Esta ilustración americana de los años setenta anunciaba, entre otras cosas, la futura llegada a Marte de la nave Viking en 1976 -lo que ocurrió- y la misión prevista para 1981.

Opinión

Predicciones, las justas

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A mediados de los años setenta, y siendo yo un niño aficionado a la astronáutica, recuerdo haber visto en una revista dominical un bonito desplegable sobre el viaje tripulado a Marte que la NASA tenía previsto para 1981. Lógicamente, me imaginé que, en mi treintena, podría hacer una excursión a Marte como quien pasa una semanita en el Caribe. No fue así

Ya avanzados los ochenta, el consenso científico establecía que habría que esperar al cambio de milenio para ver tal hazaña. Bastante más tarde, en la primera década de este siglo, varias películas, y tanto portavoces de organismos públicos como de proyectos privados, asumían que el hombre no pisaría Marte hasta 2020 o 2022. Ejem. Hace unos días, por último, vi un reportaje de divulgación científica muy actual en el que un experto desconfiaba de que pudiéramos llegar allí hasta bien avanzada la década de los cuarenta, diga lo que diga Elon Musk. Como comprenderán, hay una diferencia sideral -y nunca mejor dicho- entre creer que vas a presenciar un acontecimiento ansiado e histórico en tu temprana adolescencia y aceptar que no vas a presenciarlo aunque vivas 90 años.

Más detalles sobre la misión, con motores nucleares, nada menos.

Los últimos tiempos vienen siendo muy prolíficos en predicciones desconcertantes y hasta alocadas: que si no iba a haber pandemia, que si íbamos a morir todos, que si se acabaría en poco más de un mes, que si nos iban a inocular microchips o convertir en una raza de esclavos…

No hay aquí nada nuevo. Quizás algunos recuerden las alarmantes predicciones milenaristas asociadas al cambio de milenio y el llamado efecto 2000, según el cual todo dejaría de funcionar, e incluso algunos grupos esperaron la llegada de naves alienígenas para pirarse del planeta. O los vaticinios acerca del escaso éxito de la telefonía móvil, que quedaría reservada para ejecutivos inquietos. O sobre el uso meramente profesional y académico de internet. O sobre los cánceres que nos inundarían por usar microondas o dormir junto a algún aparatito. Al tiempo, muchos recuerdan que la muy variada e imaginativa literatura de ciencia-ficción nunca previó con suficiente antelación nada parecido al auge de internet o el ciberespacio.

Hace solo cinco o seis años, un grupo de alumnos me presentó un trabajo muy serio y documentado que mostraba que, hacia 2020, los coches autónomos, y por supuesto eléctricos, serían habituales y que, hacia 2025, los conductores humanos serían episódicos.

Especulaciones infundadas

Mi tesis no es que no se pueda o deba predecir. Mi tesis es que debiéramos tener algo más claro qué cosas podemos predecir y con qué grado de aproximación, y que rebajemos nuestra enfermiza tendencia a intentar lanzar poco más que especulaciones infundadas vistiéndolas de cálculos sólidos.

La ciencia busca -al menos- explicar, comprender y predecir. Dejando a un lado la cuestión de que ciencias sociales y naturales hagan diferente énfasis en esos objetivos, es indiscutible que el conocimiento científico pretende descubrir regularidades y establecer leyes y teorías que describan los fenómenos y nos den claves acerca de cómo se van a repetir en lo sucesivo. Así, podemos predecir con absoluta precisión a qué temperatura fundirá un trozo de metal en determinadas condiciones o dónde estará Urano dentro de nueve siglos exactos.

Por supuesto, hay fenómenos que no se dejan prever bien, en general por su carácter discontinuo o porque incluyen demasiadas variables que no conseguimos computar. Así, no hay que empeñarse en predecir quién gobernará en Francia en 2032 o qué día cesará la erupción de un volcán (conviene recordar esto a los ansiosos; y ustedes notarán que los geólogos y vulcanólogos serios que hoy monitorizan el volcán de La Palma no se pillan los dedos ante los muchos requerimientos que les hacen para que den fechas).

La obsesión por predecir se traslada a la política. Todo el mundo hace, al parecer, previsiones de crecimiento económico. Hace unos meses, la subida salarial del 2% al funcionariado pareció un estipendio excesivo; hoy, la subida del 2% que la patronal ofrece a los trabajadores del metal de Cádiz parece a estos una miseria por su alejamiento del incremento del IPC. El Gobierno de la nación ha sido severamente criticado al elaborar unos presupuestos suponiendo que creceríamos un 6,5%, cuando resulta que varios organismos financieros, nacionales e internacionales, han rebajado nuestras previsiones de crecimiento al entorno del 4.5%. Conviene señalar, por cierto, que esos organismos -y todo Gobierno- suelen rectificar sus previsiones con una frecuencia que desconcierta. También llama la atención que la oposición política nacional, airada por el terco optimismo del gobierno, apoye sin pudor los presupuestos presentados por el Consejo de Gobierno andaluz que prevén un crecimiento del 7%, al tiempo que su portavoz desacredita las previsiones de esos organismos por «pesimistas».

Quizás debiéramos limitarnos a predecir lo razonablemente predecible, a rebajar nuestras expectativas ante el alud de previsiones con el que nos topamos y a asumir que vivimos en un mundo con altas dosis de incertidumbre. Podemos sentirnos así algo más inseguros, lo concedo, pero quizás sea así más emocionante, como no saber cómo acaba la película que estamos viendo.


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Un comentario

  1. Avatar JUAN PABLO Macías Rivero

    Siempre ha habido predicciones anecdòticas más o menos risibles,pero hemos entrado en la era de la posverdad. No hay una verdadera intención de acertar. Se dice cualquier cosa y durante un brevísimo espacio de tiempo sirve como una especie de mantra. No se busca predecir sino crear la verdad.Esta ya no se espera ,se crea.Incluso a medida del consumidor. Y son muchas «verdades» creadas al mismo tiempo. Hay que salir de la rueda,desconectarse y vivir con lo que uno puede asumir en el entorno que puede influir.Por otro lado,qué verdad se puede obtener de cualquier debate si ya está consagrada la idea de que no solo todo el mundo tienebderecho a opinar sino que a que su opinión sea admitida sin crítica. Còmo es posible que en EEUU el creacionismo tenga más derecho a ser verdadero que el darwinismo?
    Por otro lado ,olvidándonos de lo anterior,no es demasiado lo que podemos predecir.Incluso en fenòmenos caòticos como el tiempo atmosférico,es matemáticamente imposible hacer predicciones ad infinitum.
    Y para que intentar vislumbrar el futuro si los «cisnes negros» son los que realmente lo crean?

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