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bill murray

Un fotograma de 'Atrapado en el tiempo' (1993).

Opinión

El milenio de la marmota

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Bill Murray se desesperaba porque todos los días se levantaba de la cama con la misma canción, a la misma hora, con los mismos peones en el mismo tablero de juego. Así me siento, sumido no ya en el Día de la Marmota Phil, sino en el año, en el milenio de ese animal que tiene la capacidad de hibernar durante tanto, tanto tiempo…

Marmotas somos porque no somos capaces de unir nuestras 47 millones de almas en un solo grito desesperado de justicia. Marmotas somos por permitir atracos en todas sus manifestaciones (del rey, de políticos, de bancos, de empresas de telecomunicación, de seguros, de eléctricas, tiendas de alimentación, de restaurantes…).

Marmotas somos por consentir que nuestra sanidad se vaya al garete, pagándolo con profesionales sanitarios que están al borde del colapso (nunca tantos habían pasado por el psicólogo como en esta era pandémica).

Marmotas roncadoras somos por no darle ese golpe en la espalda a nuestro prójimo para que eche el muslo de pollo atragantado en su garganta, en la de todos. Hay que escupir el egoísmo para poder pasar la hoja del calendario desde los valores que ensalza la película de Harold Ramis: amor, empatía, solidaridad… Porque cuando hace frío solo buscamos abrigo en nuestro perchero y no nos damos cuenta de que la verdad hay que hacerla brotar arremangándonos y dando ejemplo.

Este año Phil ha visto su sombra. Eso significa que el invierno será más largo (durará seis semanas más). Qué alegría. Pero no dejemos que una marmota, lleve o no corbata, nos dictamine cuánto dura el invierno de nuestras vidas. Seamos primero transparentes nosotros para luego exigir transparencia a personas físicas y jurídicas. No dejemos pasar la ocasión de reivindicar la belleza, aunque andemos encajados en una rutina insoportable al son de Sonny y Cher. Saltemos de la cama y demos la cara antes de acabar en la caja.

No nos levantemos siempre con la misma canción, ya que la música, como la vida, tiene múltiples caminos de autenticidad. Ritmos diferentes pueden acoplarse en una melodía pegadiza, en una convivencia armoniosa. Huyamos de la estridencia y del desafine y abracemos los gorgoritos de la comprensión. Hagamos que el sol de nuestra actitud derrita la gélida sensación de noche continua a nuestros pies. Tratemos de cambiar las cosas para que la consecución de los días no sea un tono monocorde, un ladrido lejano de un perro impotente, una nadería como tener un matamoscas en un iglú, 25 vinilos sin tocadiscos, un disco duro sin cable USB o cinco plataformas de streaming sin internet.

Evitemos meter el pie en el charco del desasosiego; comprar palas de reproches en una tienda de corazones; ataviar a un pájaro con un traje de plomo o hacer implosionar nuestras ideas antes de que papá censura levante el dedo acusador. El agua de la creatividad fluye por las rocas de la existencia y la soberbia es la malla metálica que impide la progresión. Tampoco ayuda la falta de autoestima. Contundencia para evolucionar. Libertad para ser. Leer y escribir para trascender. Hacer, en lugar de decir, para vivir.

Como demuestra el inefable Bill Murray en la película-bucle (en junio se cumplen 30 años de su estreno en España), siempre un gesto altruista puede romper el guión para llegar a un final inesperado, el de la rotura de cadenas mentales, el de la verdadera democracia, el de la hermandad real entre pueblos sin recordar constantemente nuestros errores, nuestro negro pasado. Ojalá no tuviéramos todos que esconder la mano cuando tiramos bolas de nieve, ya sea en Punxsutawney o en Palmete. Renombro el siglo XXI como el milenio de la marmota hasta que el ser humano me demuestre que se puede convertir en el milenio del caballo o del león (el tejón de la miel no es una opción).

El tiempo en nuestras manos. Cada segundo importa. Ese despertador noventero debe morir. Hay que evitar, por todos los medios, el bloqueo de la marea cotidiana blandiendo la espada de la convicción, de los principios inmutables (el amor y la amistad cotizan a la baja, pero deberían subir como la espuma a golpe de besos y abrazos).

Vivir es fácil con los ojos cerrados, pero, a partir de ahora, abrazaremos la complejidad; salvaremos los obstáculos con lápiz y papel; daremos patadas en el culo a la soledad y bailaremos por las calles canciones de antaño. Nos cogeremos de la mano para sentir que, en la vida, cada día puede ser distinto, especial. Cada hora cuenta. Mientras la marmota se va a dormir siete u ocho meses, nosotros despertamos.


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