el sueño del caballero

'El sueño del caballero', de Antonio de Pereda.

Cultura

Un sueño metafísico

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Parece que fue hace muy poco cuando empezó a anochecer más temprano. Pero en la oscuridad llevamos demasiado tiempo. Cuanto más abro los ojos, más nítida se me hace. La luz escapa de su parpadeo. Es interrumpida por el interruptor incorruptible de nuestro corazón. Uno ve por el latido y sangra por una herida con forma de ojo. La verdadera poesía de las cosas está en no poder verlas. En imaginarlas con un cuchillo clavado en el centro de sus cuerpos. Me toco el ombligo con la esperanza de encontrarme con una carnicería

Parece que han vuelto a cambiar la hora. Pero yo vivo siempre en el ahora más alucinado. Las manecillas del reloj se dan prisa por que llegue la hora de enloquecer. Se empujan, intentan adelantarse, se agarran de sus vestimentas frágiles, como lo es toda pérdida de tiempo. La locura llegará. Tarde o temprano, a todos nos llega y esperarla es el único sentido que tiene todo esto. La dulce espera. La muerte siempre viene después y no es tan segura. Lo bello es no saber nunca si ya te ha llegado o sigues esperándola. Y los demás no la pueden percibir por ti.

Parece que el amor vuelve a retrasarse. Como no lo espero, la esperanza dormida, sueña con él. Me despierto adormecido y enamorado. La realidad del momento se esfuma en cuanto llega el tabaco de la razón. Lo que más mata es la verdad de las cosas. Cigarros que se consumen con la realidad apagada de una boquilla sin besar. Hay una mujer que guarda mi mechero con la esperanza de que se lo pida. Ella se lo encontró y yo ni siquiera era consciente de que lo seguía llevando encima. Hace tiempo que dejé de fumar. Llevar una vida sana no tenía ningún sentido.

Parece que sigo perdido. Estoy donde siempre, pero escondido. Escribir es lo mejor para alcanzar la excelencia en esta tarea. No sé cuál será la siguiente frase. Pero ya la he escrito. A veces no digo nada, a la espera de que el tema no logre su objetivo. No saber a dónde vas te lleva a escribir con una lucidez guiada por los monstruos. El miedo ordena mi escritura. Le da una salida. Si estoy asustado, sé dónde me encuentro y puedo volverme a perder y escribir. Creo que tampoco he contado nada en este párrafo, pero esta taquicardia golpea cada palabra como un martillazo a mi corazón.

De patos y vagabundos

Parece que necesito beber. El agua sigue estancada junto a los patos de mi retiro espiritual. Un parque lleno de vagabundos borrachos recorren mi pelo hasta dejarlo encharcado. Debajo de él, solo hay goteras y un cubo con mi cerebro, seco. El alcohol cura las heridas, porque las marea hasta no saber dónde están. Uno se ahoga cuando no puede introducirse más líquido. Mientras haya bebida, hay esperanza. Puede que por la boca muera el pez, pero por la mía vive, la que chupa del pezón femenino, ante mis andares curvilíneos.

Parece que sigo sano. No me duele nada, salvo la anestesia que le aplico a la verdad de cómo me siento. Físicamente, solo pueden dolerme mis mentiras. Mentalmente, me siento mejor de lo que dicen mis voces. Cuando no busco nada dentro de mí, encuentro lo que deseo. La espeleología es una ciencia que conmigo se perdería en la cueva más oscura. Separarme del mundo físico, quedarme suspendido en la ingravidez de los sentimientos. Que la sensación de vivir se quede en una serie vieja y muchas veces vista.

Hay quienes roban bancos para vivir y otros que pretenden hacerse con la bancada pública de cada calle, para poder quedar por encima del más débil

Parece que sigo siendo pobre. El dinero, en el banco sobre el que me tumbo. Me lo lanzan mientras duermo, para despertarme y les deje un hueco para poder sentarse. Personas con un sueldo, a los que más les molesta la libertad. Se piensan que no tengo otro lugar donde tender mi cuerpo horizontalmente. Camas amistosas, por suerte, me sobran. Hay quienes roban bancos para vivir y otros que pretenden hacerse con la bancada pública de cada calle, para poder quedar por encima del más débil. Los únicos que creen que están por debajo suyo. Los primeros son valientes. Los otros, como en la película de Amenábar, hace tiempo que están muertos y siguen sin saberlo.

Parece que la música no para de sonar. La melodía que suena en mi cabeza, cuando el ruido se calma. La distorsión es tan real como mi amor por quien lo merece. Un sonido brutal que rebota en mi pecho y que amenaza con hacerlo explotar. Siempre he pensado, que si eso ocurriera, lo que tendría más sentido es sustituir mi caja torácica por una de música. Cantar y bailar por dentro. Eso es lo único que quiero y por lo que me acabo de dar cuenta de que empecé a escribir todo esto. Y esto no es que “parezca que”, sino que es de lo único que estoy seguro. Un sentimiento metafísico.


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