «Desde la dirección del centro me dijeron varias veces que, si no estaba contenta con los cuidados, me llevara a mi madre de allí», asevera Carmen. Y así lo hizo.

Pidió el traslado a otra residencia, pero la lentitud de los trámites provocó que su progenitora siguiese en la Joaquín Rosillo en marzo de 2020, con el coronavirus haciendo estragos en sus dependencias (hasta 50 muertos ha habido en este geriátrico según fuentes cercanas a los familiares de las víctimas).

Entonces, la madre de Carmen coge la Covid-19 y la llevan al Hotel Alcora, donde se dispuso un hospital de campaña. «Allí le salvaron la vida. Me quedé muy contenta, porque me atendieron muy bien, resolviéndome todas las dudas que tenía», recuerda.

El regreso a la conocida como Residencia de los Horrores fue el 1 de mayo. Y volvió exultante, con muy buena cara. Sin embargo, a mediados de mayo, le dicen a Carmen que su madre está muy decaída. «Yo quería que le hicieran una analítica, pero la médica del centro de salud de San Juan que tiene asignado el geriátrico se niega a hacérsela, porque ya se la habían hecho 20 días antes en el Alcora. Y la responsable de Enfermería me decía que estaba bien. La frase que me repitieron durante 20 días fue no hay incidencias«, agrega.

Esta facultativa le dijo a Carmen que desde la dirección de la residencia le dicen que «su madre está igual que siempre, cosa que era falsa». «Usted se tiene que quedar tranquilita, que su madre está muy bien atendida», llegó a decirle la médica a Carmen.

El traslado de la madre de María del Carmen a la Residencia de la Consolación de Triana ha sido todo un acierto

Al día siguiente le pusieron suero y, a los dos días, tuvieron que ingresarla en el Hospital de Bormujos. Tenía deshidratación y el sodio por las nubes (190). Le faltaban más de cinco litros de agua en el cuerpo. Resultado de todo esto: ha tardado 20 días en recuperarse.

En el ínterin, llega la llamada que anunciaba el tan ansiado traslado a la Residencia de la Consolación de Triana. «Ya vive allí. Estoy muy contenta con la nueva residencia. El problema es que en la Joaquín Rosillo hay auxiliares muy buenos, pero están desbordados y no lo admiten«, pone de relieve Carmen.

El balance de la estancia de su madre en el geriátrico de San Juan no ha podido ser más negativo: «Salió de allí mucho más delicada, porque cognitivamente está peor».


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