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Susana Díaz.

Opinión, Política

La Khaleesi del Sur pierde su trono

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Anda como la Zarzamora Susana Díaz estos días. Sus afiliados le han dicho alto y claro que no es no. Ella que presumía de romper los corazones del poder del partido. Ella que pensaba que era querida y amada por todos y cada uno de los suyos, acaban de mostrarle la puerta de salida un caluroso domingo de junio. Ella que pensaba que nunca iba a ser derrotada en su casa y ahora tiene la cartilla del paro en una mano y una antorcha en la otra. Sigue la estela de Almunia de no irse cuando perdió frente a Borrell y, al final, lo terminaron echando los ciudadanos. Su historia es la historia de los ninis que crecieron a la sombra de los de Suresnes, de los cachorros amamantados en la escuela de vivir de la política, de los señalados por los viejos reyes como sucesores, de los niños malcriados que no sirven como amos

Cuánto hubiera disfrutado el noble Plutarco escribiendo sobre el socialismo sevillano. Sus vidas paralelas incluirían, sin lugar a dudas, a Susana. Nació como una princesa amamantada por el río Anas, acunada en sus brazos por un Pepe Caballos que le cantaba largas y delicadas nanas, como letanías de nombres y de gente. Eran los años de hierro del socialismo sevillano embridado desde Madrid por el primero de los hermanos Guerra. Allí creció antes de ver su foto entre el puño y la rosa. Pero nada es eterno, y menos en los cálidos veranos de Sevilla. Pepote había cambiado de gobierno y había retado a los de Madrid desde su california del sur de Europa. Perdió, como pierden los que tienen la sombra de la derrota dibujada en su triste sonrisa. Y vino Manolo a ocupar su puesto, a pesar de ser el candidato a palos, empezó con él la mal llamada renovación. Palabra que designaba nada más y nada menos que la defenestración de las huestes de Alfonso.

«¡Hay que ser secretario general y presidente!», había sentenciado entre los bonsáis de Moncloa el tal Felipe. Y Manolo empezó a reunir a los manijeros. Y los Sanchos y todos los Alatristres de la política socialista andaluza y sevillana despertaron y se acercaron a los cargos y a las sillas. Pero no todo el proceso fue ordenado. Rojas Marcos abrió un día la ventana del Ayuntamiento como alcalde, Yáñez, ni siquiera gritó contra Rojas Marcos ni contra Soledad Becerril, huyó de candidato y alcaldable al jugoso sueldo y al noble cargo de secretario de Estado y dejó el contrato del ala norte del ayuntamiento a Amparo Rubiales. Ella, que había sido toda una consejera de Presidencia con Rodríguez de la Borbolla, ahora estaba sola, aguantando todo un derrumbe general antes de que Curro procesionara por la Cartuja. Pero sus ojos también miraban al Parlamento de Madrid. Y cogió el recién estrenado AVE para estrenarse de diputada.

No había nadie en Sevilla que destronara el pacto del Ayuntamiento de Sevilla. Y volvió Pepote a vestirse de candidato y a hablar en nombre de los sevillanos y las sevillanas. “La ciudad que quieren las mujeres”, escribió impresa sobre una imagen de la Venus de Boticelli. Ya no quedaban huestes de Alfonso en Sevilla para defender la casa, la honra y el nombre. Caballos movió los hilos y las cometas, él que sabía el significado de interregno. Y tenía la libreta llena de nombres, de todos los nombres que una vez lo defenestraron como secretario general del PSOE de Sevilla.

La renovación

Y empezó lo que algunos bautizaron como la renovación. O al menos, como la depuración de los guerristas. De todos los guerristas. Y llegó Carmen Hermosín, la otra cara de Yáñez, a comandar la Secretaría General de Sevilla. Era el congreso de la espantá de Manuel Copete -conocido luego como el bien pagao– como pontífice del guerrismo y la llegada de la voz de todos los que no tienen voz, de Emilio Carrillo, el turborrenovador, el que llevaba una marcha más, el que al final aglutinó los votos del guerrismo y le dio un susto a los manijeros que habían traído a Carmeli.

