viaje a cotiledonia

Una viñeta del cómic 'Viaje a Cotiledonia: la novela gráfica', de Pere Joan, que está basada en la novela 'Viaje a Cotiledonia', de Cristóbal Serra.

Opinión

Reportaje (figurado) sobre las pateras de la Isla de Navidad, aparecido el 8 de enero de 1871 en ‘Le Parnasse Contemporain’

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Por un poema de François Coppée hemos sabido que ayer, día 7 de enero de este año en que la Luna ya ha dejado de aparecer en los cielos sublimes de Australia, una patera con 57,5 afganos ha llegado a la Isla de Navidad dejando en su recorrido a 23’4 niños ahogados y 12 mujeres arrojadas al mar, 12 de ellas embarazadas

Les han recibido con caceroladas y con un tiburón en el muelle. El animal feroz ha mordido los dedos de los pies a cuatro afganos, por lo cual, según la Agencia Interdox, no han podido desembarcar porque en La Isla no se admiten las heridas, sólo los arañazos producidos por el viento. Los que sí han podido llegar a tierra firme han sido confinados en una tienda donde se venden metales nocturnos y han sido alimentados con carne de perro muerto cuando intentaba sacar su dinero de una sucursal bancaria y agua de los pozos en donde ya sólo salían dos cubiletes.

Los afganos, según Coppeé, se han comido hasta los ojos del animal y se han repartido el agua según la edad. Los dos niños, con fuertes hematomas producidos por el dios Júpiter, se han quedado con sed, teniendo que beber su propio orín como la cicuta de un rey. Los reyes de la isla, una vez llegados aquellos hombres sin tierra, han solicitado inmediatamente su expatriación, no por ser afganos precisamente, sino por no saber cocinar al perro y devorarlo en carne cruda -el perro, cuyo nombre todavía desconocemos- aún movía la cola mientras, con cuchillos de Nochebuena, aquellos hambrientos que olían a nihilismo y a noticias de la pandemia lo despedazaban. Según hemos sabido, la primera noche en la isla produjo la aniquilación de la memoria, el temor a la muerte y la ausencia de todo elemento sexual. La expatriación se producirá mañana mismo, una vez se les vehicule en la misma patera en que llegaron hacia tierras de Cotiledonia. Antes, se verificará si están vinculados o no a la yihad.

«Mi mujer y mi hijo se han quedado en el mar»

Hemos hablado con uno de ellos: «Mi mujer y mi hijo se han quedado en el mar y yo sólo deseo poder ver la televisión los sábados, cuando vuelva de sellar mi ilegalidad en la Puerta de los Abrazos. Así lo hizo mi hermano Al-Biruni», manifestó Firdusi, quien llevaba en la cintura un libro sobre la vida de Avicena. A estas horas, mientras escribimos este reportaje, seguramente esos hombres ya habrán llegado a Cotiledonia, donde les espera la metrópolis Bombardina, en donde, junto a un mar inodoro les convertirá en estalagmitas de objetos abandonados.

Cotiledonia es una tierra de fantasía, en la que los hombres evitan el pensamiento y la gigantomanía, suele acudir sobre ellos la malaria, las guerras y una micosis urbana que penultiza siempre el estado de ánimo y los dolores de cabeza. Allí no hay ni tiendas de zapatos ni siquiera caminos que lleven a ninguna parte, sólo felicianos que rigen el país con armas que construyen el tentempié de la violencia. Parece ser, según nos ha dicho Sebük Tegin, uno de los supervivientes del naufragio, que allí «la felicidad resulta inútil en esas tierras que nada tienen, sólo madres que lloran a la madrugada y los libros que los marimalos custodian junto a las tabernas donde beben líquidos de otoño».

Estos hombres llegarán a esa patria aún desconocida por la dolarización y los trompetistas de la perlesía profesional desde un largo recorrido que durará meses

Si nadie lo evita, y, por otros reportajes ya escritos aquí mismo en el “Parnasse Contemporaine”, estos hombres llegarán a esa patria aún desconocida por la dolarización y los trompetistas de la perlesía profesional desde un largo recorrido que durará meses. Los reyes de la isla han habilitado en las pateras un tiburón muerto y vino agrio de los almacenes donde la identidad desaparece por la humedad. Según nos han informado, en Cotiledonia se encuentran millones de hombres, mujeres, ancianos y niños de todos los países desde donde un día salieron a la búsqueda de las imágenes de la televisión.

En el momento de la partida, les facilitarán una brújula tecnológicamente conectada al Ministerio de los Quemaones de la Isla, con la cual se les posibilitará una llegada a tierras cotiledonas en todo orden y sin posibilidad de pérdida. Ayer por la tarde, uno de los afganos, Al-Razi, al enterarse de su expatriación, empezó a vomitar y a expulsar agua azul por las puntas de sus dedos. Fue curado con óxido y se le ofreció un muñeco de trapo para que se olvidara del idilio deidítico que creía haber alcanzado.

Cotiledonia como actitud

Debemos advertir, para que el lector sea puntualmente informado, que estas navegaciones hacia la Isla de Navidad se llevan repitiendo desde el año 1378, en que el matemático Al-Khwarizme decidió que en Afganistán jamás podría llegar la televisión, ni siquiera el vudú de la alegría y una esperanza de cuadros de Picasso, pues el territorio afgano siempre, todo según Al-Khawarizme, quedaría siempre en manos de los que construyen edificios de oro con la ayuda del Congreso de los Estados Unidos.

Afganistán, desde hace ya varios siglos, se ha convertido en algo parecido al silencio sapientísimo que a su vez sufren los indios chirkin. Cotiledonia es el reino de estos tecnorrebeldes a donde van a parar en un punto que no aparece en los mapas, pues es tanta su proscripción que, en vez de costas, sufren las esquinas cuadrodiagonales de todo su territorio. Allí, todos los que llegan expatriados de todas partes de mundo, intentan ejercer el aprendizaje del caló o del telugu, lo cual les permite acceder a una huella de pan y a un testimonio cirenaico que les devuelva el llanto en higos secos, chozas sin inodoro y una cierta reflexión sobre el pandemonio. Mañana seguiremos informando.


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