morawiecki orban y salvini

Morawiecki, Orbán y Salvini. / EFE

Opinión, Política

Ultraderecha armada: cogen lo que van pillando

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Levantemos la vista del suelo (‘coranovirus’ y elecciones madrileñas, elecciones madrileñas y ‘coranovirus’) para mirar, sin pestañeo, al horizonte (europeo)

La ultraderecha, por medio de alianzas, se arma en Europa contra el PP Europeo (PPE). Quieren todo el voto conservador desde el centro a granel y gollete (el de la «derechita cobarde», según Abascal). Hungría, Polonia y La Liga quieren atraer a todos los partidos posibles e imposibles de la Eurocámara. Viktor Orbán, primer ministro húngaro, juega a las cartas y toma copas en Budapest con su homólogo, primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki (ultraconservador, PiS) y el italiano, ya muy conocido por sus rebuznos, Salvini (líder de La Liga). Quieren una Derechona, derecha más derecha que la ofertada por el Partido Popular Europeo. ¿Se espera a Abascal a los postres? Por supuesto, el trato en la distancia es cálido y los abrazos presenciales, muchos.

El populismo a la derecha (Vox) nació igual que a la izquierda (Podemos). Nueva política, nueva política, nueva política… pero gobernada como la vieja. Una cúpula, dictatorial, donde mandan ellos y la única estrategia es coger todo lo que van pillando por el camino, sobras de otros sitios o no. Así, Pablete Iglesias defenestró a todos los poetas iniciales: Bescansa, Errejón, Alegre, etcétera.

Así, de igual modo, la noticia de la semana son los 8 cargos extremeños que dejan Vox por extremismo, por totalitarismo, por ausencia de debate, por el doctrinario y argumentario. La dirección los llama tránsfugas y a otra cosa mariposa. El caso es que Vox no gobierna en ningún territorio, manda una cúpula y un líder y a los discrepantes les ponen detectives e investigaciones con mucha foto, lo que es gracioso.

La tolerancia, la asignatura pendiente

En la misma ola, en igual sintonía, resulta cómico el negro que quiere deportar Vox: Serigne Mbayé. Español, de origen senegalés, pero español con contrato y papeles de trabajo. La tolerancia sigue siendo la asignatura pendiente de este país. Mucho, mucho cuidado, fuera de la mesa de tute (Orbán, Salvini, Morawiecki) hay que tener con los exabruptos: vamos a ilegalizar el PNV, Franco fue un gran hombre y mejor militar, queremos deportar negros, etc. Se desinfla Podemos y puede disolverse Vox como un azucarillo dentro del café más espeso posible (o negro). Un negro murió el otro día en Estados Unidos (George Floyd) y la ciudad donde cerró los ojos (Ayuntamiento de Minneapolis) ya ha acordado pagar 27 millones de dólares (22,6 millones de euros) a la familia para que retire la demanda interpuesta contra la policía local. Ben Crump, abogado de la familia, lo dijo la semana pasada a doble espacio: “Este pacto es un poderoso mensaje de que las vidas negras importan y de que la brutalidad policial contra las personas negras debe terminar”. Cuidadito, mucho cuidadito con los negros.

¿Cómo avanza la ultraderecha? ¿Cuál es el plan para extender el chapapote? Igual que el del islamismo en el centro de París, tan denunciado por Houellebecq en sus novelas: pan y trabajo. Pan, casa y trabajo. Así recolectan cuanto se presente al frente. Estamos hoy en un país de casi 4 millones de parados (400.000 desempleados más según el dato gubernamental de ayer), de los que más de 900.000 son de Andalucía; 750.000 ertes; y 1.400.000 contratos que andan por ahí, de los que no llegan a indefinidos el 14% (la temporalidad, otra lepra histórica desde Felipe).

Pide a gritos este país, sí, una reforma laboral, que con la lepra covid-19 no se puede hacer, pero todavía más, a gritos desde todas las ideologías nacionales, un cambio en el modelo productivo, otro modelo económico cuya base no sea el turismo ni los servicios. Peras al olmo, en las actuales circunstancias, pero grito de piedra, grito valioso, a la hora de ver la realidad sin anteojeras, por encima de la FFP2 y el vino crianza rojo en el vasito.

Fuera de los ocho mosqueteros extremeños, de los ocho tunos que dejan la banda por discrepancias con la bandurria, Vox quiere entrar en la Ultraeuropa. Salvini, cuando se enfila, habla casi como Hitler: “El objetivo debe ser que el pueblo europeo salga de uno de los periodos más oscuros y situar en el centro la esperanza, la familia, el trabajo, los derechos y las libertades”.

Los naipes en Budapest tienen dos espinas, la xenofobia y el euroescepticismo, pero Salvini se sabe en el tren de la bruja de todos los circos: “Hoy es el inicio de un proceso que recorrerá Europa para sumar nuevas formaciones a nuestro grupo”. Puede recorrer también Extremadura, donde los ocho magníficos dan cuenta detallada, con o sin detectives Colombo al salir del coche, de una política nueva que es más vieja que Nerón o Calígula: el puño en la mesa y aquí se hace lo que yo diga. Orbán quiere darle pátina de mesura al engendro, que es al mismo tiempo la mayor ruptura: “El PPE dejó de trabajar con nosotros, eso lo dice todo por él solo. (…) Los democristianos en Europa no tienen representantes y queremos representarles y que tengan voz en la UE”. Cojonudo.

La plataforma tiene ya sillas, baraja nueva y no manoseada, botellas de primeras marcas, una mesa dura: Liga italiana, PiS polaco, Fidesz de Orbán y Vox español, en la distancia, por teléfono móvil. El PiS es un problema, Orbán tiene 13 diputados, Salvini 27, pero esos polacos 25 y, lo más grave, dominan el ECR (Conservadores y Reformistas), donde en su día hubo británicos de mucho empaque y hoy cuenta con 62 diputados. Una alianza así puede subir por encima del centenar en esa Europa que igual se suicida y donde los más listos, sí, cogen lo que van pillando. Vaya miedo, ay.


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