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Una mujer con ansiedad.

La epidemia silenciosa de la ansiedad: ¿por qué cada vez vivimos con más miedo?

Actualizado 18/07/2026 18:42

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Vivimos en la época de los mayores avances científicos y tecnológicos de la historia. Nunca habíamos disfrutado de tantos recursos materiales, de un acceso tan inmediato a la información ni de una esperanza de vida tan elevada. Sin embargo, paradójicamente, nunca habían aumentado tanto los problemas relacionados con la ansiedad, el estrés y el malestar psicológico

La ansiedad se ha convertido en una de las grandes epidemias silenciosas del siglo XXI. Afecta a niños, adolescentes, adultos y ancianos. Está presente en las consultas de atención primaria, en los servicios de salud mental, en las empresas y en las aulas. Las cifras de consumo de ansiolíticos y antidepresivos muestran una realidad que ya forma parte de la vida cotidiana de millones de personas.

Sería un grave error interpretar estas palabras como una crítica a los profesionales sanitarios o a los tratamientos farmacológicos. La medicina moderna ha salvado y sigue salvando innumerables vidas. Existen trastornos de ansiedad que requieren tratamiento médico, psicológico o ambos, y nadie debería abandonar una medicación prescrita sin el seguimiento de su profesional sanitario.

Pero precisamente porque la ansiedad afecta a toda la persona, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿estamos tratando únicamente los síntomas o también las causas profundas?

La medicina dispone hoy de recursos eficaces para aliviar el sufrimiento. Los ansiolíticos pueden disminuir la intensidad de la ansiedad, facilitar el descanso o ayudar a superar momentos especialmente difíciles. Sin embargo, la propia experiencia clínica demuestra que, en muchos casos, cuando desaparece el efecto del medicamento, la persona continúa enfrentándose a los mismos conflictos, preocupaciones o vacíos que originaron su malestar.

Esto no significa que los fármacos sean inútiles. Significa que, con frecuencia, son una parte del tratamiento, pero no el tratamiento completo.

Quizá el problema radique en que hemos reducido la ansiedad a un fenómeno exclusivamente biológico. Sin duda existe una dimensión neuroquímica: el cerebro participa activamente en la regulación de las emociones y determinados trastornos requieren intervención médica. Pero el ser humano no es únicamente un cerebro. Es también una historia personal, una red de relaciones, una afectividad, una inteligencia, una conciencia moral, un sistema de valores y, para muchas personas, una dimensión espiritual que da sentido a su existencia.

Cuando cualquiera de estas dimensiones entra en crisis, el organismo entero responde.

Vivimos sometidos a una cultura de la inmediatez que nos exige resultados constantes. Hemos convertido la productividad en una medida del valor personal. La hiperconectividad impide el descanso mental. Las redes sociales alimentan la comparación permanente. El futuro ocupa tanto espacio en nuestra mente que apenas dejamos sitio al presente.

No resulta extraño que la preocupación se haya convertido en un modo habitual de vivir.

Pero la preocupación tiene una característica paradójica: pretende protegernos del futuro mientras nos roba la paz del presente. Dedicamos una enorme cantidad de energía a imaginar problemas que quizá nunca llegarán a suceder. Y, mientras tanto, dejamos de prestar atención a la única realidad sobre la que realmente podemos actuar: el momento presente.

Aquí aparece una de las grandes enseñanzas compartidas por la filosofía clásica, la psicología contemporánea y la tradición espiritual: no todo depende de nosotros.

Los antiguos estoicos invitaban a distinguir entre aquello que podemos controlar y aquello que escapa a nuestro dominio. Viktor Frankl recordaba que, incluso en las circunstancias más adversas, conservamos la libertad de elegir nuestra actitud. El Evangelio exhorta a no vivir angustiados por el mañana, porque «a cada día le basta su propio afán». Y el saber popular lo resume con extraordinaria sencillez: «A Dios rogando y con el mazo dando».

Estas tradiciones no proponen la pasividad, sino una forma distinta de afrontar la existencia: hacer todo lo que está en nuestras manos y aceptar serenamente aquello que no podemos controlar.

Tal vez una parte importante de la ansiedad contemporánea nazca precisamente de nuestra dificultad para aceptar los límites. Queremos controlar el futuro, garantizar el éxito, eliminar toda incertidumbre y evitar cualquier sufrimiento. Pero la vida nunca ha funcionado así.

La verdadera cuestión no es cómo eliminar toda ansiedad, porque una cierta dosis forma parte de la condición humana. La cuestión es cómo evitar que el miedo gobierne nuestra existencia.

Para responder a esa pregunta necesitamos ampliar nuestra mirada. La ansiedad requiere, en muchos casos, atención médica; también apoyo psicológico. Pero necesita igualmente educación emocional, relaciones humanas sanas, una escala de valores que dé sentido a la vida, hábitos saludables y, para quienes viven la fe, una profunda confianza en Dios.

Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente qué medicamento puede aliviar nuestra ansiedad y empezar a preguntarnos qué forma de vida la está alimentando.

Porque, en muchas ocasiones, la ansiedad no es solamente una enfermedad que haya que curar. Es también un mensaje que nos invita a revisar cómo estamos viviendo.

Creo que este artículo tiene una tesis clara y un tono equilibrado: no enfrenta la medicina con la filosofía o la espiritualidad, sino que muestra que la persona es una unidad y que cualquier respuesta verdaderamente humana debe integrar todas sus dimensiones.

En el próximo artículo, podemos ver: las siete terapias de la ansiedad (biológica, psicológica, afectiva, existencial, ética, comunitaria y espiritual).

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Imagen de Luciano Pou
Luciano Pou
Teólogo, filósofo e historiador

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