Todas las ciudades tienen una plaza o lugar emblemático donde las pandillas comienzan la aventura del fin de semana, el punto de partida de ilusiones y decepciones, el faro neurálgico de cientos de almas chocándose entre sí, tratando de convivir y de darle sentido a todo esto
En Huelva hubo algunos sitios míticos para quedar, como la Plaza de La Merced, Pablo Rada o la plaza del Hipercor, pero ninguno como la Palmera que, a día de hoy, sigue siendo lugar de encuentro de ciudadanos de todas las edades. Solo los de Amazon la llaman Plaza Quintero Báez, porque ese lugar peatonal, con bares y que desemboca en la calle Tres de Agosto que, a su vez, culmina en la Plaza de las Monjas, se llamará siempre como el gran árbol que vislumbra la capital onubense desde una atalaya de más de 25 metros de altura.
Ese árbol exótico, más propio del Caribe, ha visto de todo en su largo siglo de vida: el primer beso de una joven pareja; la discusión de un izquierdoso y un derechón; un hombre comprando discos de vinilo en el kiosco; un anciano mirando los coches pasar; el dolor de una guerra civil y el hambre de la posguerra; una Transición hacia una democracia de mala calidad; los pantalones de campana, las hombreras, el pelo cardado, los piercings y la gomina; la ilusión, la desesperanza y la lucha de clases; golpes, gritos, abrazos y desplantes; gente pensativa, personas desnortadas e individuos ensimismados; un proyecto que nace, un papel quemado, una lista de pros y contras y un objetivo cumplido; dosis de incomunicación, minidosis de comprensión y monodosis de aprecio y desprecio; agarrones, enganchones, bribones que dejaron de serlo y piratas que aprendieron a serlo; personas solas que se convirtieron en familias numerosas y numerosas separaciones entre personas que un día sintonizaron la misma melodía; radios rotas por el uso; canciones de toda una vida tarareadas entre sonrisas y lágrimas; arrepentimientos y anhelos vitales no cumplidos; guapas que se hicieron feas y feos que consiguieron maquillar su estulticia; apretones de manos que, con el tiempo, se transformaron en abrazos y abrazos que no se dieron; enfermedades de todo tipo, del cuerpo y del alma… Y las dos grandes pandemias, la española de 1918 y la china de 2020.
Toda una vida bajo la Palmera
Recuerdo citas puntuales en La Palmera con personajes de mi pasado. También largas esperas, porque las niñas necesitaban su tiempo para arreglarse. La vida ebullendo como un chup-chup incesante de cirios, incienso y túnicas en Semana Santa. Llegar sofocado a los bancos de Quintero Báez tras la enésima pachanga baloncestística contra Lolo y Damián. Juanma, Guillermo, Emilio, Juan Carlos, Sebas, Álvaro… Compañeros de fatigas y alegrías que siguen ahí todavía para demostrarme que hay esperanza a pesar de la distancia social y el egoísmo imperante.
Dos veces al año, los técnicos municipales realizan estudios de diagnóstico fitosanitarios y biomecánicos para analizar el estado de salud de la Palmera, así como de su estabilidad, debido no sólo a su altura, al tratarse del árbol más alto de la ciudad con más de 25 metros de altura, sino también a su avanzada edad.
Para ello, los técnicos del Servicio Municipal de Parques y Jardines cuentan con la colaboración de los bomberos que, coordinados con la Policía Local, facilitan unas labores que es preciso ejecutar con un camión equipado con canasta en escalera de gran alcance.
Entre las rutinas que implican las características singulares de este ejemplar, se incluye además la evaluación de su inclinación y afecciones, así como, en caso necesario, la poda de urgencia para eliminar cualquier elemento que pudiera suponer un riesgo o interferir en el peso y flexibilidad del ejemplar.
La vida sigue fluyendo ante el fino tronco y las hojas de este árbol centenario, una rara avis en medio del centro neurálgico de una tierra descubridora. Tartessos fue Onuba y luego la Huelva de Carolina Marín, Álvaro Robles, José Luis Lobato, Emilio Martín, Diego Moisés Santos, Carmen González, Blanca Betanzos, la cantante Argentina, Arcángel, Manuel Carrasco, Daniel Vázquez Díaz, Juan Cobos Wilkins y el gran Jesús Quintero, por citar solo a algunos eminentes exponentes de la provincia que han transitado bajo el manto aglutinador de La Palmera.
Dicen que algunos vieron llorar a la Palmera el 14 de marzo de 2020. Otros aseguran que la vieron inclinarse hasta el suelo sin romperse de pura y honda pena. «¿Cómo hemos llegado a esto?», se preguntaba la mítica planta arbórea. Durante meses dejó de sentir a sus paisanos andando alrededor de la base de su tronco. Detectó desesperación y soledad. Durante 99 días, nadie quedó en la Palmera. Poco a poco, la Palmera ha vuelto a enderezarse a medida que el río de personas ha vuelto a las calles, pero ahora vuelve a mustiarse, vuelve a inclinarse, inquieta, al percibir la despreocupación y el egocentrismo de los humanos.
Esos ojos verdes y naturales seguirán mirando desde arriba, pero sin prepotencia, el devenir de la existencia de personas pequeñas que, a pesar de la ingratitud y el carácter incívico de unos pocos, tratan de enhebrar un corazón grande amasando toneladas de paciencia, cariño, tolerancia y lucha por lo justo. Y todo empieza con una simple cita. ¿Dónde quedamos?
Un artículo genial, que me ha devuelto por un momento a mis años mozos en los que pasaba por allí todos los fines de semana con mi pandilla. Y cuantas veces me he parado con mi hermano pequeño en el clásico quiosco lleno de fascículos, en el que comprábamos los cromos de esas colecciones que tanto nos gustaban.