Las convulsas aguas llegaron en las calendas del 94 hasta el congreso de Manolo el bueno, el bondadoso, el noble. Pero Carrillo le partió ese congreso cuando le retó a la Secretaría General en el Hotel Los Lebreros. Pero sin delegados en el partido no eres nada. Y la nada lo envolvió hasta su resurrección. Pero antes, Emilio se olvidó de sus huestes y su gente. Se olvidó de todos los nombres de los que le apoyaron y de las largas tardes buscando apoyos. Allí, Manolo se hizo Manolo el bueno. Ya había cumplido el mandato de su señor. Presidente y secretario del partido. Ahora tocaba el aldabón de aviso a los restos de la hornada guerrista. Ya no eran nadie. Ya no debían ser nadie. Y Caballos se vistió de verdugo.

Y en esto se inventaron las primarias en el PSOE de Sevilla. Pepote veía otra vez al caballo de la defenestración cabalgar desbocado y, enfrente, se colocó el triste de Alfredo, el hombre que no sabía sonreír desde el balcón de la Diputación. Alfredo tenía a Fran entre los suyos. Y detrás de Fran estaba, cómo no, Caballos. La agrupación Este empezó a hacerse grande. Colocó a Guillermo como consejero de Trabajo antes que a la roca de Viera. Y colocó a los suyos de diputados autonómicos. Fue cuando preparó a unos de los famosos cuñados, Luis Navarrete, desde las balconadas de las Cinco Yagas. Este miraba ya nervioso el reloj y el BOP desde su concejalía de Camas, la misma que le llevaría a la Diputación. En medio, Pepote y Alfredo se enfangaron en la campaña. Tanto que la lucha llegó a San Telmo, donde Manolo el bondadoso, el generoso, los llamó a capítulo. Nunca antes dos candidatos socialistas se habían descalificado tanto en público y mandó parar aquella sangría innecesaria.

Ganó lo orgánico frente a lo jacobino

El resabiado político de Borbolla había apoyado a Borrell frente a Almunia. Había sorbido de la gota jacobina que recorre su partido. Ya se sabía abandonado por todos los que estaban en los despachos de la calle Luis Montoto, la sede provincial del PSOE. Pero presentó batalla fuera de lo orgánico. Y qué batalla. Abrió el partido en dos. Alfredo se subió a lo orgánico y a lo inorgánico. Consiguió el apoyo de 9 de las 10 agrupaciones y llamó a todos con sus frases: y voy de ida. Yo represento aire fresco. Otra generación de políticos. Ganó lo orgánico frente a lo jacobino. Muchas nóminas dependían de ello. Y la olla, y sobre todo la nevera, deben estar siempre llenas. ¿Quiénes somos los que hemos ganado? Preguntaban muchos espabilaos después de los recuentos.

En las municipales ganó por unas décimas Soledad, pero el PA ya la había abandonado y se había echado en manos de Monteseirín para lo bueno y para lo malo. Para lo malo, porque aquello acabó siendo el cementerio del andalucismo, la desaparición de todo un partido de una tacada. Nota para navegantes. Pero la historia del socialismo sevillano aquí se paró y recuperó a Susana, que del carnet de juventudes pasó a la lista de concejales. Y hela aquí que llegó con su cara aniñada a jurar la Constitución y estar en la silla de la concejalía de Juventud y Empleo. A saber, Dios qué sabría esta de recursos humanos si tardó media vida en terminar la carrera de derecho.

Ella era uno de los griñaninis que llegaron al poder, no desde la clandestinidad, sino desde la base interna como funcionaria y fontanera del partido. Con 17 años, tenía claro ya su futuro laboral cuando ingresó en las juventudes socialistas, mientras iba tejiendo con paciencia desde la agrupación de Triana la tela de araña que le hizo en el 97 ser elegida secretaria de Juventudes en Andalucía por el dedo de Sevilla de por medio. Años antes, incluso anhelaba participar en esa vieja guerra de los renovadores y turborrenovadores de Emilio Carrillo y, desde entonces, ella ya ambicionaba feudos y títulos dentro del partido. Este cargo regional le abrió las puertas del Ayuntamiento de Sevilla.

