Ya lo dijo el poeta Caballero Bonald: «Somos el tiempo que nos queda». El pasado siempre parece mejor de lo que fue, y es lo más rentable para nuestro pensamiento. Echar para atrás el asiento produce una falsa sensación de comodidad, que quien está a nuestra espalda sufrirá de frente. A veces no hay nadie detrás de nosotros, solo la invisibilidad nos acompaña de manera ruidosa. Hay quienes solo ven ciegos a los que gritar
Fernando Ramallo es un actor que tuvo éxito, una palabra de significado relativo donde Einstein podría haber teorizado. Pero de la misma manera que este hombre dijo que la estupidez humana no tenía limite, se podía decir lo mismo de la imposible definición perfecta para este concepto. Ramallo era solo un adolescente cuando compartió protagonismo en una película con Antonio Resines, que hacía de su padre, aunque ejerciera poco de ello. Puede que ser actor tenga algunos límites y la fuerza de ese lazo sanguíneo no sea tan fácil de hacer creíble aunque hayas ido a la mejor de las escuelas de interpretación y Stanislavski te haya poseído como si fueras un vulgar politicucho de los que sufrimos.
En esa misma película le enseña a besar Maribel Verdú, musa eterna del cine español. Con eso ya le tendría que valer para que su carrera fuera inolvidable, pero el azar es tan poco certero como unos labios demasiado jóvenes y nerviosos. La Verdú fue una maestra para todos, pero las lecciones prácticas las hizo con Ramallo. La película se titulaba Carreteras secundarias y estaba basada en la novela de mi paisano aragonés y zaragocista Ignacio Martínez de Pisón. La literatura siempre ha tenido predilección por los supuestos perdedores, que, en este bendito universo creativo, al final siempre terminan siendo los vencedores, pues de alguien feliz no se debe escribir ni su nombre.
Con David Trueba en la dirección trabajó en la película La buena vida, donde su personaje quinceañero se queda huérfano cuando sus padres mueren en un accidente con el coche. Es hijo único en una familia acomodada y este acontecimiento hace que todo cambie radicalmente. Además, se tiene que hacer cargo de su abuelo, que no se vale por sí mismo, interpretado por el gran Luis Cuenca. Tengo claro que la genialidad tiene su cara y su talento, y que donde esté, está claro que se la llevó con él. En ese escaso bigotillo ejerció la dictadura del proletariado actoral secundario. Y luego está Lucía Jiménez, esa prima que te enseña cosas que te empeñas en no aprender.
Ilusionarse con lo imposible es de escritores que solo triunfarán en la búsqueda de su fracaso. Siempre habrá alguien que manosee lo que escribes o lo que ansías acariciar. Pero no hay que ser como ellos y la envidia es lo único que no hay que sentir por las parejas de nuestras mujeres inmateriales.
Y todo esto viene porque hace muy poco vi un par de videos en Youtube del canal que se ha abierto Fernando Ramallo. En el primero de ellos, se defendía de unos ataques injustificados en un artículo donde se le definía como el típico juguete roto y se daban diferentes razones para hacerlo. Todas eran ruines y rastreras. En esta sociedad donde el triunfo es una operación televisiva donde dar el cante, que alguien deje de estar en un lugar de supuesto privilegio desde hace muchos años parece que le condena a una humillación pública que, si algo tiene de bueno, es que su acogida es menor, ya que la fama del personaje también lo es. He puesto en cursiva personaje, porque la lapidación se le hace a la persona. Que si es un actor que ha perdido el talento, que si ha perdido la frescura de sus personajes adolescentes y de primera juventud, que si realmente no era un buen actor y solo fue el azar y un rostro que encajaba como el típico adolescente perdido que busca su lugar en el mundo.
