jack robin

Robin Williams es un niño grande en 'Jack', una película de 1996.

Opinión

Ese niño que llevamos dentro

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A veces pienso que la nostalgia es un cuchillo de doble filo. Por un lado, te dibuja la sonrisa, pero, por otro, te pega un empujón hacia el espejo de la decadencia

Lazos de sangre que se rompen con el paso del tiempo. El desgaste. La sensación de que cualquier gestión política pasada fue mejor. Sentir que hay cosas que se repiten como en el eterno retorno de los pantalones vaqueros rasgados. La pureza de las relaciones cuando eres joven es única, no vuelve. Con el paso del tiempo, comienza el rencor, la escalada hacia un supuesto futuro de prosperidad con trabajo, familia e hijos que echa el lazo al desenfreno. Los amigos de verdad de aquella época son ahora los fantasmas que aturden las noches ebrias del Capitán Flint

Solo unos pocos pueden sentirse satisfechos de haberse cortado la coleta de los años felices con todo hecho. A la mayoría le queda ese resquemor: «Tenía que haber viajado más, tenía que haber follado más, tenía que haber salido más de juerga, no tenía que haber dejado el teatro…». Y llega la supuesta vida adulta, repleta de responsabilidades e intereses creados, donde esa ingenuidad de antaño se torna en conveniencia.

Las imágenes en blanco y negro de las calzonas de los 80, los dibujos de Sportbilly, los tebeos del Jabato, las canicas, el balón prisionero, los diccionarios en papel, muñecos de cowboys e indios a peseta… De repente, todo está en una pantalla y te sientes insatisfecho. Lo analógico unía más a las personas. Antes, quedabas con tu amigo para intercambiar cómics, para pegar estampas o para dejarle un disco. Ahora puedes bajarte la música en el ordenador… Tú solo.

Quizá el deporte y algunos trabajos sean la tabla de salvación para que esa nostalgia no acabe consumiéndonos a todos. Porque la videollamada no puede sustituir a un paseo en compañía, un café para dos. Porque algunos familiares se aprovechan de la facilidad de mandar un guasap para escaquearse de las reuniones de toda la vida (cumpleaños, bautizos, barbacoas, comuniones…). Muchos prefieren la frialdad de la pantalla antes que el abrazo y eso acabará por destruirnos como sociedad.

Una burbuja de miedo

La pandemia ha servido de excusa perfecta para muchos para dar de lado a cuñados que resultan molestos, a familiares que no aguantas… Esas personas corren el riesgo de meterse en una burbuja de miedo de la que saldrán peores… o directamente no saldrán.

Por mucho que corras, la pantalla te cogerá. Por mucho que seas cuidadoso con las relaciones personales, el velo de la estupidez digital te impondrá las nuevas normas del juego. Por mucho que los mezquinos maquillen su carácter traicionero con emoticonos de besos y corazones, al final quedarán retratados. Ellos nunca han tratado de volver a sacar a ese niño jovial y dicharachero de hace décadas. Lo tienen enterrado en lo más profundo de su corazón. El cerebro puede más, la envidia puede más, la soberbia le gana el pulso incluso a Lincoln Hawk.

Ojalá se den cuenta de que siempre hay tiempo para seguir viajando, para seguir soñando, para volver a las tablas, para bailar a lo Billy Elliot por las calles, para gritar cosas bonitas a los cuatro vientos como James Stewart en ‘Qué bello es vivir’, para imitar a Chiquito o comprobar que tus batallitas siguen encandilando a los más pequeños de la familia.

Tú, amargado de la vida, tira el móvil a la basura y recuerda. Recuerda el fulgor de tus ojos al escribir un poema o al dibujar a un superhéroe; las risas que te echabas con tu hermano antes de dormir tarareando bandas sonoras de John Williams; las horas muertas jugando al ping-pong con tus colegas; las noches eternas en el Cotton, el Saxo o la Alameda; las quedadas para ver películas en tu casa; aquellas visitas emocionantes a tus primos; la colección de carteles de películas; la bravura de tu mente sacando adelante la carrera; la comprensión de los demás ante tus salidas de tono en las discusiones… Todo ello ha de servirte para convertir la nostalgia en presente y romper las cadenas de la telemática, una palabra que se ha vuelto odiosa.

Rescatar al niño que llevamos dentro no es nada fácil, porque aquella inocencia se ha perdido para siempre. Pero sí se puede olvidar, tener poca memoria para las cosas malas con el fin de reducir el rencor al mínimo. El objetivo de todo esto, cómo no, es la felicidad, «esa brisa que te toca la cara de vez en cuando«, como dijo una vez Antonio Banderas.

Tú, persona oscura y sombría, deja que el niño que hay en ti fluya como cuando juegas con tu hijo. ¿O es que no juegas con él? Vuelve a ser intuitivo y no tan cerebral. Y deja de ser el emoticono de la mierda para convertirte, en la vida real, en el de la estrella o en el de los aplausos o en el del corazón o en el de Travolta. Merecerá la pena conectarte de nuevo con la época del Teleprograma y del Un, dos, tres para recomponerte en el presente y tratar de mejorarlo. Porque el legado que dejemos antes de estirar la pata debe consistir en un conjunto de buenas acciones que pesen más en la balanza que las cagadas que hayamos podido cometer.

Sé leal a ti mismo y a ese chaval que fuiste, el que llegaba a duras penas al aro de minibasket con el Mikasa amarillo. El balón sigue dando vueltas por el aro y queda mucho para el final del partido

Y no importa que estés calvo, gordo, canoso o desdentado. Ya no eres aquel rocker con magnífico tupé. El tiempo ha pasado y estás aquí para poder seguir escribiendo tu historia, que es única y valiosa para más gente de la que crees. No pierdas tu esencia. Sé leal a ti mismo y a ese chaval que fuiste, el que llegaba a duras penas al aro de minibasket con el Mikasa amarillo. El balón sigue dando vueltas por el aro y queda mucho para el final del partido. No estás solo. Aquellos compañeros de equipo siguen ahí, dándote aliento y creyendo en ti. Confianza, autoestima, empatía, solidaridad y cabeza bien alta. La victoria está en tus manos


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