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El robot HAL 9.000 de la película '2001: una odisea del espacio'.

Opinión

Una odisea de 20 años (2001-2021): el ojo vigilante de HAL 9000

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Stanley Kubrick debió ser un buen energúmeno. Perfeccionista hasta la médula, hacía repetir 80 veces una escena solo para encontrar la perfección. Tom y Nicole vivieron un infierno en ‘Eyes wide shut’, su último golpe de claqueta. Pero es innegable que tocó temas de calado social en todas sus películas: la enfermedad mental en ‘El resplandor’; la rebeldía en el ejército, en medio de una guerra, en ‘Senderos de gloria’… Y el peligro de la inteligencia artificial en ‘2001, una odisea del espacio’, una obra maestra de la ciencia ficción basada en la novela de Arthur C. Clarke, publicada en 1968, mismo año en el que Kubrick hizo la película. Mucha gente piensa que ‘Star Wars’ fue la pionera de los efectos especiales en aventuras espaciales, pero en realidad fue esta epopeya que, 53 años después, conserva reluciente su profundo mensaje

HAL 9000 era esa voz fría y distante de la nave programada para no recibir respuestas que tengan dudas, pese a ser una computadora heurística, lo cual la hacía muy semejante al pensamiento humano; su programación consistía fundamentalmente en cumplir sin objeciones los planes trazados, razón por la cual eliminaba a los que dudaban o eran escépticos, considerándolos mecanismos fallidos.

Esa voz en la que se inspiró Anthony Hopkins para encarnar a Hannibal Lecter lleva sonando en nuestras cabezas los últimos 20 años. Ha sido una auténtica odisea llegar hasta aquí, superar el bluf del efecto 2000, adaptarnos a los móviles Nokia de la serpiente para readaptarnos después a las Blackberry con aquellos botones minúsculos para finalmente agarrarnos fuertemente al teléfono inteligente y colgarnos de las redes sociales, una manta de lava que todo contamina, que todo destruye, que todo tergiversa.

La instauración de la supuesta inteligencia artificial de forma global ha sepultado valores morales que se tenían en cuenta en el siglo XX: camaradería, paciencia, diálogo tranquilo, honestidad, lealtad, inquietud cultural más allá de series en streaming… Este concepto de sociedad se fue por el retrete en el momento en el que nos convertimos en números: queremos ser binarios para simplificarlo todo. Antes había grises, pero ahora tienes que ser verde o rojo; azul o morado; abortista o antiabortista; supercreyente en la ciencia o negacionista acérrimo… A los lobbies les viene bien este enanismo mental para controlarnos, con la sedosa voz de HAL 9000, y decirnos al oído: «Déjame a mí a los mandos, que ya te llevo yo». El susurro viene de las grandes compañías que le pegan a usted el sablazo todos los meses. Todo telemático. Ya no hay dinero real, solo virtual. Así no se da cuenta de lo que está perdiendo, de cómo le están robando. Todo está en los libros, desde Arthur C. Clarke hasta Phillip K. Dick.

Un día llegarán los replicantes y someterán a la humanidad. Y habrá gente que todavía se preguntará cómo hemos llegado a eso. No habrá blade runners que nos protejan y la UME no estará preparada para tal poder. Padre Google y Madre Microsoft quieren a niños obedientes. Sus esbirros (agencias de seguros, bancos, compañías telefónicas y eléctricas) harán lo que haga falta para subyugarles. Y los políticos son como los malos entrenadores: les ponen una sanción si se pasan de la raya en vulneración de la intimidad y hasta otra.

Han pasado tantas cosas en los últimos 20 años… Solo podemos escuchar a George Michael en los discos y en YouTube; Phil Collins, uno de los mejores compositores -y batería excelso- del siglo XX, anda arrastrándose por los escenarios con problemas de cadera, de oído y reconoce que ya no puede sostener las baquetas; hemos perdido a dos bee gees y ya solo queda Barry; Aute se fue con sus rosas en el mar en época de pandemia; los videoclubes pasaron a la historia por culpa del pirateo y el golpe de gracia que le propinaron plataformas como Netflix, HBO o Amazon, el verdadero manejador de marionetas de la actualidad; el plástico lo inundó todo y ahora las bolsas que te dan son de papel o las tienes que comprar; sufrimos la crisis de Lehman Brothers y nadie hizo caso a Leopoldo Abadía cuando recomendó que nadie viviera por encima de sus posibilidades; la banca se ha deshumanizado por completo, dejando tirados a miles de personas que no saben (o no quieren) manejar la telemática; Irak se convirtió en arma arrojadiza en la política; hubo atentados horrendos en las principales ciudades de Occidente (Nueva York, Londres, París, Madrid, Barcelona…); nos dejó el Rey del Pop y, posteriormente, un documental muy trabajado pretendió demostrar que Michael Jackson abusó realmente de niños en su cárcel de oro llamada Neverland (nunca escucharé Billie Jean con la misma alegría); Prince también abandonó este mundo, demasiado pronto, bajo su lluvia púrpura; los CD dejaron paso a los iPod y a la música en streaming; se hizo viral (otra palabra que no usábamos todavía ni en 2001 ni en 2002 ni en 2003…) un monólogo de Steve Jobs poco antes de morir que devino en pieza de coaching; dejamos de ver la sonrisa socarrona del narigón Belmondo y lloramos a Morricone; el diccionario añadió anglicismos como tuit y covid y aceptó un vulgarismo como almóndiga, en la línea del bajo listón educacional que nos asuela; pasamos de que lo más chic era ir rasurado y con el pelo corto a dejarnos la barba cuanto más larga mejor y combinarla con camisas estampadas chillonas y gafas de pasta, eso que llaman ser hipster; murieron las cintas de casete (pasaron a ser objeto decorativo de habitaciones y bares), pero se revalorizaron los discos de vinilo

