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Joan Manuel Serrat en los primeros años de su carrera. / RTVE

De la alegría con límites al vacío sin límites: lo que la música revela de nosotros

Actualizado 27/05/2026 22:38

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Hay una tentación fácil cuando miramos al pasado: imaginarlo como un lugar más luminoso, más humano, más verdadero. En el caso de la música de los años sesenta, esa tentación adopta una forma reconocible: ‘antes había alegría de vivir; hoy, nihilismo’. El problema es que esa afirmación, tal como está, es falsa

La España de finales de los sesenta —la misma que llevó a La, la, la a ganar el Festival de Eurovisión 1968— no era un paraíso vital. Era un país atravesado por la censura, el control político y una modernización incompleta. La renuncia de Joan Manuel Serrat a cantar en castellano, al exigir hacerlo en catalán, no fue un gesto alegre: fue un acto de fricción con el poder. Y la elección de Massiel como sustituta tampoco fue inocente: fue una operación cultural cuidadosamente encauzada.

Y sin embargo, algo en aquella música transmite una ligereza que hoy resulta difícil de encontrar. ¿Por qué? No porque la vida fuera más fácil. Sino porque estaba más estructurada simbólicamente.

Incluso una canción aparentemente trivial como La, la, la funcionaba dentro de un marco compartido: había una narrativa colectiva —nacional, cultural, emocional— en la que la gente se reconocía. Lo mismo ocurre con Rosas en el mar: el amor no era solo una emoción privada, sino una forma de afirmar humanidad en un contexto que la limitaba.

Había límites, sí. Pero dentro de esos límites, el sentido era reconocible. Hoy hemos invertido la ecuación.

Vivimos en una cultura con menos restricciones externas, pero también con menos estructuras internas. La música ya no articula un relato común, sino una multiplicidad de microdiscursos fragmentados. Cada oyente habita su burbuja, cada algoritmo refuerza su propio espejo.

El resultado no es más libertad en un sentido profundo, sino una dispersión del significado. Y ahí aparece lo que muchos llaman nihilismo. Pero no es exactamente nihilismo filosófico —no es una negación consciente del sentido—, sino algo más difuso y quizá más peligroso: la imposibilidad de sostenerlo. La música lo delata.

Donde antes había canciones que, incluso en su simplicidad, remitían a algo compartido, hoy abundan piezas que funcionan como estímulos inmediatos: ritmo, impacto, consumo rápido. No es que carezcan de emoción, sino que esa emoción rara vez se integra en una visión más amplia de la vida.

Por eso, la comparación con el pasado resulta engañosa si se formula mal. No venimos de una edad dorada de felicidad, sino de una cultura donde el sentido estaba más disponible. Y eso cambia la experiencia de vivir.

La alegría que percibimos en aquellas canciones no era ingenuidad, sino pertenencia. Saber, aunque fuera de manera implícita, que la vida encajaba en un relato.

Hoy, en cambio, el individuo está más expuesto y más libre, pero también más solo frente a la tarea de construir significado desde cero. Y no todos pueden hacerlo.

La pregunta, entonces, no es si la música ha empeorado. Es si nosotros hemos perdido la capacidad de escuchar algo que nos trascienda. Porque, cuando una cultura deja de producir canciones que apuntan más allá del instante, no es solo un cambio estético. Es un síntoma.


Ahora, el ajuste que te propongo si quieres llevarlo todavía más lejos:

  • Introduce un contraste concreto con música actual (no abstracto).
  • Atrévete a señalar responsables: industria, algoritmos, lógica de mercado.
  • Y sobre todo: deja de insinuar y empieza a afirmar. Si quieres impacto, necesitas riesgo.

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Luciano Pou
Teólogo, filósofo e historiador

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