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Opinión, Política

El país y la madre que lo parió

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A este país no lo va a conocer ni la madre que lo parió. Con este cargante estribillo nos remachan últimamente los tímpanos los líderes del PSOE moderno, reciclando las arengas que años atrás formulara aquel PSOE antiguo por boca de un entonces incipiente Alfonso Guerra. Vuelven los grandes temas de los 80, también en política

Los refritos nunca saben como el primer día, pero en ocasiones pueden venir bien. La promesa de un futuro mejor -peor no es imposible, aunque habría que echarle imaginación- le sirve en esta ocasión al PSOE para buscar afianzar la confianza del contribuyente en la labor de su gobierno. Aunque el tiempo pase, a nadie se le escapa la sutilmente disimulada y sin embargo profunda fractura entre las filas socialistas. Por un lado los socialistas viejos y por el otro los socialistas nuevos. Aquellos, pupilos de los antiguos barones del partido, vencidos y condenados a una asimilación lenta o a su extinción; y estos, sanchistas que con su reluciente armadura abanderan hoy la progresía de bien, consolidados ya en el poder del partido, hasta que la mariposa decida volver a batir sus alas.

De los cálculos entre bastidores de los escribas del presidente debe haber surgido esta idea: nada como parafrasear a un gran líder de los socialistas viejos para intentar coser el partido y escenificar una complicidad sanadora en el seno de la progresía. No importa si al propio Guerra el piropo le provoca náuseas, eso es lo de menos. Es de cara a la galería, como todos los discursos. Lo cierto es que, si nos fijamos, pocas figuras son tan antagónicas como la de Alfonso Guerra y la de Pedro Sánchez. Aquel, mordaz, certero, amante de la discreción; este manso, aburrido, previsible, suavón, calzonazos y enamorado de las cámaras y de sí mismo. El uno, parco en palabras y en gestos que lo dicen todo. El otro, proclive a liturgias interminables y una profusión expresiva premeditada e insufrible, con tendencia a la fingida condolencia del que tiene la barriga llena. Liturgias de las que poco o nada se saca en claro. Manual de resistencia no, manual para anestesiar a una audiencia o a un país.

A este país no lo va a conocer ni la madre que lo parió, decía el Guerra en los 80 y le repiten ahora sus correligionarios como coristas intemporales. Sin embargo, se le olvida a todos ellos que la madre que parió a este país fue quizás el mayor imperio que hubo jamás sobre la faz de la tierra. El mayor que hubo nunca (léase despacio). Y que, además de ejercer su supremacía durante siglos (Estados Unidos firmaría a ojos cerrados durar tanto como lo hizo España) lo hizo con una generosidad y valores impropios de su tiempo, otorgando la ciudadanía a todos los ciudadanos de sus colonias, a las que trataba como cualquier otro territorio español, fundando universidades y demás instituciones para el desarrollo de las comunidades locales, en las que el mestizaje y el intercambio cultural ha permanecido hasta nuestros días, tal como se refleja en los rostros de los habitantes de Sudamérica. Mientras tanto, en África sus vecinos europeos cazaban y vendían como esclavos a los habitantes de los territorios que colonizaban. Y en Norteamérica tenía lugar uno de los genocidios más brutales y, al mismo tiempo, mejor maquillados por la propaganda anglosajona de la humanidad. Todo un género cinematográfico como el western ha estado al servicio de este propósito. Y lo cierto es que ha funcionado genial.

Dirigentes ineptos

No, a este país no es que no lo vaya a conocer ni la madre que lo parió. Lo cierto es que a este país ya hace tiempo que no lo conoce ni la madre que lo parió, que es diferente. Resistiendo dirigentes ineptos siglo tras siglo, sobreponiéndose a varias guerras civiles en las que la sinrazón de unos y otros dejaron un aroma a sangre en cada palmo de arena de esta tierra, poco a poco este país ha ido perdiendo a sus hombres y mujeres más valientes y sensatos. Y con ese goteo de capital humano que se ha ido perdiendo, ha ido proliferando cada vez más la sociedad sumisa, silenciosa, manejable e indolente que parece ser hoy el pueblo que habita en Iberia. Comuneros, afrancesados, bandoleros y facciosos, carlistas, isabelinos, falangistas, rojos, nacionales… Y tantos y tantos otros cuyos harapos o uniformes vestían el mismo cuerpo hambriento, las mismas vísceras destinadas a nutrir la tierra. Póngase usted a salvo mi rey, huya con mi caballo mientras yo doy la vida por la noble causa, como la dieron mis hermanos y mis amigos. La gente noble así perecía, y los cobardes así prosperaron.

