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Fernando Fernán Gómez, en un fotograma de la película 'Viaje a ninguna parte'.

Opinión

Cuando Fernán Gómez actuó para mí

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En el centenario del nacimiento del gran Fernando Fernán Gómez, su figura ya de por sí enorme, que imponía de la manera que solo lo hacen los gigantes metafóricos, él se convertía en un quijote de casi dos metros

Los de su condición se convertían en molinos cuando coincidían con él. El viento despeinaba su locura de genio. Mi padre tenía un restaurante al lado de su casa de Paseo de la Castellana. Yo era un niño de apenas cinco años y me trataba de la misma manera que a los adultos, con seriedad, con respeto, con la distancia necesaria para respetar al otro.

El azúcar lo estropea todo, hasta lo que es dulce de por sí. Un día le pidió permiso a mi padre para que subiera a su casa, ya que me iba a regalar unas cosas. Estando en su casa, me dejó en su salón, enorme y de un techo tan alto que cabía perfectamente otro Fernando. Estaba solo, mientras se supone que buscaba en alguna habitación lo que me iba a regalar.

Como niño que era, fui curioso y me iba moviendo por esa habitación llena de libros y de fotos, de muebles, de cine y de imágenes que se movían ante mis ojos. Y eso que la televisión estaba apagada. Había un piano y una foto de Caponata, ese personaje de Barrio Sésamo, que era una especie de avestruz amarilla con cuello de jirafa. Yo no sabía que, tras esa piel, retumbaba la voz de la pareja de Fernando.

Pasaban los minutos y el silencio me asustaba como solo lo hace con los niños. De repente, entró el guardia de seguridad que tenía la finca y me preguntó qué hacía en la casa del señor Fernán Gómez. Me asusté tanto que no supe qué decir. Me puso las esposas y me acompañó hasta la puerta de la casa. Cuando aquel hombre la abrió para acompañarme hasta la calle, me encontré con Fernando, que me dijo que fuera la última vez que intentara entrar en su casa sin permiso. Nunca reconoció que fuera una broma que me gastaba. Desde entonces dudo de lo que realmente pasó ese día.


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