En medio llegó 2002 y se casó con el que ella denominó “tieso”. Pero a mí, y a muchos como yo, me parece que este título es una terrible afrenta injusta e innecesaria a todos los mileuristas y seiscientoseuristas que viven y trabajan dignamente en Andalucía. Es un insulto descarado a la masa de asalariados que viven en Andalucía. El tic clasista le salió a borbotones a Susana Díaz en la comisión de formación del Parlamento de Andalucía sin que nadie de los que allí estaban reparara en ello. Nadie. ¿Es esto otro símbolo de lo alejado que están los parlamentarios de la sociedad y de sus votantes? Muchos de esos tiesos mileuristas votan y les votan. Y allí nadie salió a defender la dignidad de estos trabajadores. Los tiesos se quedaron solos en las bancadas del Parlamento. Pero ese tic clasista no pasó inadvertido para los trabajadores y trabajadoras andaluzas. Ellos, todos ellos, fueron tachados y señalados por toda una presidenta de la Junta con el estigma de “tiesos”. Y los tiesos, esos tiesos que al parecer nadie quiere -menos ella que se casó con uno- también votan.

Con el hilo ya entre los dedos de la historia, cuentan que Caballos mandó a Susana Díaz a Madrid para quitársela de encima

Con el hilo ya entre los dedos de la historia, cuentan que Caballos mandó a Susana Díaz a Madrid para quitársela de encima. La hizo parlamentaria y hasta senadora. Cuentan que es ella ahora la que le tomó la matrícula a Caballos, el justiciero, y la que guardó la libreta de nombres, de todos los nombres en la mesita de noche. Porque Caballos perdió cuando se presentó contra Viera, su otrora hombre. Pero la política socialista sevillana no conoce ya de amistades ni de antiguos pactos de sangre. El que tenía los bolsillos de cristal estaba ya solo. Muy solo. La segunda defenestración tomó cuerpo de nuevo cuando apareció su nombre ligado a Bono en el Congreso que terminó ganando Zapatero. Broncas que terminaron con su cabeza de nuevo en un cesto.

Mientras, Susana callaba y escalaba. Llegó a la Secretaría de Organización del PSOE de Sevilla en 2004 con arneses y picos de escaladas. Aprendió la política de salón en Triana y ahora aprendía a lidiar en plazas de primera. Sin cabezas en el PSOE de Sevilla (tras las elecciones de 2007, se urdía la bronca que terminaría echando del sillón a Monteseirín), tomó cuerpo toda la ambición que llevaba dentro. Y empezó a maniobrar para colocar a sus peones, primero contra Viera y luego en San Telmo. Tomó por incomparecencia el sillón de la Secretaría General de Sevilla y luego, José Antonio, el que quería ser llamado Pepe, se fijó en ella para su partido en Andalucía. Justo cuando saltó en prensa el tema de formación de la empresa de la mujer de Rafaelito, el de Córdoba.

Susana Díaz, entre Manuel Chaves y José Antonio Griñán.

Entonces, toda una tanda de políticos de provincias desembarcó en la calle San Vicente. José Antonio entendió que la generación de la foto de la tortilla había pasado a los libros de historia y que ahí debían quedarse ya. Y la nombró consejera de Presidencia. El monstruo de los ERE llegó en forma de despido de Griñán en agosto de 2013 y la línea sucesoria ya había designado a Susana como presidenta. A partir de aquí, las unanimidades a la búlgara fueron el sello del partido en Andalucía. Nadie se movía ya de la foto. Nadie hablaba ya de más. Nadie ponía ya en duda el poder que acumulaba. Hasta el bueno de Manolo le dijo a José Antonio: “Quillo, que esta no ha matado”.

Luego se presentó a sus primeras elecciones, rompió con la IU de Valderas y su tropa descamisada con la que cogobernaba. Y se fijó en el más bobo de los que había en el Parlamento andaluz y eligió a Juan Marín y su tropa desarrapada para que apoyara al gobierno regional. Ese fue el mayor fallo de Marín, no provocar otras elecciones autonómicas o que Susana gobernara en minoría, porque en cuanto el PSOE vio que tenía patente de corso para gobernar de nuevo, se lanzó a seguir con los mismos apuntes que tenía el Susanato. Y empezó a mirar de reojo hacia el norte. Hasta entonces nunca nadie, sin hacer nada, llegó tan lejos en España.

