Ser cada cuatro años. Ser feliz sólo cada cuatro años. Ser el centro de atención una vez cada cuatro años. Ser verdadero cada cuatro años… Afrontar la vida con actitud bisiesta puede tener una cara, pero también una cruz oscura
Ya pasó el 29 de febrero, pero sigo pensando en ese día, en su vertiente tenebrosa… y también en su lado constructivo. Existen algunas cosas en el mundo que deberían ser bisiestas: la quedada anual con gente delante de la cual no puedes desnudar tu alma; visitar a esos familiares que no tragas; hacerte una colonoscopia; hablar con el pesado de turno sólo cada ciclo olímpico; perder los nervios con los agresivos comerciales de tantas empresas que tratan de venderte a su madre; soportar largas colas en un centro de salud o en Urgencias de un hospital andaluz; hacer el papel que te toca en este teatro existencial alimentando la hipocresía imperante…
Pero la realidad es que hay demasiadas cosas buenas que ocurren de forma bisiesta y deberían pasar más a menudo: el abrazo del amigo rencoroso; la compañía buscada y la soledad querida; el amor verdadero, la fidelidad del beso y la caricia de la existencia ante la verdad más honda; un homenaje merecido; una turba que cambie las piedras por los aplausos; un río limpio que porte esperanza; un mar que dé seguridad a las especies; un cielo que cubra de seguridad el futuro; unas manos que recojan el fruto del esfuerzo; una mirada que cambie el prejuicio por la solidaridad…
Si naciste un 29 de febrero, sólo deberías obtener regalos cada cuatro años y así despegarte del capitalismo exacerbado. Es bueno, es positivo, te aleja de la masa alienada. Si una muerte se produce ese día, las misas recordatorias (o la suelta de palomas en un acantilado) también habría que hacerlas cada cuatro años… o no. Depende mucho de las ganas que tengas de recordar, de revivir. La nostalgia no casa con el mundo bisiesto, porque está presente cada día, en cada rincón de una casa, en cada polvareda levantada por una caja repleta de fotos arrugadas y cintas de casete que ya no suenan igual. Pensar en lo que hemos sido y en lo que somos da vértigo. Esos cabellos que se han vuelto blancos, esa piel tersa del cuello que se ha convertido en papada o esa barriga demasiado grande.
Subrayar el tiempo
La efeméride no es más que el subrayado del tiempo. Y el 29 de febrero es ese rebelde con causa que recibe 1.460 porrazos en la cabeza, pero sigue en pie, enhiesto, dispuesto a aparecer con un fulgor especial, fiel a su cita cuatrianual, como el cisne negro, el aliento de la brisa entre la bruma de la mañana, la pureza del joven que quiere cambiar el mundo, el recordatorio de la justicia ciega, el dedo señalador de la corrupción, la flor de lis en tu pelo, la canasta en el último segundo, la medalla de oro olímpica en la lucha contra el crono y la bola que pega en la cinta y cae de tu lado, dándote el punto de partido.
Los días pasan en fila india, con grilletes en los pies, pero el 29-F aparece sólo cuando es necesario para poner orden, para recordarnos que nada es lo que parece, que ese universo de cosas controladas que nos rodea puede saltar por los aires en cualquier momento. Se pueden cambiar las cosas cada cuatro años. Las elecciones generales representan el mal de la partidocracia, pero el año bisiesto puede significar más vida, más luz, más comprensión, más cariño, menos crispación, menos charlatanería y menos rutina robótica. Es el alumno que se sube al pupitre en aras de la libertad y de un horizonte cargado de esperanza.
Lo bisiesto, lo diferente
Pero este concepto también puede tener otro sentido, más positivo: soy bisiesto, porque soy diferente. Todos debemos aspirar a serlo en el arte, en nuestro trabajo: dejar nuestra impronta, nuestra esencia sin imitar a nadie. Visitar lugares comunes para hacerlos únicos y no renunciar a ese recodo, a ese sitio de tu recreo donde fuiste feliz para impulsarte a la trascendencia. La creatividad es contar lo mismo de siempre de otra forma, como un año bisiesto, con un asterisco que indica al prójimo que ahí pasa algo, que hay enjundia. Una diferencia no impostada, natural, que tiene que ver con tus raíces y con tu evolución como persona. El mirlo blanco de la existencia.
Culturizarse para agrandar la huella. Husmear un objetivo vital y no perderlo. Mantener la ilusión a pesar de tener que soportar los lazos rotos. Un libro que se cae de la estantería, un disco de vinilo que da vueltas y vueltas, pero no suena, una lámpara que parpadea, esa llamada telefónica que no llega… Todo se puede superar sin ser igual que los demás. Hay que desigualarse, hay que conocer otras culturas y religiones, hay que atreverse a saber y a conocerse a uno mismo, como ya decían los filósofos griegos hace milenios.
Un niño pintarrajea un calendario mientras sus padres leen su novela favorita escuchando buena música. Sería el mejor plan para un 29 de febrero… y para cualquier día.
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