monosabios

Una imagen de tres monosabios.

Opinión

Permitir, prohibir, obligar

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Exigimos que se legisle sobre cualquier fenómeno, especialmente si es novedoso o nos inquieta: sobre alquileres, sobre el botellón, sobre la factura de la luz, sobre el uso de patinetes eléctricos, sobre el trato a las mascotas, sobre el desperdicio de comida, sobre la prostitución, sobre las reseñas falsas en plataformas… pero a la vez despotricamos contra la inflación de políticos y se clama que sobran representantes electos y legisladores y que los parlamentos debieran reducirse, como deseando que legisle cualquier subsecretario o algún ‘militarote’, entroncando así con una larga y perturbadora tradición patria

Tras siglos elaborando cuerpos normativos, uno pensaría que cada vez quedan menos asuntos por regular, pero las complejidades y sutilezas de la postmodernidad se empeñan en desterrar tan plácida creencia. Entre las actuales pulsiones reguladoras, yo advierto una creciente confusión entre tres tipologías: normas que permiten, normas que prohíben y normas que obligan. Siendo tan disímiles en su origen y finalidad, resulta llamativo que las tres provoquen tan similares reacciones y combinaciones, en un totum revolutum de vías cruzadas.

Lo fascinante del momento actual es que no hay ideologías que puedan patrimonializar la permisividad ni los prohibicionismos ni las coerciones. Todas se mueven en un juego a varias bandas en el que cabe casi cualquier combinación. Así, quienes apuestan por permitir desean a la vez prohibir y no le hacen ascos a obligar. O todo lo contrario.

Las normas que permiten no obligan a nadie, de modo que el que no las comparta puede seguir con su vida sin ápice de cambio, pero algunos las reciben como si les ataran un bloque de cemento y los tiraran al mar. En general, despenalizan conductas antaño reprobadas penalmente pero que hoy son vistas con mayor aceptación. Suelen entenderse como ampliaciones de derechos. Tradicionalmente, la izquierda ha promovido las principales: el matrimonio para todos, el aborto, la eutanasia… Pero, desde esa misma sensibilidad, se pide prohibir la tauromaquia, la maternidad subrogada, abolir la prostitución o un mayor control del fraude fiscal.

Limitaciones poco habituales en países de nuestro entorno

Las normas que prohíben sí obligan a todos y eso les da un aire más desagradable. Curiosamente, las sensibilidades conservadoras, que hoy suelen proclamarse adalides de la libertad, han sido campeonas manteniendo prohibiciones y cada cambio social o normativo de calado era acompañado de anuncios catastrofistas (para la familia, para la patria, para Dios). Hay que reconocer que cierta derecha hoy abomina de que le prohíban cazar o ir a los toros o de limitar el horario de bares o lo que pueden hacer con sus ahorros, pero eso lo concilian sin el menor problema con restringir los shorts o la información sexual en las escuelas (o donde sea) o con mantener la prohibición de la blasfemia o de las injurias al rey o a la bandera, limitaciones poco habituales en países de nuestro entorno.

Las normas que obligan también afectan a todos, pero tienen un no sé qué de modernidad, de conciencia cívica, de solidaridad colectiva. Frente a las desagradables prohibiciones, las obligaciones se hacen por nuestro bien. Es la diferencia entre que tu padre te prohíba salir a que te diga: «Vale, sal, pero ponte una rebequita». Así, se nos obliga a separar la basura, a llevar cinturones de seguridad en vehículos, cascos en motos o patinetes, mascarillas en lugares cerrados… o pagar impuestos.

Si he de seguir con las sensibilidades políticas, yo diría que la izquierda es más proclive a obligar, como si no se fiara –con no poca razón- de que no basta con informarnos y aconsejarnos para que hagamos algo juzgado como conveniente y haya que pasar a mayores. A la derecha, más individualista, y recordando una célebre frase de Aznar, no le gusta que le digan cuántas copas de vino beber, aunque no le gusta que (otros) alteren el orden público. Y siempre quisieron mantener crucifijos y banderas en espacios públicos, así como monumentos y nombres de calles propios de un pasado oprobioso.

La Italia de hoy me ha sugerido esta reflexión, pues parece buen laboratorio de estas tendencias: ¿hay que prohibir o ilegalizar a los partidos o asociaciones neofascistas?

La Italia de hoy me ha sugerido esta reflexión, pues parece buen laboratorio de estas tendencias: ¿Hay que prohibir o ilegalizar a los partidos o asociaciones neofascistas? ¿Hay que obligar a los trabajadores a estar vacunados contra la COVID? En nuestro país, la ultraderecha abomina de lo primero aunque pide ilegalizar a los partidos nacionalistas. Y he leído que aquí una encuesta arroja un 60% de aprobación a la vacunación obligatoria.

Se me ocurre sugerir otra novedad: ¿Y si el ejercicio del voto pasa a ser obligatorio? Siempre me pareció disparatado y contraproducente, pero cada vez le voy viendo más sentido. Será que se ha incrementado mi conciencia cívica. En media América Latina lo es, y en Bélgica, Luxemburgo, Liechtenstein o Australia. Ahí lo dejo.


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