Susana Díaz, Patxi López y Pedro Sánchez, el día del debate de las primarias del PSOE nacional.

Fue la época en que el que la corte de Susana llegó a Madrid en el antiquísimo mes de Vendimiario a esa especie de Juego de la Pelota en que se convirtió el Comité Federal del PSOE para liquidar a Pedro y llegar al trono de hierro. La voz de su amo resonaba en todo Ferraz como un viejo disco de pizarra tocado sin fin. Sus huestes la llevaron desde el sur en volandas como llevaron a Fernando VII al grito de «¡Vivan las caenas!». Y eso es lo que trae Susana, cadenas para embridar a todo el PSOE, empezando por la militancia, pasando por toda la nobleza y terminando en el Parlamento.

Las tropas de Susana envolvían a su reina, desde Virginia a Prada, desde Conejo a Mario -no aquel grandioso de Sila- sino el de Moguer, el de Huelva. Susana venía a callar a la militancia, a dejarla sin voz. La gota ácrata que eligió a Borrell y a Pedro debía ser cortada. Y se emplearon en dar el golpe antes de que Brumario llegase. Antes de que las urnas desplomasen sus votos por los acantilados de la impaciencia. En Andalucía, ya le vio las orejas al lobo. En España sentía el aliento de los jefes de Teresa. “Hay que liquidar el sanchismo”, se dijeron en San Telmo y los manijeros de palacio empezaron a contar los votos, a buscar aliados, a derribar a Pedro.

Y cruzaron despeñapedros en los coches oficiales para llenar de desterrados al PSOE federal. Ya no habría más palabra que la del Susanato en Ferraz. No habría más pensamiento. No habría libertad más allá de la imagen del yunque y la pluma que viene en todo carné socialista. Solo hay ahora una voz, una voz del sur que canta por Triana. Pero el Susanato no contaba con su herencia, con su trayecto de casi 40 años en Andalucía. Y llegaron los vientos de los ERE, de la Formación y el Caso Edu, de los casos contados como gotas de cera que caen hasta formar su propia bola, rodando desde el edificio Presidente. Aquí nadie perdona ni olvida. El Parlamento andaluz puso la comisión de formación en carne viva. Los juzgados llenos de imputados. Un exconsejero y un exdirector general fueron a prisión. Y la balanza de la justicia esperaba impaciente pesarlos a todos.

El peso de la herencia

El peso de la herencia es como las piedras de lastre que se mueven en el fondo del barco y lo escoran cada vez más a la famosa dictadura de la izquierda una vez fuera de los mares del sur. Nadie compra allí su discurso, un discurso que va contra la militancia, que va contra la voz de los caídos en el nombre del pueblo.  Y que va contra esa cansada mayoría silenciosa que se desplaza cada cuatro años hacia las urnas. La militancia socialista entonces empezó a alzarse con voz silenciosa en las redes y en la calle. No querían las cadenas ni los eslabones que les traía el Susanato. No quieren que les dejen mudos ni que hablen en su nombre sin contar con ellos. La militancia estaba esperando ausente que les tocase el turno de palabra, que se le preguntase. Pero los nobles de la corte de Susana no creían en la asamblea ni creían en el pensamiento de las masas. Solo hay un pensamiento único que salía entonces desde las entrañas de San Telmo y que se expandía solo por la mesa redonda donde hoy estaba en ese momento el PSOE.

Pero se encontró con la sorpresa de que el dogma del Susanato no convencía en las tierras del norte ni del oeste ni del este, y no convencía porque aquí en Andalucía solo hubo un régimen de casi 40 años que escondió la libertad y el parlamento. Que nunca ha querido que haya comisiones de investigación, que el pueblo sepa y que el pueblo piense. Un régimen que ha construido una inmensa administración paralela de la que nunca da ni nombres ni números. Para que nunca nadie sepa. Pero todos sabemos lo que hay detrás de todo eso, lo que el monstruo esconde dentro. Y los nombres de los elegidos para estar en esa administración paralela caen como granizo en una tormenta. Y en estos largos años de reinado de hierro el pueblo fue la excusa para llenar de cargos la Junta, para llenar de nóminas la paralela. Todos los nombres en nombre del pueblo. Y el Susanato heredó el sistema perfecto. El sistema que le asegura siempre más de 40 escaños en el Parlamento.

