hijos de horus

Los hijos de Horus.

Cultura, Opinión

La caja de Pandora

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La mujer llamada Pandora, en los tiempos y en una tierra en los que aún no había llegado la escritura, y las historias de los hombres y mujeres pasaban de padres a hijos contadas a la luz de una hoguera, fue objeto de juego por parte de los dioses, y no por ella misma, sino por su pareja. Vida paralela a la de Eva -como debió escribir Plutarco-, también primera mujer del libro sagrado de los hombres, a las que la literatura y la religión se encargaron de señalarlas como las culpables de todos los males del hombre

Zeus regaló por su boda una tinaja ovalada a Pandora que nunca debía de abrir. El día que Pandora abrió esa tinaja ovalada llena de curiosidad, con la que los dioses la habían obsequiado, se desataron sobre el mundo conocido todos los males habidos y por haber, permaneciendo en el fondo de esta únicamente la esperanza, que es lo último que se pierde. Ese día fue señalado, por los que habitaron el mundo tras ella, como un día desdichado y aciago en las calendas. Y esto pasó de generación en generación como recuerdo de todos los males y de la mortalidad de los seres humanos.

Este mito arcaico corrió por las cícladas y por el próximo oriente hasta las llanuras de Asia y fue conocido por la tierra de los faraones en los albores del gobierno de los hijos de Horus. Uno de ellos, que no está en la lista de Abydos, aunque era hijo de Horus, lo citaba continuamente en sus fuentes, y en sus textos sagrados, llegando a incluirlo en las paredes de los templos, y a predicarlo hasta sus antiquísimos dominios del nomo de Elefantina, allá donde estaba la sagrada primera catarata.

Así, Llamadme Sinuhé, que gobernaba este nomo, predicaba a su pueblo los males que liberó una tal Pandora como si fueran propios de la tierra bañada por el Nilo. Una advertencia a los súbditos de que las plagas y las malas cosechas eran culpa de otros, del castigo divino por la curiosidad de los hombres y nunca era culpa de los hijos de Horus ni de sus gobernadores. Invocaba así en las plazas el famoso discurso de los primeros faraones, en los días en que su padre Osiris reinaba sobre todo el edén conocido, antes de que su hermano Seth saliera de la oscuridad para asesinarlo anticipando la llegada de la trinidad del principio de los tiempos.

El credo de Imhotep

También, en aquellas horas Llamadme Sinuhé adoptó y amplió el credo de Imhotep, considerado el dios de la medicina en la tierra del alto y el bajo Egipto desde los tiempos en que habitó una vez con forma humana sobre la faz de la tierra, y ordenó construir la primera tumba piramidal para el dios vivo Zoser. Por ello, el gran sacerdote de este dios fue elegido como uno de sus principales asesores. Preparaban en profundidad de sus templos la farmacopea y las fórmulas que venían escritas desde la más remota antigüedad, mejorando el contenido de todas ellas para la población.

Los sacerdotes y hasta las propias sacerdotisas de Imhotep, que eran de rango igual a los hombres en los templos y en las calles, decidieron abrir sucursales en los pueblos y aldeas para llevar los conocimientos de los seguidores del dios al pueblo, llevando el cuidado del cuerpo a todo el mundo conocido. Entonces empezó a crecer la demanda, y allí donde hubiera taberna o plaza, debía haber un lugar donde hacer y distribuir medicinas. El conocimiento de Imhotep se hizo pueblo para servir al pueblo, en el nombre del pueblo.

De tal forma que allí donde había una sucursal del templo con un monje o sacerdotisa sirviendo esas fórmulas al pueblo lo que el médico dictaba. Esta nueva fe fue creciendo y sintetizando credos y, en la época del gobierno de Llamadme Sinuhé, empezaron todos ellos a servir a Horus el sanador y levantaron un templo centralizado donde fabricar los ungüentos y fórmulas para sanar, especializando a los sacerdotes y sacerdotisas. Cobrando por ello. La sabiduría había que pagarla, incluso antes, mucho antes, de que existiera el libro de los muertos. Inventaron así la primera distribución de la farmacia. Era la época donde la moneda era desconocida y el pago era en especie o en trabajo para el templo. Estos se hicieron así de enormes riquezas y tierras, sembrando la simiente para el futuro, muchos siglos antes de que Amón gobernara sobre la sagrada Tebas.