Ahora todo lo antiguo es vintage y, con ese término, se justifica no tirar a la basura algo que no sirve para nada, pero que se ha apoderado de un pedacito de tu corazón. Esos álbumes de cromos de Spiderman y del Mundial de México 86 o ese muñeco de Rocky Balboa son vasos comunicantes con tus recuerdos, el mayor tesoro en pandemia. Un eslabón de la cadena que une dos siglos, dos mentalidades. La cultura del esfuerzo, de los altos hornos, de comer lo que da la tierra, de la leche en bolsa, de las cosas fabricadas para perdurar y de levantarse siete veces, concentrado y con buen talante (aunque te hayan pateado el culo seis) versus la incultura de las pantallas, los bloqueos en WhatsApp por toser más fuerte de la cuenta, los alimentos detox, el maniqueísmo y esos bustos parlantes con voz impostada que son los youtubers.

Enganchados al presente tecnológico y a la búsqueda de los easter eggs que nos mantiene tan entretenidos, debemos encontrar con urgencia esas cabinas telefónicas salvadoras que nos saquen de Matrix, de esta tediosa rutina de la hiperconexión.

En ese marco de cambio continuo a peor marcado por la sobreexposición mediática de todo el mundo a través de Instagram y Facebook, el culto al selfi, la banalidad elevada a la enésima potencia y las peleas absurdas de Twitter, las leyes de educación se han ido retorciendo en España hasta llegar a la mediocridad actual, en la que se quieren eliminar los dictados y los números romanos de Primaria. Si ya las nuevas generaciones (no soporto que le pongan letritas) son soft a la hora de enfrentarse a la vida, porque se han criado en estos 20 años de abundancia, capitalismo, culto al dinero, ley del mínimo esfuerzo y condescendencia de padres y abuelos, me da pavor qué será de las venideras si no tienen el acicate del dictado para escribir correctamente. Pero tiene lógica: los políticos analfabetos que nos dirigen no pueden permitir que el pueblo tenga más sabiduría y más conocimiento que ellos.

Solo puedo quedarme con la esperanza de los versos de Ismael Serrano: «Tantas cosas seguirán pasando que quizá las cosas no nos cambien tanto. Tantas, tantas cosas…». Siempre nos quedará el eterno Clint Eastwood como último reducto del sabor clásico de la cultura y de los valores tradicionales, como elemento recurrente de siete décadas de genialidad cinematográfica que une la añoranza del pasado analógico con este presente oscuro en el que estamos padeciendo las siete plagas bajo el ojo vigilante de HAL 9000. «Dave, no puedo dejar que ponga en peligro esta misión. Sé que usted y Frank planeaban desconectarme y eso es algo que no puedo permitir», se rebela la máquina al final. Y seguimos tratando de desconectarnos, de apagar el móvil y levantar la cabeza. Yo voy a hacerlo ahora mismo… pero primero voy a leer una notificación que me acaba de entrar.


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4 comentarios

  1. Avatar Ángeles

    En realidad, estoy totalmente de acuerdo con todo lo escrito en su artículo, algunos nos damos cuenta de hacia donde nos quieren llevar, lo triste es que también pienso que es una minoría. Pues la gran mayoría lo que quiere ó hace es desentenderse de una realidad,y éste sistema montado por los poderes fácticos está consiguiendo llevarnos hacia donde quieren.

  2. Avatar Mariano Urdiales

    Muy buena e interesante descripción de esta sociedad “soft” de smartphones, redes “sociales”, de poca lectura y menor meditación. Me consuela saber que la inteligencia artificial no existe, hay programas informáticos con la información que los humanos han puesto en ellos. Pero esos programas carecen de consciencia y de conciencia. A mis más de 70 años, soy optimista, confío en el hombre y creo que, al final, la cordura y la verdad se impondrán. Las máquinas no vencerán.

  3. Avatar Jacinto Márquez de Vega

    Estupendo compendio. Tiendo a creer que los cambios sufridos en las últimas décadas son poco más que cosméticos, pero su mero recuento sugiere que, por su implacable acumulación, quizás no seamos los mismos. Y me divierte imaginar cómo acabaremos a la vuelta de otros veinte años. O no tanto. Gracias por sugerirme la reflexión.
    Yo sigo esperando a HAL, aunque sea por echarme con él una cancioncilla. Será que mi ordenador es una birria.

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