En la presentación de su candidatura en Madrid, intentó manipular a su propio partido llamando a los muertos vivientes para que la acompañaran en su asalto al federal, donde llegó hasta a reunir a los de Suresnes en las primeras filas, pero la historia no olvida ni tiene amnesia, y sabe qué decir cuando le dan la palabra. Ganó Pedro y perdió Susana. Y entre ellos dos creció una especie de odio africano insalvable. Le ensañaron la puerta desde Madrid, pero ella se sentía poderosa en su trono de Kalheesi de San Telmo. Hasta que llegó la sentencia de los ERE, el mayor terremoto político en Andalucía desde el intento de independencia del duque de Medina Sidonia. Un antes y un después de los casi 40 años de gobierno socialista. El argumentario era que no se habían enriquecido ni se habían llevado dinero. Pero fueron condenados sus dos anteriores en el cargo de presidentes.

Y luego llegó el Armagedón.  El 2 de diciembre de 2018, a las doce de la noche, tocaban campanas de muerte en la calle San Vicente de Sevilla, sede regional del Susanato andaluz. Por primera vez desde la instauración de la democracia, y con ella el gobierno autonómico, el PSOE perdía el poder de la Junta de Andalucía. Ya no solo era el hecho de que la echaran de San Telmo, era que se quedaban sin el poder que da toda una Junta de Andalucía en su conjunto. Muchas de sus huestes empezaban aquella noche a mirar con dolor el crac del Susanato, el domingo negro, porque perdían sus jugosas nóminas e ingresaban en las listas del paro. Y eso nunca se lo iban a perdonar.

La obstinación de Susana

Lo primero que hizo Sánchez fue colocarle a toda su tropa con Gómez de Celis a la cabeza y el clan Toscano de Dos Hermanas. Nunca tuvieron los segundones, los hidalgos pobres del PSOE, una oportunidad como esta de reventar el partido desde dentro. Madrid le apuntó a Susana un despido. Pero la reina de Triana se mostraba sumisa mientras reflejaba solidez entre su ejército. Nadie daba un paso sin su aprobación. Fue Madrid a taponar la herida. Pedro le ofrecía una retirada honrosa, lo que nunca ella le ofreció cuando lo descabalgó de la silla de Ferraz. Hasta ministerios y presidencia del parlamento o del senado hubo de por medio. Ella lo rechazó todo.

Se recluyó en las paredes de la sede regional del PSOE como un fantasma erosionado. Incluso se llegó a plantear romper con Madrid y crear un PSOE-A a la imagen del PSC catalán. Todo el poder para Susana, repetían sus pelotaris como mantras al oído. Lo que no consiguió el duque de Medina Sidonia lo quería conseguir ella. Andalucía era suya, ni de los andaluces ni de la historia. Suya por derecho de nombramiento. Era la nueva monarquía visigoda del sur que debía ser el inicio de la IV dinastía del PSOE de Andalucía. Y, como princesa malcriada, convocó elecciones para que el pueblo le gritara: “Vivan las caenas”. Quería demostrarle a Pedro que ella era la Reina del Sur.

Susana vivía enclaustrada en palacio, en los coches oficiales y comiendo en los más caros restaurantes, y no tenía conciencia de que Andalucía, donde la pobreza y el paro cabalgan desbocados como jinetes del apocalipsis, estaba cansada de que un gobierno monocolor los mantuviera en la misma situación de cola de todos los indicadores sociales de la Unión Europea. Después de invertir en la región más de 102.000 millones de euros desde nuestra entrada en la Unión Europea, no habían servido para nada. Seguíamos igual que hacía 38 años, en el furgón de cola. Mientras, hemos visto cómo muchos miles de millones de esa lluvia de euros se han ido perdiendo por las cañerías de la Junta de Andalucía.

