El misterio de la resurrección.

Opinión

Sentido pascual de la resurrección: ¿qué pasa con el cuerpo?

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¿Cómo es el cuerpo de una persona que resucita, para un cristiano? Para saberlo, hemos de conocer cómo es el cuerpo de Jesús glorificado, pues así será el nuestro? El Catecismo (n. 659) recuerda “las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que, desde entonces, su cuerpo disfruta para siempre (cf.Lc 24,31; Jn 20,19.26): nos está mostrando una forma corporal que puede presentarse como materia física o sin ella: durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos”, pero es un cuerpo que pasa por paredes y va de un lugar a otro instantáneamente, no está sujeto a espacio y tiempo, porque ya no pertenece a nuestras dimensiones, se nos aparece

Siempre se ha hablado de resurrección de la carne y hemos pensado que la resurrección es en otra carne, pero en realidad se nos dice que nuestra carne resucita, pero no se nos dice en qué. San Ireneo habla de la transfiguración de nuestra carne cuando resucitemos, siguiendo las palabras paulinas señala: “Porque, siendo mortal y corruptible, se hace inmortal e incorruptible”. En aquel tiempo, no podían hablarnos de otro modo para señalar que tenemos idéntico yo interior y que permanecemos siendo quienes somos. Se decía por eso: “En los mismos (cuerpos) en que habían muerto, porque, de no ser en los mismos, tampoco resucitaron los que habían muerto”; los padres de la Iglesia piensan que la identidad corporal es necesaria para la identidad personal, pero “la Iglesia no ha enseñado nunca que se requiera la misma materia para que pueda decirse que el cuerpo es el mismo. Pero el culto de las reliquias muestra que la resurrección no puede explicarse independientemente del cuerpo que vivió”, según señala la Comisión Teológica Internacional.

¿Con qué edad resucitaríamos?

Algunas veces me han preguntado qué pensaba sobre la edad con la que resucitaríamos, como si el cuerpo resucitado fuera una fotografía de un momento determinado de nuestra vida, y así si alguien muriera decrépito y anciano o con incapacidades físicas, así sería resucitado. Como se ve, es una interpretación simplista. Me imagino que cambiamos de dimensión, de estado, y que Jesús se volvió al Padre sin perder su historia, como en un disco duro de ordenador tenemos las películas que hemos guardado, así Jesús puede aparecerse en cualquier momento de su historia.

En otra dimensión

Ratzinger nos da pistas sobre ese cuerpo que no es cuerpo, es decir que está en una dimensión que puede materializarse en un cuerpo, pero que no todos lo ven, como los de Emaús, que no le reconocieron. Ni María Magdalena hasta cuando pronuncia su nombre, ni los discípulos en la playa, en la segunda pesca milagrosa. Jesús resucitó con toda su historia y puede manifestarse a quien quiere y, quizá, a quien está preparado para verle: por ejemplo, María Magdalena, cuando Jesús resucitado la llama por su nombre, o los discípulos de Emaús en la fracción del pan, o los de la segunda pesca milagrosa cuando les dice que echen la red a la derecha y se repite la gran redada de peces, etcétera.

Así, Jesús podía haber resucitado dejando el cuerpo antiguo en el sepulcro, pero en aquellos tiempos no lo hubieran entendido. Por eso lo hizo desaparecer. Dice Ratzinger: “Nuestro Credo no habla de una tumba vacía. No le interesa saber directamente que la tumba estuviese vacía, sino que Jesús hubiese yacido en ella. Es necesario también admitir que una comprensión de la resurrección, tal y como se hubiese desarrollado a partir de la tumba vacía como concepto opuesto al de sepultura, no llega a abarcar el profundo mensaje del Nuevo Testamento. De hecho, Jesús no es un muerto retornado, como por ejemplo el joven de Naím o Lázaro, devueltos a la vida terrena, que concluiría después con una muerte definitiva. La resurrección de Jesús no es una superación de la muerte clínica, que conocemos también hoy.  Jesús, después de la resurrección, pertenece a una esfera de la realidad que normalmente se sustrae a nuestros sentidos. Sólo así puede explicarse la irreconocibilidad de Jesús, narrada de forma concorde por todos los evangelios. Ya no pertenece al mundo perceptible por los sentidos, sino al mundo de Dios.

Tenemos, por tanto, que admitir que Jesús no era un muerto reanimado, sino vivo en virtud del poder divino, por encima de lo que es medible desde la física o la química

Tenemos, por tanto, que admitir que Jesús no era un muerto reanimado, sino vivo en virtud del poder divino, por encima de lo que es medible desde la física o la química. Pero también es cierto que, en realidad, aquella persona, aquel Jesús ajusticiado dos días antes, estaba vivo. Tal superación del poder de la muerte, precisamente donde ésta despliega su irrevocabilidad (es decir, la tumba), pertenece de forma central al testimonio bíblico. Quien cree en la resurrección del cuerpo no afirma un milagro absurdo, sino que afirma el poder de Dios, que respeta su creación sin quedar ligado a la ley de la muerte. «La superación de la muerte, su eliminación real (y no simplemente conceptual) es, aún hoy como entonces, el deseo y el objeto de la búsqueda del hombre” (Joseph Ratzinger, El camino pascual).

 Podemos decir que ese sentido pascual de la carne es el que nos hace poder comulgar en el Sacramento del cuerpo de Cristo sin pensar en el sentido físico de cuerpo. Y -no podemos desarrollar aquí la idea- tomar la alegoría de pascua como que, en la vida, todo sigue este ciclo: nacer y crecer, morir o sufrir… y resucitar. Y llevarlo a todos los terrenos, como el sentido familiar de la resurrección de la carne: Jesús nos ha dado su carne, que es un concepto familiar en la Biblia, y por tanto vivimos en las relaciones que Dios nos ofrece, que es el nivel hipostático. Y eso permite también pensar en la resurrección de las relaciones familiares. Es decir, una esperanza en todas las relaciones personales.

Esto no quiere decir que tengamos que estar con alguien con quien no queremos estar, pero sí ver a esa persona como alguien que está por hacer, como si dijéramos en un estado primitivo, que superará, sabiendo que, de lo malo, vendrá una resurrección, que la muerte es puerta para la vida: “Aquí -señala el Papa Francisco- se hace presente la esperanza en todo su sentido, porque incluye la certeza de una vida más allá de la muerte. Esa persona, con todas sus debilidades, está llamada a la plenitud del cielo. Allí, completamente transformada por la resurrección de Cristo, ya no existirán sus fragilidades, sus oscuridades ni sus patologías. Allí el verdadero ser de esa persona brillará con toda su potencia de bien y de hermosura. Eso también nos permite, en medio de las molestias de esta tierra, contemplar a esa persona con una mirada sobrenatural, a la luz de la esperanza, y esperar esa plenitud que un día recibirá en el reino celestial, aunque ahora no sea visible”.


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2 comentarios

  1. Muchas gracias. Buen artículo

  2. Básicamente es un buen artículo, que refleja la verdad cristiana sobre el cuerpo glorioso de Jesús, que se nos da como promesa de redención; los detalles sobre la corporeidad, el instante vital en el que resucitaremos, etcétera, creo que están fuera del contexto teológico importante de la cuestión. Y, sobre todo, me alegra leer una refutación seria de las teorías budistas del peregrinaje de las almas por varias encarnaciones hasta llegar… al Nirvana?

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