Qué días nos han tocado vivir, ¿verdad, estimado lector? Qué suerte hemos tenido de haber podido viajar, estudiar, vivir en libertad, disfrutar de internet en su más vasto sentido… Y sobre todo, qué afortunados hemos sido por haber «nacido en la cara buena del mundo», como cantaba el recientemente malogrado Pau Donés
Qué bien poder vivir de momento en momento, esta vida de postal tan plena y radiante, al menos mientras la cámara nos enfoca. Con solo mover un dedo podemos recuperar amistades de la infancia, hacer nuevos amigos, encontrar pareja, acordar discretos encuentros ocasionales…
No todos podemos adquirir un Porsche, pero nadie se priva de la última canción de su grupo favorito cuándo y dónde quiere, del último libro de su escritor de cabecera o de la última película nominada a los Oscar. Lo tenemos todo a nuestro alcance, al menos todo lo material. Bien es verdad que lejos se nos quedan aquellos días en que los niños salían a las calles a jugar despreocupados, sin más compañía que la de sus amigos.
La Era Digital la llaman algunos, otros la conocen como la Sociedad de la Información… Si alguien sobrevive a nuestro obtuso designio, probablemente seamos recordados como el Imperio de la Posverdad: una forma fina de llamar a la mentira. La mentira lo inunda todo. Si no lo cree, le propongo un simple ejercicio. Encienda su televisión y busque un canal donde estén emitiendo publicidad. Obsérvela, pero no como lo hace habitualmente, aletargado y de forma pasiva, sino pensando crítica y activamente en lo que los anuncios le dicen. Podrá comprobar rápidamente que le están tomando por estúpido, y probablemente hasta se ría de lo absurdos que son. Toda la publicidad nos toma por estúpidos, pero no es solo la publicidad. La propaganda política, cultural, social, programas de televisión, prensa, radio… las técnicas de marketing lo inundan todo. Y no es algo que sólo ocurra en nuestro país, es algo propio de nuestra cultura occidental.
La semana pasada hubo grandes revueltas en EEUU y en el resto del mundo promovidas por el movimiento Black Lives Matter. Al margen de todo lo que se pueda opinar al respecto, vimos cómo por Europa y Norteamérica, año 2020, se atacaban y retiraban estatuas de célebres figuras esclavistas. Entre ellas, también se atacaban estatuas de Cristóbal Colón, cuya imagen está asociada con relativa aceptación en América a la esclavitud y al genocidio. Y eso es mentira. Lo que sí es verdad es que estos ataques a estatuas fueron, todos ellos, convenientemente grabados por dispositivos cuyos componentes son fabricados por personas en condiciones precarias y prácticamente de esclavitud.
Por lo tanto, se puede decir que quienes atacaban las estatuas de Colón por ser supuestamente un esclavista hace 500 años, patrocinan a empresarios y gobiernos esclavistas y tiranos en plena actualidad. Curiosa la hipocresía, ¿verdad? Y claro, entrados en sinrazón, ¿por qué no retirar Lo que el viento se llevó de los catálogos de películas? Abierto ese queso, ya no me atrevo a imaginar dónde vamos a parar.
Defender la mentira
Con nuestros domésticos movimientos independentistas ha ocurrido algo similar. Basándose fehacientemente en argumentos falsos y conjeturas evanescentes, han conseguido llegar a una gran cantidad de gente, originando movilizaciones para defenderlos. Para defender la mentira. Las televisiones y el resto de medios seleccionan una determinada línea editorial, supuestamente diversa, pero al final La Sexta, Onda Cero y Antena 3, por poner un ejemplo, tienen los mismos dueños. Se deben al poder, no a usted o a mí, y por lo tanto todos responden a los mismos intereses, por mucho que queramos negarlo.
Y en cuanto a los políticos, mejor ni hablar. Ninguno resiste la maldita hemeroteca. Y esto lo damos ya como un dato adquirido, como normal, es cotidiano. La mentira forma parte de nuestro día a día, y especialmente entre las personas que dirigen el timón del país. Es inaceptable, y sin embargo lo aceptamos. Es importante diferenciar la mentira de la equivocación: la segunda habitualmente va precedida al menos de una disculpa. La primera se ejecuta a sabiendas de su efecto y mantiene una tórrida relación con el marketing. Ese marketing tan presente en nuestra sociedad.
Mentir y ganar es algo que ocurre demasiadas veces delante de nuestros ojos y ni ponemos remedio ni parece preocuparnos demasiado
Era digital, Sociedad de la Información, Imperio de la Posverdad, llámele como prefiera. El caso es que con demasiada frecuencia la mentira se ha instaurado como una fórmula aceptable de éxito. Mentir y ganar es algo que ocurre demasiadas veces delante de nuestros ojos y ni ponemos remedio ni parece preocuparnos demasiado. Ni que decir tiene que, si algo es común a nuestra panoplia de líderes políticos, es ser primus inter pares a la hora de mentir y ganar.
Sabemos, porque lo hemos visto últimamente y a lo largo de la historia, que las mentiras pueden movilizar a miles personas, normalmente con resultados nefastos. Por eso, el triunfo de quienes mienten puede, dadas las circunstancias, venir a ser mucho más peligroso que un reciente coronavirus. Y nuestra sociedad, tumbada en el sofá, ávida de la emoción que la posverdad destila, porque es la única que ya le resta, carece de EPIs, vacunas, respiradores o tratamiento para combatirla. No hay laboratorios que la investiguen ni Presupuestos del Estado para combatirla. Al contrario, compre un coche nuevo, subvencionado por el Estado.
Estamos solos ante ella, usted y yo, estimado lector. Parece no haber nada que podamos hacer. Y cada vez que votamos, validamos a un mentiroso: vuelve a ganar la mentira.
La verdad es que la heroicidad que se nos ha inculcado de pequeños en la escuela de que el descubrimiento de América era lo más importante que había pasado en el mundo, pues después con años y años de reflexión, llegamos a la idea de que no agradó,(me refiero a los americanos) y que ahora existe un movimiento de antipatía y repulsa ante esa invasión
Creo que, sí nosotros consideramos de que los musulmanes invadieron nuestro país y nos subieron durante siete siglos, es justo que también tengamos que pensar qué el descubrimiento de América no fue tal descubrimiento, fue una invasión.
Estupenda artículo. Reflexiones de este tipo nos hacen falta todos los días.
Gracias Gerardo