mujer leyendo

Pintura 'Una joven leyendo', de Ricardo López Cabrera (1898), propiedad del Museo del Prado y expuesta ahora en el Museo de Bellas Artes de Granada.

Cultura, Opinión

Poema en prosa para ella, que riega las plantas

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Resulta que tú, ‘badmenton’ de mis verdes, opus ochenta y tres, Albertine del Club, entonces, cuando todo está en el mate, ‘flatus vocis’ de la prosa, entonces, desayuno de Trilce, o acaso, minuciosamente con trenzas, ¿por qué las baldosas una a una? Imagen, Rocamadour, barco sin nadie, ‘sauerkraut’ en la piel del esquimal, allá abajo, sobre ti, y los discos que pones, girando vertiginosamente como los paraguas, anunciando el guante amarillo que te conoce el brazo, boca de Shoenberg, ¿cuánto hace que no vas a Montevideo?

Leyendo la lluvia en voz muy baja, tu voz que es como la estación Saint-Lazare, solitaria y perfumada, antibiótico de les indiens, topografía de un campeón de box, entonces, o acaso, siempre, cinco kilos en cada una de tus palabras, tú, sí, ¿por qué no?, tu pelo que teje las mesas de Trieste, la manera de circular, como una monona, las botellas de aceite, inquieta, con tres colores, resbalando, siendo el pulóver de los malabaristas, otoño que cae en ti entre el gíglico y lo europeo, canción de Giani Togni, take in easy, ¿para cuánto tiempo este amor que te sucede cuando no vas a Francia?

Lejanía y tres clases del ejército iranio, hotel de la bestia rosa, entonces, todo al principio, allá donde nunca renuncias al shimmy, amor que no se detiene ni ante la dureza de las piedras. Tú, piedra para la memoria, pus en tus rodillas, no lo digas, que alguien te escucha, alguien que nunca mira los puertos como tú los miras, mediterráneamente, entre los fonógrafos y las noches de Storyville, diciendo a cada instante, a cada pausa del tiempo, cuando el tiempo eres tú en la madame del nervio óptico, silueta desprendida de los subterráneos en donde lees los periódicos, absorta y convite de luceros, continuamente, continuamente desposeída del odio, de las nucas tristes, del sonido de las ambulancias. Muerte que nunca llega, porque eres vida en la muerte que acoge lo vivido, y el sol que cae sobre tus manos cuando mondas una naranja, tu pelo naranja, entretenido con las fábricas antiestéticas, esteticismo. Tú, un Mondrian, un Hopper en la soledad que no eres, un Tanguy, mundo en el que te desperezas cada mañana como si cada mañana fuera otro mundo. Tú, que no tienes nombre propio ni apellidos comunes.

El todo que sitúas en el piélago de la carne

Cuánto has hecho, niña de las panaderías, para que este amor no se drapee por el olor de los veranos, clamor de las costas, costeando todo lo que gira alrededor tuyo, que es todo, el todo que sitúas en el piélago de la carne y la angustia que siempre deshechas y esa forma que tienes de echar treinta centavos por las blanquísimas ranuras. Qué acantilado de Chateaubriand, qué bien se te ve cuando riegas las plantas, desde el silencio de los cojines de los sofás, desde los poemas que escribes junto a la leña. Entonces, sin embargo, ah, para ti, exacto, para ti los lados de los endecasílabos, los idiomas que hablas como un albatros sobre el mar, la nolición del dolor cuando suenan las campanas de la catedral de Saint-Étienne de Bourges. Palabras en tu boca que no son palabras, sino el sol de un poeta modernista.

Llueve en ti como en un corazón que vierte el humo de las antiguas locomotoras, sonido que añades a cualquier acto de perfección o imperfección, siendo tú perfecta o imperfecta, vestido blanco como la revolución de Frida Kahlo, qué luz estás habitando, un perro que nunca hallas en Oaxaca, mito en el mito, en tu mitología de Polifemo que tiende la ropa, tu ropa única e indescifrable.

