Daniel Innerarity

El filósofo vasco Daniel Innerarity.

Política

Daniel Innerarity: “Las democracias se mejoran haciéndolas más complejas”

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Uno de los pensadores más importantes en el ámbito internacional explica a EL LIBRE las claves para lograr un sistema político que pueda manejar mejor situaciones límite como la pandemia del coronavirus

Es el pensador más prestigioso de España. Cuando la civilización se resiente desde sus cimientos, la sociedad acude siempre a sus personas más preparadas y uno de esos adalides se llama Daniel Innerarity (Bilbao, 1959), catedrático de Filosofía Política e investigador en la Universidad del País Vasco. Además, es director del Instituto de Gobernanza Democrática, profesor en el Instituto Europeo de Florencia y, en 2004, la revista Le Nouvel Observateur le incluyó en la lista de los 25 grandes pensadores del mundo.

Además, Innerarity ha sido docente invitado en diversas universidades europeas y americanas, como la Sorbona, la London School of Economics o la Universidad de Georgetown. Entre sus numerosos libros publicados, son muy reseñables los siguientes: Un mundo de todos y de nadie;La democracia del conocimiento (Premio Euskadi de Ensayo 2012); La sociedad invisible (Premio Espasa de Ensayo 2004); La transformación de la política(III Premio de Ensayo Miguel de Unamuno y Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Ensayo 2003); La política en tiempos de indignación (2015); La democracia en Europa (2017) y Política para perplejos (2019), que logró el Premio Euskadi de Ensayo 2019. Algunos de sus libros han sido traducidos en Francia, Portugal, Estados Unidos, Italia y Canadá.

Su último libro ha sido publicado en plena crisis sanitaria, Pandemocracia: una filosofía de la crisis del coronavirus (Editorial Galaxia Gutenberg), y ofrece un marco conceptual que aporta algunas categorías para entender la actual pandemia, de la que esta obra es un diagnóstico desde el punto de vista filosófico. En esta entrevista, Innerarity habla de su libro, pero también de cómo la sociedad está encarando la nueva normalidad y de las fórmulas políticas más adecuadas para el futuro.

-La presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet, es la autora del prólogo…

-Nos conocemos desde hace mucho tiempo y ese fue el motivo. Además, escribió un artículo en El País que, cuando lo leí, pensé: “Este es el prólogo”.

-¿No le puso la editorial ningún impedimento, sabiendo que Batet es un peso pesado del PSOE, desde el punto de vista comercial?

-No, más bien al contrario. Hay que tener en cuenta que ella representa un cargo deliberativo, no es una ministra. La presidenta del Congreso tiene una posición que está por encima de la pelea política, en la que tampoco entro en mi libro, que es de filosofía.

-Dice usted en Pandemocracia que “las situaciones de alarma no suspenden el pluralismo, solo su dimensión competitiva”. ¿Qué quiere decir con esa frase?

-El pluralismo es el hecho de que tenemos distintas concepciones de la sociedad y de lo que debería hacerse. Hay una dimensión del pluralismo que es la competición, pero en la vida política hay mucha más colaboración de la que a veces se piensa. La gente se sorprendería si supiera el grado de comunicación normal, incluso de colaboración, que hay entre los agentes políticos. En general y en este país de una manera muy particular, el electoralismo, el momento electoral lo ha invadido todo y parece que es casi la única dimensión de la política, pero yo reivindico que fortalezcamos la dimensión cooperativa y deliberativa de la política en contraposición a lo que está ocurriendo actualmente.

-¿Lo que está ocurriendo es por la vanidad de Vox, que se ve obligado por sus votantes a atacar siempre al PSOE y a Unidas Podemos?

-Yo tiendo a interpretar los fenómenos políticos y sociales en clave más estructural que personal. Lo que explica que estemos como estamos, con este nivel de crispación y polarización, tiene más que ver con la aceleración de los tiempos políticos, con el hecho de que les exijamos a los políticos un rendimiento inmediato (hay una especie de impaciencia colectiva) que con que sean especialmente vanidosos o ambiciosos.

-“Una democracia le debe a los críticos tanto como a los gobernantes…”. ¿Se ha difuminado la capacidad crítica del ciudadano?

-La democracia es un régimen político muy inteligente que nos ha costado mucho tiempo a los humanos diseñar, porque, no solamente permite que haya gobiernos, sino también oposiciones. Permite la crítica y la protesta. Y ¿a qué se debe? Pues a que los humanos hemos entendido con el paso del tiempo que se gobierna mejor y se toman mejores decisiones colectivas cuando se distingue entre el que tiene el poder y el que tiene la razón. Y, por lo tanto, no se expulsa del sistema a quienes tienen una visión crítica de las cosas.