Gracias a las recetas y a los libros recopilados durante siglos de farmacopea, los templos llegaron a rivalizar en riquezas con la propia fortuna del país

En los tiempos de Neferkara-Pepy, antes de la caída de los antiguos y la llegada de los bárbaros asiáticos al delta, en los textos de las pirámides se halla lo que los sacerdotes y sacerdotisas recitaban cuando entregaban los ungüentos, fórmulas y plantas para ahuyentar las enfermedades de los hombres, es el pasaje cuando Horus ofrece a su padre Osiris el Ojo de Horus: El Rey ha venido a ti, Oh Horus de Shat; El Rey ha venido a ti, Oh Horus de Shezmet; el Rey ha venido a ti; Oh Horus del Este. Mira, el Rey te trae su gran Ojo izquierdo sanado, acéptalo del rey intacto, con su agua intacta, con su sangre intacta, y con sus conductos intactos…

Gracias a las recetas y a los libros recopilados durante siglos de farmacopea, los templos llegaron a rivalizar en riquezas con la propia fortuna del país, entregada al faraón para su administración. Lucían más oro en sus ropajes, en sus cuerpos y en sus ceremonias que las que jamás osó usar en público el propio faraón. Incluso establecieron una red de correos para llevar a todas las sucursales las fórmulas sagradas que solo los diez sacerdotes más viejos y sabios conocían.

Pero llegó un tiempo donde el Nilo se secó, donde los campos no se sembraban, una época que trajo pandemias y enfermedades desconocidas. Pero mientras el pueblo sufría hambre, enfermedades y terribles penurias, ellos se habían enriquecido con las desgracias del pueblo, incluso prestaban sus tesoros al faraón para la guerra, cobrando intereses de usura. Los tiempos de Llamadme Sinuhé fueron espantosos para los hijos del Nilo del nomo de Elefantina. Tan es así que desapareció el nombre el faraón de las listas reales de Abidos, como si nunca hubiera existido. Tras él se olvidó su nombre y sus hechos, se picó de las estelas y de los muros toda referencia a su persona. Fueron considerados malditos él y sus gobernadores.

Como nadie atendía al pueblo en ninguna aldea, el noble de nombre Abayomi, el que trajo la alegría, se rebeló contra el templo y consiguió que el pueblo se le uniera contra su inmenso poder. Tomaron las calles de las ciudades y de todas las aldeas. Se habían destinado desde la más remota antigüedad fortunas enteras a los templos, las cosechas eran entregadas cada fin de recogida en los almacenes y en los oscuros lagares, se hicieron con el monopolio de la fabricación de la cerveza y los precios entraron en una espiral ascendente que nadie podía asumir. Llegaron las mayores penurias a las bocas de los hijos del Nilo mientras una nueva pandemia desconocida, y para la que no había cura alguna, que venía de las tierras sumerias, asolaba las orillas del sagrado río.

Los templos fueron tomados por la muchedumbre para saciar su hambre y su sed. Los sacerdotes de Imhotep que llevaban ahora las enseñanzas de Horus el sanador, fueron expulsados de sus casas y tomadas por la fuerza todas sus riquezas. Quemaron los textos sagrados donde se guardaban las antiquísimas fórmulas de los ungüentos sagrados, porque se habían olvidado de servir al pueblo y solo servían a la riqueza, a la gula y a la lujuria. El gran sacerdote de Imhotep fue llevado a los ojos de Maat para que la Justicia se hiciera en el nombre de la diosa, una vez que todos supieron que él se había hecho con la tinaja de Pandora y él mismo la había abierto.

Llamadme Sinuhé salvó su cabeza ofreciendo al pueblo la del Gran Sacerdote. Incluso retomaron ritos prohibidos que se habían olvidado. Con un corte en los tobillos, lo desollaron y le dejaron toda la piel en carne viva expuesta al sol, luego lo metieron en una jaula de cañas y juncos y lo expusieron en la puerta de la lejana primera catarata, como recuerdo de haber despreciado a los hijos del Nilo, como castigo de haber abierto aquella caja maldita de Pandora y traer una pandemia desconocida a las orillas del Nilo. Su cuerpo nunca fue embalsamado, ni siquiera guardado ni enterrado. Sus restos se arrojaron a los sagrados cocodrilos de Sobek para que se alimentaran de su carroña.


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2 comentarios

  1. Avatar Raquel

    Me ha encantado el articulo. Y si, aún seguimos asín, deberíamos echarlos a los cocodrilos a todos los que nos gobiernan 🤬🤬

  2. Avatar ENCARNACIÓN RUIZ CASTRO

    Gracias Antonio Barreda, yo también echaría a estos políticos, que nos ningunean nuestros derechos, a los cocodrilos. Menos mal que nos queda la ESPERANZA!!!!!!!!!!!!!!!!

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