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Un fotograma del videoclip de Rosalía 'Berghain'.

Rosalía, Björk e Yves Tumor se confiesan en ‘Berghain’: una misa tecno para el siglo XXI

Actualizado 15/04/2026 19:39

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La catalana adelanta su cuarto disco, ‘Lux’, con una pieza que convierte el exceso nocturno en redención espiritual. Rosalía decidió que octubre no terminaría sin revolucionar el pop una vez más

El 27 de octubre lanzó Berghain, adelanto de su nuevo álbum LUX, y lo hizo con una propuesta que desafía cualquier etiqueta: una ópera para la pista de baile, donde la muerte, el éxtasis y la liberación comparten altar. La acompañan Björk e Yves Tumor en una colaboración que ya se debate como punto álgido del año.

Un club como catedral

El videoclip, dirigido por Nicolás Méndez en Varsovia, convierte el legendario club berlinés en un templo. Rosalía interpreta a una viuda atrapada en rutinas domésticas —hacer la cama, planchar, visitas al médico— mientras una orquesta funeraria la acosa con sus propios pensamientos de muerte. La coreografía, lejana de cualquier estética comercial, recuerda a la tragedia de Bailar en la oscuridad de Lars von Trier: la enfermedad como camino hacia la trascendencia.

El desenlace visual es una paloma. La protagonista se convierte en pájaro, símbolo clásico del alma liberada. Pero aquí no hay drama barato: la liberación pasa por el exceso, por la música, por el cuerpo que se abandona. La videografía de Méndez, oscura y luminosa al tiempo, convierte cada fotograma en un cuadro renacentista roto por el tecno.

El azúcar que se deshace

En mitad del caos, un detalle minúsculo: un terrón de azúcar derritiéndose. Es la metáfora barroca perfecta, lo cotidiano convertido en símbolo de la vida que se gasta. Como en los bodegones de Zurbarán, lo trivial adquiere solemnidad. La enfermedad que consume a la protagonista se manifiesta en ese deshacerse silencioso, en el paso del tiempo material.

El contraste es deliberado: la dulzura efímera del azúcar contra la aspereza del tecno industrial. El placer como despedida. La fragilidad barroca chocando con la intensidad romántica. Lo efímero se hace eterno porque está condenado a desaparecer.

Un falsete que resiste

La voz de Rosalía alcanza aquí su punto más álgido. Formada en el cante jondo, su registro se eleva hasta lo casi celestial. En los fragmentos en alemán, suena como una soprano barroca moderna, mientras Yves Tumor despliega percusiones que sacuden y Björk aporta coros etéreos, casi maternos.

No busca la perfección técnica por el mero virtuosismo. El falsete es un grito de resistencia frente a la muerte. Es su Bohemian Rhapsody particular: si Freddie Mercury construyó un puente entre lo terrenal y lo inmortal, Rosalía lo hace desde la vulnerabilidad de ahora, con una voz que tiembla mientras se eleva. No es perfecta, pero es verdad. Y redime.

Clásicos y futuro

Desde El Mal Querer, Rosalía ha jugado con la música antigua. En Berghain lo lleva al extremo. La London Symphony Orchestra, dirigida por Daníel Bjarnason, abre con un torbellino de cuerdas que huele a Vivaldi. Pero inmediatamente estalla en pasión romántica: Wagner, Mahler, Stravinsky. El crítico Walden Green (Pitchfork) lo ha definido como «el mayor despliegue clásico de Rosalía hasta la fecha», comparando su caos controlado con La consagración de la primavera.

La mezcla es total: violines y sintetizadores, coros eclesiásticos y percusiones industriales, éxtasis religioso y éxtasis corporal. Todo en un equilibrio que solo ella puede sostener.

«Su miedo es mi miedo»

El libreto, en español, inglés y alemán, profundiza en la empatía como consumo. Rosalía canta: «Su miedo es mi miedo / Su ira es mi ira / Su amor es mi amor / Su sangre es mi sangre». Es una identificación total que devora. En los foros de fans ya se debate si es una metáfora de la ansiedad contemporánea: la saturación emocional de la hiperconectividad.

Björk actúa como bálsamo, Yves Tumor como tentación. Juntos crean una coreografía del dolor donde la muerte no es final, sino tránsito. Como en Dancer in the Dark, el sufrimiento se ordena en pasos, en notas, en imágenes que liberan.

Templo y deseo

Rosalía ya exploró lo sagrado en Motomami, pero aquí sube el nivel. Crucifijos, rosarios, coros de iglesia y un vestuario de Alexander McQueen convierten la pista en altar. Yves Tumor aporta el pulso carnal, Björk el aliento divino. Rosalía está en el medio, encarnando la tensión barroca entre culpa y placer, cuerpo y alma.

El eco de Queen

El paralelismo con Bohemian Rhapsody es inevitable. Ambas canciones mezclan lo inconmesurable (ópera, rock, techno) para hablar de lo mismo: muerte, culpa, redención. Si Mercury levantó una misa profana, Rosalía levanta una catedral tecno. En ambas, la voz principal desafía el tiempo. La paloma final de Berghain es el «nothing really matters» de Queen: aceptar lo inevitable como libertad suprema.

Manifiesto y trascendencia

Berghain no es una simple canción. Es una declaración de principios. Como Bohemian Rhapsody hace 50 años, redefine los límites del pop. Rolling Stone ya la ha calificado como «uno de los lanzamientos más teatrales de Rosalía». En r/popheads la llaman «un musical clásico experimental que deja sin aliento».

Si Lux mantiene este nivel, no tendremos un álbum. Tendremos una obra mayor: una ópera total del siglo XXI donde el pop se vuelve trascendencia. El azúcar se disuelve, la voz se eleva, la oscuridad baila hacia la luz. Y Berghain, como la vida misma, ya está destinada a ser eterna.

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Imagen de Luciano Pou
Luciano Pou
Teólogo, filósofo e historiador

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