inmunidad

Muchos expertos hablan de que hay que conseguir la inmunidad de rebaño.

Opinión, Política, Salud

Inmunidad de rebaño

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Inmunidad de rebaño: qué bien traído se me hace este nombre, así de primeras. Invita a imaginarse una acera llena de ovejas vestidas con ropa de marca, abrigos o chándal, tacones o zapatillas, balando en pequeños grupos o con el móvil en la mano, con cencerros que suenan al paso cuando el semáforo se pone en verde. Inmunes, eso sí

Se conoce como inmunidad de rebaño a la incapacidad de una enfermedad infecciosa para transmitirse dentro de una comunidad, debido a que los pacientes infectados solo tienen contactos con personas inmunes a la infección (sea porque ya han pasado la enfermedad y tienen anticuerpos o sea porque han sido vacunados -y tienen anticuerpos-). Así, la bacteria o el virus no encuentra puentes humanos para transmitirse de personas infectadas a personas infectables, y por lo tanto no se propaga. Unos investigadores consideran que la inmunidad de rebaño se alcanza con un 70% de la población infectada; otros, como Gabriela Gomes de la Universidad de Strathclyde, hablan de entre un 10% y un 20%, aunque yo me voy a guiar por los cálculos de Tom Britton, profesor de la Universidad de Estocolmo, que sitúa el umbral de la inmunidad de rebaño en torno al 43% de personas con anticuerpos.

Con el 43% de nuestra población infectada y curada, el virus dejaría de poder propagarse y la pandemia habría llegado a su fin.

Según la OMS, la letalidad del Covid-19 ronda el 0.6%, lo que significa que, de cada 1.000 infectados, fallecen 6 personas (una letalidad mucho mayor a la de la gripe, por ejemplo). Quiere decir que -en un escenario sin vacuna- para alcanzar la inmunidad de rebaño y, por lo tanto, llegar al fin de la pandemia, tendría que infectarse el 43% de la población. El 43% de los 45 millones de españoles es 19,35 millones. Y atendiendo a la tasa de letalidad que indica la OMS, de estos 19,35 millones, el 0,6% aproximadamente fallecería. O lo que es lo mismo, 116.100 personas perderían la vida. Hasta la fecha, han fallecido aproximadamente 42.000 personas en España. Por lo tanto, por los cálculos de Tom Britton, aún no estaríamos ni en la mitad de la pandemia. Aún faltarían por fallecer 74.100 personas para alcanzar la cifra de 116.100 muertes y, con ellas, la inmunidad de rebaño.

Si consideramos la estimación de la científica Gabriela Gomes, la inmunidad se alcanzaría con entre un 10% y un 20% de infectados. El 10% de 45 millones sería 4,5 millones, a los que una tasa de letalidad del 0,6% nos dejaría con 27.000 fallecidos: una cifra que superamos hace tiempo y, sin embargo, la pandemia continúa. Esto quiere decir que esta estimación pecaba de optimista. Si en lugar del 10%, el 20% de infectados bastase para alcanzar la inmunidad de rebaño, el número de fallecidos sería aproximadamente de 54.000, una cifra a la que lamentablemente nos vamos aproximando.

Adelantarse al futuro

Hasta aquí los números. Perdón si ha sido pesado, pero era necesario. Porque quería plantearle dos cuestiones.

La primera es lo maravilloso que sería poder identificar esas 116.100 personas destinadas a perder la vida (54.000 según Gabriela Gomes y su equipo asumiendo el 20%) para poder aislarlas, a ellas sí, con todos los medios y cuidados disponibles de forma que, de ninguna manera, tuviesen contacto con el resto de la comunidad hasta que no se alcanzase de sobra la susodicha inmunidad de rebaño. Esto no es posible, lo sé: no se puede saber el futuro ni conocer el destino de cada cual. Pero sí que se habría podido identificar a la población de riesgo para ofrecerle el mayor grado de aislamiento posible, centrando en ella todas las atenciones, comodidades y servicios, continuando mientras tanto el resto de la población con su actividad cotidiana e infectándose hasta alcanzarse la inmunidad de rebaño.