Yo viví unos años en Burdeos, donde murió Goya. Cuando me preguntaban por qué había muerto allí, yo explicaba que en España, hasta la muerte de Franco, quien perdía las elecciones o quien caía en desgracia, el único camino que tenía era el exilio. Esa es una de las cosas que nos ha hecho muy estúpidos. Entonces, desde el momento en el que hemos descubierto que discrepar es un derecho y que, a cada opinión, tiene que acompañar su contraopinión, hemos conseguido una evolución. Eso a veces es incómodo, porque la gente protesta y a quien gobierna le resulta incómodo o crea un ambiente de malestar, pero es mucho peor que estuviera prohibida la protesta y la crítica al gobernante. Sería mucho menos inteligente.

-¿Qué significa que el poder debe ser una capacidad distribuida?

-Significa que, en una sociedad democrática, todos mandamos un poco. En el sistema político, la oposición está fuera del gobierno, pero tiene una capacidad de veto, de control y de condicionamiento que ejerce. Y cada uno de nosotros (tú como periodista, yo como profesor, tú y yo como votantes) ejercemos un micropoder que, agregadamente, condiciona el resultado final. Aquí no hay unos que mandan absolutamente y otros que obedecen absolutamente. Todos tenemos un pequeño poder y por eso no me gusta hablar del poder en general, como si hubiera unos que lo ostentan completamente y otros que nos dedicamos a obedecer. Lo que tenemos, más bien, es una distribución del poder.

-Cuando usted dice en Pandemocracia que hay que transformar las instituciones y que los actuales modos de gobernar son claramente insuficientes en el mundo en el que vivimos, ¿a qué se refiere? ¿habría que cambiar el sistema de partidos?

-En mi libro anterior, Teoría de la democracia compleja (Editorial Galaxia Gutenberg), planteo la idea básica de que las democracias se mejoran haciéndolas más complejas, es decir, haciendo intervenir en los procesos de decisión a más agentes, a más criterios, a más valores… frente a lo que tenemos hoy en día, que es un modelo tremendamente simplista. Hay dos problemas: uno tiene que ver con que la mayor parte de nuestros conceptos políticos no han sufrido la revisión que les hubiera correspondido (algunos tienen 300 o 400 años, como representación, soberanía, poder…); y el otro es que hay muchos agentes políticos muy interesados en simplificar el campo de juego, es decir, en utilizar categorías binarias (buenos / malos, nosotros / ellos, arriba / abajo, derecha / izquierda…) con simpleza, demagogia y populismo.

-Entrevisté hace poco a Rubén Gisbert, que está liderando un movimiento por la democracia real para que la abstención masiva lleve a un periodo de libertad constituyente y se acabe con el sistema de partidos mediante una modificación de la Constitución. ¿Sería esa la alternativa compleja de la que usted habla?

-Creo que no es esa la dirección más prometedora. Hay que debatir sobre la ley electoral y las listas abiertas, pero no me haría la ilusión de que esa reforma sea la clave de la solución de nuestros problemas. Tenemos que proceder a hacer muchas reformas y esa no es precisamente de las más importantes.

-Usted vive en una casa de campo aislada y eso le habrá ayudado a sobrellevar el confinamiento. ¿Cómo cree usted que va a acabar esto de la nueva normalidad?

-La clave de cómo se vaya a desarrollar esto está en nuestras manos, en manos de ciudadanos corrientes que, con su distancia, higiene y movilidad, decidimos todos los días si queremos que el virus se contagie o no. Por lo tanto, estamos en una fase muy importante y muy complicada, porque hay un montón de sujetos que estamos intentando recuperar la normalidad. Tenemos que asumir que la vida lleva riesgos, que el riesgo cero no existe, pero tenemos que hacerlo con responsabilidad.

-Por último, ¿cree usted que la Filosofía sigue siendo una asignatura (y una profesión) minusvalorada?

-Yo tengo la impresión de que es minusvalorada en los planes de estudio y, de vez en cuando, hay intentos de darle todavía menos peso, pero mi experiencia personal es que los filósofos somos cada vez más requeridos, especialmente cuando se trata de explicar situaciones que son difíciles de entender. Y los conceptos que podemos aportar, con mayor o menor fortuna, para entender un mundo que se nos ha vuelto muy inhóspito y diverso con respecto al mundo que estábamos acostumbrados. Ese reclamo indica que hay una gran necesidad de filosofía en la sociedad actual.


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