Cuando el gran rey Sargón I de Acad llegó ante los muros de la antiquísima ciudad de Ebla, olvidada por los hombres durante milenios y sus ruinas conocidas hoy como Tell Mardikh, tuvo una visión donde la gran diosa Innana, conocida hoy como Ishtar (la famosa Astarté de Tartessos) que le ordenaba cuidar de los enfermos si quería estar junto a los dioses en el panteón acadio
La diosa aún conservaba su amor por Gilgamesh, el gran rey de Uruk, que una vez rechazó su amor por toda la eternidad. El castigo de los dioses fue enviar a Enkidu para matarlo, pero en la lucha descubrieron una amistad que aun dura en el recuerdo de los hombres casi cinco mil años.
El diluvio y la inmortalidad
Tras la muerte de Enkidu por obra de los traicioneros dioses, Galgamesh salió en busca de la inmortalidad. En su viaje en busca de la inmortalidad encontró a Utnapishtim, un ser humano que gozaba de ella en una isla más allá de las Aguas de la Muerte, quien le indica que solo una vez los dioses concedieron ese regalo a los hombres. Y que el castigo para los que vivieron después del Diluvio era que todos los hombres deben sufrir dolor y enfermar una y otra vez hasta que mueran.
Así contó que Enlil decidió castigar a los hombres y los ahogaría en un diluvio sin precedentes. Pero el dios Ea (conocido como Enki), el amigo de los hombres, le dijo que construyera un barco y embarcara en él a todas las especies conocidas. Seis días y siete noches continuó el viento, el diluvio, la tempestad. El diluvio aplanó la tierra. Llegado el séptimo día, se aplacaron la tempestad, el diluvio, la batalla, que habían golpeado cual manotazos]de parturienta. El mar se apaciguó, El viento Imhullu se silenció, el diluvio se acabó. Yo vi el mar: el silencio era total. La especie humana, toda, había vuelto al barro (Poema de Gilgamesh).
La casa de los sanadores
Así, el todopoderoso Sargón I de Acad, rey de los cuatro lugares, tras el sueño en la ciudad de Ebla, mandó construir las Casas de los Sanadores, obligando a todo chamán y a todo curador de su poderoso y extenso reino a que acudieran a ellas a trabajar con todas su familias bajo pena de muerte. Las construyó todas en las afueras de las ciudades, con muro de arcilla de ladrillo rojo visto, para que todo aquel que enfermara supiera de su existencia, incluso para atender a los mercaderes extranjeros. También las puso ahí para evitar las plagas y las epidemias. Las casas se mantenían con el contenido del tesoro del rey, pues era obra mandada por la gran Innana que, desde Gilgamesh, nadie osaba desobedecer.
Todo aquel que era habitante de la casa de los sanadores era atendido por orden del gran rey y no pagaba nada, salvo que por voluntad propia entregara parte de su cosecha o de sus animales a la casa para su sustento. Así, estas casas sanadoras distribuidas por el reino empezaron a tener riqueza y a rivalizar con los templos. Los sacerdotes que ostentaban la tierra y los ganados, en nombre de todos los dioses, empezaron a protestar al gran rey por ello. Entonces, Sargón I creó un cuerpo de funcionarios dedicados a controlar las riquezas de las casa sanadoras y a entregar su excedente al tesoro real.
El fraccionamiento de los contratos
Pero estos funcionarios no solo empezaron a contabilizar el patrimonio que se iba acumulando en ellas, sino que empezaron a negociar con todos los mercaderes del reino y también con las factorías de extranjeros, mediante contrato. Estos contratos, cuando alcanzaban cierto contenido, se debían informar a los administradores del tesoro del rey para pagar sus correspondientes impuestos. Pero uno de los funcionarios de oscuro nombre llamado Nigsummu ideó un sistema contable para no pagar esos impuestos. Lo que hizo es fraccionar los contratos para que no llegaran a la cantidad por la cual se debía informar a los administradores del tesoro real para pagar impuestos.
Este método se exportó en secreto a todas y cada una de las casas sanadoras de los acadios, organizando una compleja red clientelar al margen del caudal del reino, con lo que esas riquezas no declaradas al reino iban directamente a incrementar los patrimonios personales de los administradores y de los mercaderes, elegidos a dedo, para ello. Hasta el extremo que se calcula que casi un tercio del total de las riquezas que había circulando por la economía del reino eran propiedad de estos mercaderes y funcionarios. Y eso levantó sospechas.
Los informes de los interventores reales
Así, el príncipe Rimush, el heredero y primogénito del Gran Rey, ordenó en el más estricto de los secretos a los interventores del tesoro de palacio que hicieran un inventario de todas las casas sanadoras. Así procedieron en cada casa a realizar ese trabajo encomendado en el mayor de los silencios, como si fueran sordos y mudos. Anotaron las riquezas que ostentaban más allá del mantenimiento del tesoro real y, sobre todo, descubrieron el fraccionamiento de los contratos para repartirse la riqueza acumulada entre los funcionarios y los mercaderes y, de esta forma, escamotear impuestos al rey.
Tras años rigurosos de investigación, elaboraron en largas tablas de arcilla en lenguaje acadio, la contabilidad de todas y cada una de las casas sanadoras, lo recibido del tesoro real para su manutención, lo que se recibía como regalos de los enfermos o de sus familias, en forma de cosecha o entrega de animales, incluso los miles de litros de cerveza regalados. También se les abastecía de pan que luego dirigían al mercado negro. Algo prohibido expresamente por el rey.
El fin del sistema y el castigo
Así, se expuso ante Sargon I de Acad el contenido de las tablillas con la contabilidad en B encontrada, el fraccionamiento de los contratos para escamotear los impuestos al tesoro del rey, quiénes eran todos los responsables y las riquezas que cada uno había obtenido. Así, el Gran Rey ordenó acabar con la corrupción de las casas sanadoras, eliminar de una vez el cáncer del reino. Se detuvo a todos los responsables de la gran mentira y se les hizo juzgar.
Así, al oscuro Nigsummu, el ideólogo de los fraccionamientos de los contratos y de escamotear al tesoro real los impuestos, se le aplicó el peor de los castigos. Fue desollado vivo, metido en una jaula y colgado de las puertas de la ciudad de Acad para que sufriera la justicia del sol sobre su piel en carne viva, mientras soldados le echaban regularmente puñados de sal sobre ella. A los demás, dependiendo de su implicación, a unos les arrancaron los ojos, a otros les cortaron la nariz, a unos pocos las dos manos, y a todos los pasearon así, por delante de todas las casas sanadoras, como castigo ejemplar.
Un comentario
Mi más sincera felicitación,gran enseñanza de esta fábula que como brillante historiador nos has deleitado. Mi más sincera enhorabuena. Y que tomen nota muchos de nuestros saludos cordiales.