Eres la falleba de todas las puertas, que se abren cuando tú solicitas los besos, tu beso, tus labios, como una pissotière de la rue de Médicis

Eres la falleba de todas las puertas, que se abren cuando tú solicitas los besos, tu beso, tus labios, como una pissotière de la rue de Médicis, tan abstracta a veces, pero otras tan concreta, tan usual, tan diurna, en esa cotidianidad de las latas Campbell’s, del Té Sol en donde se duralizan los cristos que ya no llevas en tu alma, solo alma, o de todo, todo en ti, enajenado o simple, rostros de los zapatos que te pones cuando vas a la universidad a aprender a Derrida y todos esos libros que te tiemblan entre las manos. Libro tú, tú libro, desde que te despiertas a las seis hasta que vuelves con la marihuana de los Stones, abierta como un anillo que no cabe entre tus dedos, porque tú sigues sin creer en Dios, sólo en la naturaleza en donde te retuerces y animas a los bosques para que se obstinen ante el biberón de los caballos. Esa naturaleza que tú eres, hedonismo de Epicuro en las láminas subjuntivas de los verbos. El idioma, todos los idiomas son tuyos, porque, de ese modo, fabricas imágenes en la mesa de trabajo de Flora, caminando a cada momento entre los olivos y los sintagmas que se oyen a lo lejos cuando Schubert todavía aparece en lontananza. Qué zonas de los terciopelos.

Sigue siempre así, como si añadieras al mundo el mundo que falta, como si sujetaras el amor con el amor que sobra, todo tan conciso y elemental, color borravino, noche que desaparece cuando asas la tiranía, el espectáculo, los espejos que nunca se arrepienten. Oh, tú, entonces, hasta cuándo, nunca la persecución, hasta cuándo la fosforización de las vocales que tú creas con los húmeros, hasta cuándo te gustarán las películas de Charles Chaplin.

Tú, nombre sin nombre, pero sólo nombre, quizá en el vacío, desde los perfumes aeroplánicos como diminutos obuses blancos y azules y lapizlázuli, tienes el tiempo en el 1 de octubre donde todo comienza, los ríos metafísicos, las didascalias, los bares que nunca cierran, la lentitud de los bueyes, veamos, digamos ¿de qué es de lo que se trata? Eres mejor que un trapo de cocina, verte es aspirar a la carne de Argentina, porque nunca tienes pánico ni esa manopla de los ahogados, recogida y lunes.

Adviertes siempre el lirismo de una India milenaria, no te gustan los telefonazos de los ministros ni siquiera el doppelgänger de los barrios. Enmudeces enseguida cuando no llueve y te ves envuelta en esa soga que se rompe tres veces. Tú, sí, entonces, ¿hasta cuándo? La promesa que nunca calcula doscientos hombres, sólo uno, único amor que se va por las crines de los ciervos, por la radiestesia de los jardines en donde nunca hay batalla. Ni técnicas primitivas ni nada, eres absolutamente moderna, por eso coloreas las vocales, de todos modos, tal vez, posiblemente, quién sabe, habitas un pentagrama de aviones sordos.

Tú, que tanto deseas que la vida siempre supere a la muerte, nunca muerta. Tú, tan viva, dodecafónica, entrando con habitualidad en los hospitales donde lees a los niños la rayuela de Cortázar, superación de todo lo efímero, de lo que se va y nunca vuelve, porque tú siempre regresas a las cajas de zapatos, y las abres y la oscuridad se va por los balcones donde fumas cigarrillos que lías como si liaras el cabello de la muñeca que tú eres, no se sabe aún por qué, no se sabe.

Un verso de Horacio, pero desprecias todas las cosas que no te procuran amor, puentes por donde cruzas descalza, apagando las farolas, asomándote al nombre que no tienes, y apuntalando a cada momento los inicios de la antracita. Tu costado, tus pies como el mañana que nunca llega. No descifras ninguna mañana, sólo un hoy que se deletrea en la esquina sola de los cafés a los que acudes, el mínimo detalle de cada día, vivido como si fuera el último. Todos tus cigarrillos te los fumas como si fueran constantemente el último, volcán con baldosas, años 20. Pretendes la acción, lo moral, lo inmoral, todo lo que te conduce a las rocas del mar en donde duermes.

Sí, tú, entre tanto junco salvaje, europea o norteamericana o caribeña, te da lo mismo. Lo que importa es que te acuestes en la cama y nunca pienses en Yellow Dog Blues. Tú, ¿se ha dicho de algún modo?

Dedicado a Julio Cortázar y a Manu Gálvez.


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