De aquel imperio que nos parió nos quedan algunas cenizas y pequeñas brasas mortecinas. Un imperio del que nuestros líderes parecen querer olvidarse, asumiendo la propaganda (que es la única arma que le resta a quienes no cuentan ni con la verdad ni con los arrestos para defenderla) que el resto del mundo pasó siglos produciendo, embobado y envidioso. Hoy, cualquiera que haya nacido en lo que resta de aquel imperio puede ser tan buena o tan mala persona como cualquier habitante de Suazilandia, de las islas Fiyi o de San Petersburgo: nadie es mejor o peor persona según el lugar donde nace, pero la historia es la que es. Y nuestro legado es imborrable.

A este pueblo le sobran bemoles

Por eso, muchas gracias, Sr. Guerra; muchas gracias, señores del PSOE; muchas gracias señores de todos y cada uno de los partidos que pueblan de capullos la maceta del hemiciclo parlamentario por querer que no nos conozca ni la madre que nos parió, pero no se esfuercen demasiado. No es necesario. Ustedes están convencidísimos, en su miopía de estadísticas y avaricia, de que lo que puede salvar a este país es una inyección de capital prestado. Este país ya quemó todo el oro del planeta a manos de vuestros antecesores, ¿y para qué? Si realmente quieren salvar a este país, hagan como el otro, levántense y váyanse. Todos. Sra. Monasterio, su amigo Abascal, el Sánchez, la Arrimadas, los Pablos y todos sus amigos y compinches. Libérennos del lastre que nos suponen. Dígannos a la cara cuanto quieren para irse: ¿un millón de euros, dos? Cójanlos y váyanse, más baratos nos salen. El problema de España no es de capital, señores. Cuanto más dinero llegue a las arcas públicas, sea de Europa o sea de los impuestos, más se llevarán ustedes. A este pueblo valiente, trabajador y preparado como nunca antes lo estuvo, le sobran bemoles y sostenidos para salir del atolladero por sí mismo, sin necesidad de préstamos, con su trabajo y su tesón. Eso sí, libre de sanguijuelas que le mermen las fuerzas. Libre de líderes con discursos alucinógenos que nos quiten la vista de nuestro camino. Libre. Como el periódico que usted está leyendo.


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5 comentarios

  1. Avatar Jose Ramón Talero Islán

    Magnífico Gerardo…»Al pan pan y al vino vino» análisis genial y verdadero.Hacen falta en nuestra sociedad personas como usted.Las realidades de la historia con documentación y hechos para certificarlas,el diálogo y la transmisión a los demás,es una tarea ardua que debemos hacer sin perder nunca la esperanza.Si se siembra se recoge.Felicidades y saludos cordiales…

  2. Avatar Francisco José Castillo

    Sublime, se puede decir más alto, pero no más claro.

  3. Avatar Gerardo

    ¡Muchas gracias estimados José Ramón y Franciso José!
    Un saludo.

  4. Avatar xsibai

    Que se vayan todos. De acuerdo. Ninguno vale para gobernar esta España. Pero ese vacío, ¿quien lo ocupa?,¿el pueblo?. Eso es una quimera. La verdad es que el porvenir lo veo bastante negro. A mi juicio, no hay nada ni nadie interesado de verdad, y capacitado, para hacer de España una Nación seria y solvente y que sea respetada por todos nuestros vecinos, al menos.

    • Avatar Gerardo

      Creo que debemos dejar atrás el marco mental del «líder de la nación que la haga seria» para pasar a pensar en un modelo de estado que permita que sus ciudadanos brillen con luz propia. Más que buscar ese lider, busquemos ese modelo porque, al final, la España seria y solvente la tenemos que hacer entre todos y cada uno de los ciudadanos.

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