Algunos de esos 116.100 posiblemente escaparían al cribado inicial y se expondrían al virus, padeciendo la enfermedad muy gravemente, pero esos casos serían atendidos por equipos médicos mucho menos sobrecargados, algo que también podría incidir en el resultado final. Y así, además de reducir el número de fallecidos, la actividad económica general se habría visto mucho menos afectada.

Esta sería una posible actuación a emprender, una entre muchas otras, más o menos acertadas. Lo que le reprocho a nuestros dirigentes no es que se hayan equivocado en sus actuaciones. Lo que es imperdonable es que no hayan asumido ninguna actuación de carácter pragmático más allá de paralizar el país, hacer cargar con el peso de sus medidas a los de siempre, a los más débiles, intercambiar acusaciones sacadas de argumentarios entre unos y otros grupos políticos sin mayor interés que el electoralista, crear etiquetas insípidas como lengua vehicular y conflictos inexistentes para que zoquetes y alcornoques inunden las redes con discusiones que no conducen a nada, mientras que nuestro sistema sanitario, debilitado por recortes y más recortes, intentaba combatir la lluvia a puñetazos, nuestros familiares fallecían y los pequeños negocios cerraban sus puertas sumiendo a empleados y propietarios en un insomnio cubista.

De lo que por el camino no se olvidaron nuestros dirigentes fue de discutir sus subidas de sueldo

De lo que por el camino no se olvidaron nuestros dirigentes fue de discutir sus subidas de sueldo, ni se les pasó por la cabeza ni a uno solo de ellos abdicar de sus vacaciones de verano para estudiar escenarios de actuación para que, por ejemplo, pudiésemos pasar estas navidades con nuestra familia… Nos anunciaban con rostros de gran pena y dolor las limitaciones de movilidad y de actividad, para salir a continuación corriendo a coger un taxi o un avión y regresar a sus confortables mundos de Wayne, donde las repercusiones de sus medidas no alcanzan. Que si Bildu, que si Trump, que si el tío-la moto… La gente se continúa muriendo, los negocios cerrando… Y el rebaño bala que bala, sin inmunidad.

Y la otra cuestión, volviendo a los números, que no es ni más -ni menos- que una cuestión que planteo (no afirmo). Si el equipo de Gabriela Gomes no estuviese muy desencaminado y fuese cierto que en torno a los 54.000 fallecidos se establecería la inmunidad de rebaño (recuerde, el 20% de la población con anticuerpos), qué jugada maestra de las farmacéuticas sería ir anunciando, al acercarnos a esas cifras, la aparición de una vacuna casi 100% efectiva -para dejar así algún margen de error- y venderla a precio de oro y cantidades ingentes, ¿verdad?.

Así, aprovechando la brillantez de nuestros ministros pasmados, podrían facturar de lo lindo atribuyéndose el control de la pandemia y la salvación del rebaño cuando, en realidad, la inmunidad, más que a la vacuna, se debería a la tasa de individuos ya contagiados y con anticuerpos en la comunidad: a la inmunidad de rebaño. ¡Un negocio redondo! Lo de Zapatero y sus inútiles vacunas para la gripe A, un juego de niños comparado con esto… Así se entiende muy bien que los laboratorios empiecen a anunciar sus vacunas al noventa y tantos por ciento de efectividad: todos quieren estar en la fiesta, todos quieren su trozo del pastel. Y lo va a pagar usted.

No faltará quien me tache de conspiranoico, está claro. Hoy día tirarse a la calle sin las anteojeras de algún partido es un acto de insensatos o de románticos, que para el caso… “Prohibido pensar”, que nos dirán cualquier día de estos. No sé si las vacunas son o no un fake, pero de lo que no hay dudas es de que son un gran business. Tampoco me cabe duda de que el sistema es tan opaco como puede y que está pensado para hacer dinero a toda costa. Y nuestros representantes, nuestros valientes defensores, ellos, por su parte, ya han dado muestras de su habilidad para el oportunismo y el embuste, tal como nuestros medios de comunicación para el postrado servilismo.

Así que, de esta guisa y con la gente de a pie enzarzada con que si son galgos o podencos, pues como dirían en mi pueblo: “estamos aviaos”.


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