gente con mascarilla

Cuatro mujeres hablan en una calle del centro de Sevilla. / EUROPA PRESS

Opinión, Salud

Confinamientos y toques de queda

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Llevamos un año con esta pandemia, estamos en la tercera ola de contagios y parece ser que la mayoría de políticos de todos los colores, técnicos y una parte considerable de la población coinciden en que las únicas alternativas son confinamientos, toques de queda adelantados, restringir la movilidad y cierre de establecimientos. Hoy leía en un periódico que la presidenta de Ciudadanos propone aplicar un “confinamiento inteligente”. ¿Cómo se establece lo que es inteligente o no en un confinamiento?

En principio, estoy en contra de tanta normativa, tanto organizarnos la vida, coartar nuestra libertad, arruinar la economía y considerarnos a todos incapaces de ser responsables, anulando el principio básico de presunción de inocencia, en este caso de responsabilidad y de saber comportarnos. Es una barbaridad encarcelar a alguien en prevención de que realice una mala acción. Se castigan los hechos, no las supuestas intenciones. Confinarnos no deja de ser una prisión domiciliaria solo por si acaso. Todo para regresar al poco tiempo a la misma situación, tercera ola… Esto ya lo hemos vivido. Confinamiento y toque de queda son sólo parches.

En este tiempo hemos aprendido algo, para sobrevivir a este virus:

  1. Guardar una distancia de seguridad. Esto incluye tratar de evitar zonas concurridas y no juntarse con personas con las que no convives. Aquí no valen las medidas contradictorias que se han dado en diferentes momentos y localizaciones, de reuniones que no superen las 4, 6, 8, 10, 12 personas, etc. El dar una cifra u otra no tiene ninguna base científica, depende sólo de cómo le dé al regulador de turno y a sus consejeros en un momento determinado. Es obvio desde un punto de vista estadístico que, mientras uno se junte con menos personas, se reducen las posibilidades de contagio. Está claro que, si alguien se traslada a una isla desierta, quizás se muera de tristeza, hambre o sed, pero no del coronavirus. Si te juntas sólo con una o dos personas, pero están infectados, estás perdido, por el contrario, si te juntas con 30 libres de virus, no hay ningún peligro. El número tiene una importancia muy relativa. Pero al darte las autoridades una cifra, algunos se relajan y consideran que está permitido juntarse seis u ocho, etc. Conclusión equivocada: si está permitido, es que no hay peligro, lo que es absolutamente falso.
  2. Usar mascarilla siempre que estés con alguien fuera de tu entorno familiar. La mascarilla ha creado a personas sicotizadas, unas que se niegan a usarlas y otras que las usan aunque estén solas en medio de una gran plaza o incluso en el interior de su coche. El sentido común nos debe acompañar siempre.

Distancia y mascarillas son los únicos dos medios que tenemos para evitar la enfermedad. Si no se guarda la distancia o no usamos mascarilla, nos podemos infectar en cualquier sitio y a cualquier hora del día, no importa que sean las 10 de la mañana o de la noche.

Por lo que sabemos, la mayoría de los contagiados se deben a reuniones familiares o de amigos. No hay ningún estudio serio que demuestre que los bares, restaurantes, tiendas y establecimientos varios, que están haciendo un esfuerzo de inversión para adaptarse a la situación, sean los causantes de los repuntes de contagios. Si alguien sale y se desplaza de pueblo, ciudad o comunidad, no corre mayor peligro, ni va a contagiar más, si es responsable y cuida las distancias y usa mascarilla. Nadie ha hecho tampoco estudios concluyentes de las repercusiones físicas y sicológicas en la salud y mortalidad debidos a la soledad del confinamiento y la ruina económica que producen los cierres de negocios y cierres perimetrales.

Un año sin tomar café con amigos

En mi medio, la mayoría de la gente que conozco, evita los contactos. Con mis amigos llevo un año sin tomarme un café o una cerveza y me consta que ellos hacen lo mismo y usamos mascarillas. Se puede salir, pasear o tomar algo con los que convives sin correr peligro. De todas formas, quien quiera confinarse de forma radical, lo puede hacer, nadie se lo impide.

No se puede castigar y destruir la economía del país, ni la libertad de la gente responsable, por los energúmenos que siempre existirán. Siempre ha habido alcohólicos, drogadictos y delincuentes. Que sobre ellos caiga el peso de la ley. En esas macrofiestas ilegales, en las que alguna autoridad decide que para evitar males mayores no se interviene, que se aplique la normativa. No sé si en la célebre fiesta en Cataluña o en la boda de Melilla que se vio en TV, hace pocas semanas, se han aplicado medidas realmente disuasorias a los participantes en las mismas. No basta una multa de 50 euros. Si muchos son personas jóvenes sin capacidad de pagar una buena multa, hay muchos montes y cunetas para limpiar y ahora calles con placas de hielo. También habrá siempre necesidad de labores sociales con enfermos y o ancianos a los que podrían ayudar.

Los botellones y fiestas multitudinarias son imperdonables en esta situación. Pero va a ser muy difícil en esta sociedad evitar de forma absoluta los contactos familiares. Ha pasado en verano, en navidad y seguirá sucediendo. Es imposible que una abuela renuncie a abrazar a sus hijos y nietos que viven lejos. Por lo tanto, en lugar de martirizarnos todos los días en la TV con multitud de datos y normativas que aburren y terminan desinformando, les propongo a los políticos que se centren en tres puntos:

  • a) Conseguir que los precios de los tests para diagnosticar el virus bajen y se generalicen esas pruebas, si nos vamos a reunir con familia con la que no convivimos o con otras personas por razones ineludibles. Es cierto que las pruebas no te dan una seguridad absoluta, son una foto del momento, se puede uno contagiar en la hora siguiente. Pero también es verdad que, si el resultado es negativo para el virus y seguimos con el mismo tipo de vida, las posibilidades de contagiarnos serán muy pocas y siempre será mejor una reunión en la que todos los participantes se han hecho las pruebas, que juntarse, aunque sea con el número permitido, pero sin ningún tipo de control.
  • b) Poner toda la carne en el asador para estar la población vacunada lo antes posible, si queremos salvar nuestra salud y modo de vida y la economía. Además, mientras antes se logre la inmunidad de la población, más se obstaculiza la posible aparición de nuevas cepas mutadas.
  • c) Controlar las entradas en aeropuertos y fronteras, para controlar las nuevas cepas del virus. Ya tenemos constancia de una variante inglesa, otra brasileña y una tercera de Sudáfrica. No sabemos las que pueden surgir si no se corta la pandemia.

En mi modesta opinión, debemos apelar a la responsabilidad de la población general, que creo es capaz de ello. Aplicar la ley a los transgresores de las normas básicas y elementales, que deben ser pocas y claras. Dejar que con las medidas anticovid los negocios funcionen y tengan un horario razonable. ¿Se ha demostrado que el cierre de bares y restaurantes que cumplen las normativas han dado lugar a algún repunte de la pandemia? Creo que no. ¿Qué produce más contagios: una cena en un restaurante o en una vivienda privada donde se reúnan varias personas?

Finalmente, que nuestros dirigentes, en lugar de regular nuestras vidas al milímetro, se fijen en Taiwán, el país que a mi entender mejor ha manejado la pandemia y en Israel, la nación que está vacunando con más eficacia. Si después de aprender de ellos pueden mejorar algo, pues estupendo.


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Un comentario

  1. Avatar Antonio Anguiz

    Me gusta ver que el artículo descansa en una buena dosis de sentido común. Quizás recordar que si siempre es sano lavarse las manos, ahora un poco más (sin histerismos).

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