Sus propios votantes, como los militantes antes en las primarias, le daban la espalda y se dejaba más de 400.000 votos y 14 diputados por el camino. Desde entonces, el PSOE-A está noqueado

Las elecciones del pasado 2 de diciembre de 2018 dejaron claro que los andaluces no querían una Junta de Andalucía gobernada por Susana Díaz. Sus propios votantes, como los militantes antes en las primarias, le daban la espalda y se dejaba más de 400.000 votos y 14 diputados por el camino. Desde entonces, el PSOE-A está noqueado. Solo sobrevive en el Parlamento andaluz porque la enorme estructura de poder que era la Junta de Andalucía ya no la tiene detrás. Carece de esa capacidad de movilizar a sus electores y, sobre todo, de la presión social que eran las enormes subvenciones que se repartían vía BOJA y que también regaban como publicidad institucional a los medios de comunicación en Andalucía.

Ella rechazó todas las ofertas para dejar el PSOE del Sur. Empezó a enrocarse y a lamerle los pies a Pedro Sánchez, empezó a practicar la postración. Ofreció la cabeza de Mario y la de todos los que habían participado en el crimen contra Pedro. Y creía que la tropa andaluza le era fiel y le era adicta. ¿Acaso no estaban todos en sus cargos y nóminas porque ella lo había permitido? Por eso se creía segura en el trono de la calle de San Vicente de Sevilla, donde está la sede regional. Y esperaba las primarias con ardor y deseo guerrero. Se puso las pinturas de guerra porque quería barrer y decirle a Pedro que ni la tosiera, ni la tocara un pelo.

Y llegaron las primarias y copió el discurso y los métodos con los que Pedro le había ganado. Prensa y kilómetros de carretera, a abrazar las agrupaciones y las casas del pueblo. A llegar a la militancia de base, que es la que ahora era la juez del partido. O yo o la nada, iba predicando como un franciscano por esas tierras de Dios, iba con la cruz de los cruzados camino de su batalla de Hattin. Pero ya no despertaba ni ganas ni ilusión entre su tropa. Sus antecesores en el cargo eran algo en la clandestinidad y supieron venderlo. Ella tan solo era una nini de partido sin ninguna imagen que proyectar. Y las sibilas la advirtieron de la derrota, pero su soberbia le impedía asumir su realidad.

Las urnas abrieron temprano, ella seguía con la misma altanería que cuando empezó con 17 años en Triana. Miraba con desprecio a todos los que le rodeaban como si fuera la reina de corazones de Alicia. Ella, que estaba acostumbrada a mandar y a no servir, ella, que era de noble cuna socialista, debía ser la ganadora. Ella era la Kalheesi verdadera, la que habla en el nombre del pueblo. La rompedora de cadenas. Pero sus vasallos querían libertad y no a su reina. Y votaron, y señalaron a Espadas como su próximo rey, como alguien nuevo que debía regalar títulos, ínsulas y nóminas. Y llegó otro domingo negro, el verdadero crac del 21. Ahora ya no tiene salidas, solo la resignación, la pérdida de su carrera política y el paro. Adiós, Susana. Cierra la puerta al salir de la política andaluza.


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2 comentarios

  1. Embrujo

    Ha costao….pero la vencimos desde Asociación Defiendo mi Derecho a Asociación Justicia por la Sanidad. Un oleeeeeee como una catedral pa to los que estuvimos, estamos y estaremos siempre contra la Ley del Enchufismo y contra la Fusión de los Hospitales. Y de camino…musho Spiriman, p’alante Yeeaahhhhh!!!

  2. M. Reyes Fdz Loaysa

    Lo que ha conseguido la Asociación Justicia por la Sanidad para que el pueblo reivindique sus derechos y sepa dónde están las cadenas, es impagable. ¡Gracias trío Candel-Escribano-Barreda, gracias a los que os han auxiliado en las tareas de la Asociación, y gracias a toda esa maravillosa base del pueblo que os ha -os hemos-apoyado y creído en la lucha que proponéis!

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