intolerancia

La crispación continua provoca que haya más autocensura.

Opinión, Política

Autocensura y tolerancia en la España de 2021

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Al igual que la mayoría de los españoles, tengo un teléfono móvil y mediante la aplicación WhatsApp, estoy en varios chats o grupos, donde amigos de distintas épocas de nuestras vidas mantenemos el contacto. Con las restricciones sociales debidas a la pandemia, este tipo de comunicación incluso se ha incrementado

No sé si mi experiencia personal es extrapolable a la mayoría de la población. Sí lo es a las reuniones de amigos y familiares, anteriores a la llegada del virus, en las que he participado. En todos los chats en los que estoy, han surgido tensiones a causa de la política. La secuencia de los hechos siempre ha sido básicamente la misma. Al reunirnos antiguos amigos y/o compañeros de estudios, trabajo, etc., tras la alegría y euforia del primer encuentro, surge la idea de formar un grupo de WhatsApp. En una primera época, se habla de los recuerdos y vivencias pasadas, salud, hijos, trabajo, aficiones, etcétera, pero, con el paso del tiempo, surgen nuevos temas junto a la nostalgia y las bromas. La gente suele hablar de lo que le preocupa y termina saliendo la política, ya que en las sociedades modernas los políticos nos controlan, legislando sobre todos los ámbitos de nuestras vidas.

Una vez llegados a este punto, si los comentarios afectan de forma negativa al rey emérito, Bárcenas, el Bigotes, Gürtel, etcétera (y más si se introduce algún matiz supuestamente gracioso) hasta ahí las críticas son asumibles. Pero si se critica a la izquierda política, si se cuestiona lo políticamente correcto, eso es harina de otro costal. Entonces, parece ser que se hieren muchas sensibilidades y comienzan las protestas. Suelen argumentar que el chat o grupo no es para hablar de esos temas y o se deja de hablar de ellos o se salen del grupo.

En varios de mis grupos, la gente ha seguido hablando con libertad y sin ofender a nadie, lo que ha dado lugar a que varios componentes del mismo se borren o no participen. Es una opción legítima el acordar ciertos temas como tabús, pero si se anula la libertad de opinión y la capacidad de exponer de forma espontanea, con respeto y educación, lo que a cada cual le preocupe o quiera, se infantiliza el grupo y se anula la amistad sincera y madura, limitándolo a un convencionalismo superficial y hasta cierto punto, no exento de hipocresía.

¿Somos menos tolerantes en el siglo XXI?

No me puedo figurar las célebres tertulias del Café Gijón, establecimiento por el que pasaron personajes de la talla de Pérez Galdós, Lorca, Valle Inclán, Cela y Buero Vallejo, con sus peculiaridades personales cada uno de ellos, que al discrepar en política, la solución fuera el silencio o terminar con la tertulia. ¿Somos en el siglo XXI menos tolerantes? Además, los grandes medios de comunicación, la mayoría inclinados a la izquierda, sí siguen todos los días y a todas horas defendiendo su ideología y no les importa si crispa a los que piensan de forma distinta, que además de disponer de muy escasos medios donde discrepar, parece que tampoco pueden hacerlo en los chats ni en reuniones de amigos, salvo que todos estén de acuerdo. ¿Es coherente esa postura en una sociedad libre?

En España, una buena parte de la población creo que hemos aceptado con demasiada docilidad la autocensura, que es renunciar de forma voluntaria a manifestar nuestra verdadera opinión para no crispar. Pero resulta que siempre crispan los mismos, es decir las derechas, las izquierdas nunca. Tienen bula para decir lo que les plazca. Mi limitada experiencia en los chats y reuniones me han mostrado que los que se sienten crispados, molestos y dolidos nunca han mostrado demasiado interés en defender sus ideas, parece que se sienten más cómodos mostrándose como víctimas y sin argumentar. Y en el caso de que decidan defenderse, prefieren usar tácticas intimidatorias llamando al discrepante racista, homófobo, xenófobo, sexista, fanático, ignorante, corrupto y muy frecuentemente facha. Todos esos insultos los hemos oído tantas veces, que casi se han asumido y no se les da la importancia real que tienen, pero son todos muy serios y graves.