Las razones por las que Fernando Ramallo dejó de interesar en el cine no las sabemos nadie, y menos nosotros, un público que se traga como supuestas informaciones veraces cosas igual de grandes que las compañeras de trabajo de Nacho Vidal. No solo a ellas les pintan la cara, sino a todos nosotros cuando nos humillan contándonos mentiras distintas personas, las cuales sí que actúan mal para la mayoría del público. Algunas hacen de periodistas, otras de políticos, otras lo hacen en consejos de administración de grandes empresas y algunas más que omito para no alargarme mucho, pero las principales ahí las he dejado escritas.
Nadie sabe las verdaderas razones por las que a mucha gente que le fue bien durante un tiempo, de repente caen en el olvido. Pueden ser decisiones personales, no soportar el éxito, un vértigo que supongo debe de ser insoportable. Querer tomarse un descanso para hacer otras cosas o simplemente querer desaparecer. Pero otras veces, puede que sea cosa de los demás, que por lo que sea, dejen de brillar para aquellos que parece que pueden decidir lo que es un astro y lo que no.
Lo que queda claro es que el éxito y el fracaso es una cosa de los demás cuando tiene que ver con el éxito laboral. Y se hace más evidente aún en profesiones que tienen un carácter público. Depender de la aprobación de los demás es algo tan subjetivo, para saber si alguien está haciendo bien o mal las cosas, como pensar que uno es el que tiene razón siempre y son los demás los que están equivocados. No existe el éxito ni el fracaso, existe el azar, la buena y la mala suerte, se puede luchar por que el destino se parezca un poco al que hemos fijado en nuestras ilusiones, pero siempre dependerá en mayor o menor medida de los demás y eso no lo podemos controlar. Y los seres humanos no nos movemos generalmente por la justicia, sino por nuestras preferencias que, ni mucho menos, significan lo mismo.
El ejemplo de Ramallo
En el otro de los videos que vi del canal de Fernando Ramallo, empaticé con su sensibilidad, me gustó ver cómo se abría y mostraba sus partes frágiles, lo que le dolían muchas cosas que había sufrido en su vida y que algunas he mostrado en párrafos anteriores. Pero no se quejaba de la mala suerte o de estupideces de ese tipo. Está luchando para volver a ser reconocido en su profesión, la cual nunca ha abandonado. Es el primero en reírse de sí mismo y ese aura de perdedor que le queda muy bien y, como el buen actor que es, lo tiene muy interiorizado. Se le ve buena gente, noble, valiente, pues no son conceptos contrapuestos, aunque muchos cenutrios lo crean así.
Fernando Ramallo acaba de entrar en la cuarentena, pero como dice en un vídeo, él tiene la edad que tiene que tener el personaje que haga o por lo menos aparentarla. Y en eso es eternamente más joven. Los cuarenta, querido Fernando, que ahora sí que son tus nuevos quince, y los de todos nosotros. Unos adolescentes que ahora sí que saben lo que quieren. Seres incomprendidos, pero que son conscientes de ello. Saber que encontrar tu lugar en el mundo te va a costar toda la vida conseguirlo. Las otras cuarentenas llevamos dos años sufriéndolas con esta maldita pandemia. Ramallo es la vacuna contra el ego malentendido del artista que logró el éxito y ahora se encoleriza de manera rabiosa contra todos porque se ha marchado sin dar ninguna explicación. Solo quiere que le dejen tranquilo, seguir con la misma ilusión de siempre por su profesión, que el ruido y la furia se la queden otros, mientras él sigue interpretando al personaje más honesto que conoce, el que baja del escenario mientras sus principios siguen arriba. Somos el tiempo que nos queda, Fernando. Y eso, ni tú ni yo lo vamos a olvidar, por muy presente que lo tengamos.
esto si , es un articulo mostrando lo que hay ,pero desde el respeto y la buena praxis. Y como debe ser firmado.
Mi Enhorabuena.
Sí, sí… cierto es.
Saber ser nadie no es rebajarse
es saber guardar la dignidad.
Qué gran gozo!!
Gracias por compartirlo.