Las consejeras de Salud y de Empleo son las únicas del Gobierno de Moreno Bonilla que no tienen perfil en la red social ‘X’ (antiguo Twitter), que es la más utilizada por los políticos para estar en contacto con la ciudadanía y para dar difusión a la gestión
Hoy día no se concibe que una persona viva aislada de la interacción social virtual. Es más, se habla más por WhatsApp que en persona, algo que debería revertirse por nuestra salud mental. Pero la realidad es que, en el mundo digitalizado de hoy, si no tienes perfil en alguna de las redes sociales más populares, no existes.
En política, a pesar de que algunos hablan de Bluesky como alternativa, la antigua Twitter (esa red social a la que el nuevo asesor del presidente Trump, Elon Musk, ha llamado X inmediatamente después de comprarla) sigue siendo la vía más utilizada por políticos y periodistas en España. Pues bien, en ese marco y bajo el prisma regional, llama la atención que dos consejeras del Gobierno de Juanma Moreno no tengan todavía una cuenta: Rocío Hernández y Rocío Blanco. ¿Por qué? Ambas comparten nombre, se sientan juntas en el Parlamento de Andalucía y tienen la misma aversión a las redes.
Hernández tiene muchos fuegos que apagar y, posiblemente, no quiera -o no se sienta preparada ni bien asesorada- contestar preguntas directas incómodas provenientes de diversos sectores (pacientes, profesionales sanitarios, sindicatos, personal no sanitario del SAS, periodistas, activistas sociales, colegas de otros partidos políticos…): la caótica bolsa de empleo; la engañifa de la Atención Primaria en 72 horas vía telefónica; los contratos troceados sacados a la luz en exclusiva por EL LIBRE; la saturación de los trabajadores de los hospitales; las listas de espera que, en la mayoría de categorías, no muestran números positivos; las ilegalidades administrativas y la tendencia a derivar a la privada…
Miedo al aluvión de reproches
Estaría bien que la pediatra que ahora está a los mandos de Salud y Consumo tuviera una cuenta en X, como el resto de sus compañeros, para que la ciudadanía pueda, al menos, desahogarse. Pero eso implica que tendría que contestar muchos mensajes incómodos y Moreno Bonilla no considera que tenga tablas suficientes, como sí las tiene Antonio Sanz o José Antonio Nieto, maestros del toreo con la suerte de la palabra.
Conviene recordar que su antecesora en el cargo, Catalina García, y el actual presidente del Parlamento, Jesús Aguirre, sí que tienen cuenta en la red social de la polarización. De hecho, García vivió el lado oscuro cuando, después de publicar innumerables tuits haciendo propaganda de su gestión en la sanidad pública, bloqueó a un activista social que le recriminaba su manipulación de la realidad. Al día siguiente, algún asesor le dijo que no podía hacer eso y le desbloqueó. Porque, en un perfil de alto cargo público, si haces publicidad de tu agenda a diario, luego no puedes cercenar la libertad de expresión. No se miden bajo el mismo rasero que las cuentas de ciudadanos particulares. Con Hernández, el Gobierno de Juanma Moreno quiere evitar quilombos de ese tipo.
¿Dónde está la consejera de Empleo?
Tampoco Rocío Blanco parece tener un perfil de don de gentes. De hecho, es la consejera que menos comparece en la rueda de prensa del Consejo de Gobierno. Y eso que podría apuntarse algún tanto de la última bajada del paro y recordar todas las ayudas que ha otorgado a los autónomos en estos más de seis años (muchas de ellas con dinero del Gobierno central, por cierto) pero no. La tienen apartada de los focos reales y cibernéticos.
Hoy en día, no es obligatorio que los altos cargos tengan perfiles en redes sociales, pero todos los expertos en marketing y comunicación se han puesto de acuerdo en que la visibilidad tanto de una campaña electoral como de una gestión de un ministerio, una consejería o una concejalía pasa por estar. Hay que estar en las redes. Luego contestarás más o menos, postearás más o menos, pero si no estás, ya tienes puesto el marchamo de antiguo, desactualizado o, lo que es peor, de indolente o insustancial. Antes se decía que «lo que no sale en los medios, no existe». Ahora, habría que matizar la frase: «Lo que no sale en los medios y en las redes, no existe». Y voy más allá: «El que no está en las redes, no existe«.
Un artículo publicado en la revista de la Universidad Internacional de La Rioja, bajo el título El papel de las redes sociales en política lo deja bien claro:
Nada hay más importante en política que ese contacto con la sociedad para no perder la perspectiva. Hasta la fecha, esa relación entre el político y el ciudadano de a pie se mantenía exclusivamente a través de los medios de comunicación, ahora hay un nuevo escenario al que debe adaptarse la comunicación política:
- Las redes sociales no se limitan a la difusión unilateral de los mensajes. Invitan a la participación de la ciudadanía, estableciendo una comunicación bidireccional. Los usuarios opinan, discuten, concuerdan, exponen e intercambian puntos de vista.
- Los mensajes llegan pero es necesario calcular a cuántas personas. No basta con tener un perfil en todas las redes; es necesario saber qué alcance tienen y para ello hacen falta herramientas que permitan medirlo.
- La audiencia social se multiplica, ya que el número de seguidores incluye tanto a los seguidores directos como a los seguidores de estos.
- La repercusión de un mensaje no se reduce al número de usuarios a los que ha llegado. Dependerá de otra variable, el número de impresiones, que refleja las respuestas que el mensaje ha tenido y, lo más importante, su redifusión.
- Ayudan a definir la imagen de un político, aportando sensación de cercanía, pero la exposición pública es mucho mayor, con todos los riesgos que eso supone, cualquier error tendrá un mayor eco.
- En cuanto a la comunidad de seguidores, esta no es una cuestión que pueda dejarse al azar. Es muy importante establecer cuál es el público objetivo al que se quiere llegar a través de las redes. Esa comunidad puede establecerse atendiendo a criterios demográficos, sociales, geográficos o ideológicos.
- Los sentimientos juegan un papel determinante. El político debe recurrir a las emociones, un mensaje que emocione a quien lo lee generará la necesidad de compartirlo.
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