Cuando te tachan alegremente de facha, fachita o fascista, que son palabras mayores, hay que aclararles que no ser socialista no es sinónimo de fascista

Cuando alguien te etiqueta de forma negativa por discrepar, te está intimidando y ejerciendo bullying sobre el discrepante. Cuando te tachan alegremente de facha, fachita o fascista, que son palabras mayores, hay que aclararles que no ser socialista no es sinónimo de fascista. Siempre me pregunto si saben realmente lo que están diciendo. En algunos casos, quizás no lo sepan, hay bastante analfabeto, pero lo suelen usar con profusión muchos políticos en puestos de responsabilidad, lo que me lleva a pensar que lo hacen con intención, incluso sabiendo que mienten en la mayoría de las ocasiones.

Era la técnica empleada por la antigua komintern para deslegitimar a un contrario. De hecho, hoy he oído al ya exvicepresidente, Sr. Iglesias, referirse a sus contrincantes por la presidencia de la Comunidad de Madrid, textualmente con los siguientes términos: “Hay que impedir que estos delincuentes, que estos criminales, puedan tener todo el poder en Madrid”. La palabra delincuente ya en sí tiene su carga, pero la de criminal, es absolutamente inaceptable salvo que se pruebe. ¿Cómo es posible que un señor que se autodenomina comunista (la formación política que más personas ha asesinado en los últimos 100 años en el mundo junto con el nazismo) sea capaz de llamar a alguien criminal y le salga gratis? La autocensura impide la espontaneidad, la sinceridad y lo más importante, supone una claudicación en el debate de las ideas, con lo que se da por perdida esa batalla. No confundamos la autocensura con la autocrítica, esta última sí es imprescindible si queremos ser honestos en nuestra búsqueda de la verdad y la justicia.

En nuestra sociedad occidental, se está sustituyendo la antigua lucha de clases por la lucha entre los diferentes, así tenemos los enfrentamientos entre varones y hembras, heterosexuales y homosexuales, blancos y negros, etcétera. Discrepar es una forma de diferencia. Esta lucha entre diferentes tiene el gran problema de generar un discurso del odio y señalar al discrepante como un hereje al que hay que abatir. De ahí que muchos opten por no señalarse, un síntoma de miedo, o simplemente de comodidad y no complicarse la vida, que lleva a la autocensura.

Una vez llegados a esta situación, me pregunto si los que se salen de los chats o grupos son tolerantes. Tolerancia en el diccionario es respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás, cuando son diferentes o contrarias a las propias con la salvedad y limitación que en su día explicó Karl Popper de no ser tolerantes con los violentos. Con los que son de nuestra opinión, no tenemos que esforzarnos en ser tolerantes y, ojo, ser tolerante no significa tener que aceptar las ideas del contrario, pero sí convivir con ellas.

La discrepancia y el debate son saludables en una sociedad libre y avanzada. El mismo Chomsky, alguien poco sospechoso de ser de derechas, siempre se ha manifestado a favor de debatir. Si se rechaza el debate, se impide la posibilidad de llegar a la verdad, mediante la argumentación racional. Dialogar de forma educada y respetuosa, desde la diferencia, sin recurrir a los malos modos, al insulto personal y al exabrupto nos retrata y además nos educa en escuchar argumentos contrarios, ampliar nuestras mentes y hacernos más tolerantes.

La realidad es que al observar a los amigos, compañeros y conocidos con los que discrepo en política, resulta que, en el conjunto de la vida diaria, son mucho más abundantes las cosas que tenemos en común y que nos unen que las que nos separan. Desde un punto de vista creyente y cristiano, que es mi caso, todavía tenemos más en común, ya que todos somos hijos de Dios y hechos a su imagen y semejanza. No permitamos por lo tanto, que la política nos separe y prevalezca sobre todo lo que compartimos y nos acerca. Invito a todos los que han dejado los grupos o chats a que lo mediten con tranquilidad, que busquemos nuestras afinidades y tratemos de acercar nuestras posiciones y diferencias, sin huir del debate, mediante el diálogo racional y respetuoso. Aceptando de entrada que, en algunos puntos, discreparemos posiblemente siempre, lo que no tiene que ser un obstáculo para convivir en armonía e incluso tener amistad. La tolerancia es fundamental para la convivencia en paz.


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3 comentarios

  1. Avatar José Justicia-Linde

    Mariano, me ha gustado tu artículo y estoy de acuerdo con tu exposición. Me tomo la libertad de difundirlo entre mis contactos.

  2. Magnífico artículo que comparto y con el que me siento muy identificada.

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