cayo y lucio cesar
Los bustos de Cayo y Lucio César. / HISTORIAE

La medicación del Prínceps

Actualizado 17/03/2026 15:19

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Con César Octavio Augusto se estableció el Principado como forma de gobierno. El Senado de Roma entregó todo el poder al sobrino de César cuando ya no tenía más enemigos que derrotar. Su amado Agripa había acabado con todos sus enemigos y, tras la muerte del infausto Marco Antonio, había ampliado los dominios de Roma con una nueva provincia en Egipto, que sería durante más de quinientos años el granero de Roma -con intermedios como el reino vándalo- hasta la irrupción de los árabes en el Mediterráneo y la fundación de El Cairo

Con él llegó la Pax Romana, inmortalizada en el Ara Pacis de Roma, para celebrar las victorias de la Galia e Hispania. Desde la dictadura del odiado Sila, los romanos se enfrentaron unos a otros en una guerra civil interminable, dividiendo a la república en bandos irreconciliables y enormes batallas por el poder. El primer triunvirato romano fue pactado entre Julio César, Pompeyo y Craso. Este último pagó de su bolsillo las legiones con las que invadió el imperio parto, pero fue derrotado en Carras por el general parto Surena, muriendo en la batalla el propio hijo de Craso, Licinio, que comandaba la caballería – emulando la carga de Alejandro Magno en Gaugamela– para ser aniquilado por los arqueros partos lejos de la infantería. Pompeyo fue asesinado en Egipto y Julio César en el Senado de Roma.

Así quedaron solo Augusto y Marco Antonio como los detentadores del poder de Roma. Marco Antonio era más político que militar, hizo carrera a la sombra de Julio César en la Galia, pero sus dotes de general quedaron en evidencia con su invasión del imperio parto, dividió el ejército en dos, con un tren de asedio con dos legiones donde iban las torres de asalto y que quedó atrás por ser lento para la marcha. Los partos atacaron este cuerpo de ejército hasta destruirlo, quedando en evidencia las malas dotes de mando de Marco Antonio en una retirada infausta. Luego vendría el desastre de Actium frente a Agripa en la última guerra por el poder en Roma y su muerte, quedando solo Augusto como el único poder de Roma.

Augusto consideraba a Agripa, el más grande de sus militares, como un hermano. Así, lo hizo casar con su hija Julia la Mayor, con la que tuvo dos hijos, Cayo César y Lucio César. El Senado de Roma le había conferido poderes perpetuos y estableció una nueva forma de gobierno que los historiadores han titulado como el Principado, por el título de prínceps que le otorgó el Senado. Sus guerras habían llevado a Roma al culmen de su poder, cuando, en el peor momento, Quintilio Varo fue derrotado por el infausto Arminio, criado y educado en Roma, en la batalla de Teotoburgo, donde desaparecieron tres legiones. Cuenta Suetonio que Augusto solía levantarse en plena noche gritando «¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!».

La sucesión de Augusto

El principal problema de Augusto era su sucesión. Tras las lecciones aprendidas en las guerras civiles, debía establecerse una sucesión del poder que garantizara y asentara en el tiempo el nuevo modelo del Principado, sin más luchas por el poder. Así, eligió a los hijos de Agripa, al que había casado con su hija Julia la Mayor, y los adoptó, como Julio César supuestamente hizo con él (hay historiadores que mantienen que Augusto, tras la muerte de Julio César, manipuló su testamento y se hizo adoptar como hijo). Los dos niños eran pues sus propios nietos. Agripa murió joven y toda Roma recuerda cuando Cayo César y Lucio César aparecieron de negro riguroso en el funeral de su padre.

Lucio César era el menor de los hermanos, fue educado como un prínceps, se le concedió el título de princeps iuventutis, y luego accedió al consulado, a pesar de no tener edad para ejercerlo. Solía cabalgar al lado de Augusto, aunque hay quienes lo acusan, por haber sido criado lleno de lujos, de ser por su educación un joven arrogante, y no se comportaba, en la mayoría de ocasiones, como correspondía a un miembro de la casa del César de Roma. Parece que, desde su juventud, que fue frágil de salud y era tratado frecuentemente por los médicos del Palacio Imperial donde residía con su madre, la hija de Augusto.

Años después, contrajo una rara enfermedad de la que no se tenía noticias. Una enfermedad que lo iba devorando. Fue justo cuando fue destinado a Hispania para hacer allí una carrera militar. Al tener noticias de ello, el Prínceps de Roma mandó llamar a sus médicos. Estos lo examinaron y declararon que era una enfermedad de la sangre, uno de los humores corporales. Así que le practicaron sangrías infinitas y otros métodos como provocar vómitos, aunque sin resultado.

Augusto, temiendo por la vida del joven, llamó a todos los médicos de renombre del incipiente Imperio, que practicaron distintos remedios a base de hierbas, ungüentos y más sangrías, tanto de escaria como de sanguijuelas. Pero no mejoraba. Entonces, desesperados, llamaron a la corte a los últimos druidas de cuya existencia sabían, de las Galias y de la tierra de los Pictos. Pero ocurrió que algunos jóvenes hijos de senadores de alto rango también padecieron la enfermedad. Sus padres acudieron al Palacio de Augusto para que sus hijos también fueran tratados por los médicos, al igual que lo era Lucio César.

Ley Rufus

El Senado recurrió a una antigua ley de principios de la República, la olvidada Ley Rufus, proclamada al estallar una epidemia en la anciana Roma. Esta ley decía que se debía atender primero a todo romano enfermo que llegara al campamento fuera de las murallas que donde se los atendía. Daba igual su estatus de aristócrata o de plebeyo. No había distinción al aplicar la Ley Rufus. Había hijos de senadores más enfermos que debieron ser atendidos primero. Algo que el Prínceps de Roma había incumplido. Era la primera fricción seria con el Senado. Tras deliberar largas horas con Livia, su esposa, Augusto accedió.

Se estableció una lista de espera para la atención médica según orden de padecimiento de la enfermedad cuyo cuadro era común en muchos de los enfermos. Una lista guardada celosamente por la guardia pretoriana. Entonces, llegaron los magos que envió el rey parto Fraates IV. Los mismos personajes que también aparecieron en Belén cuando Jesús nació. Y se empezaron a atender a los enfermos según lista de espera. Parecía que Augusto cumplía la ley. Pero había trampa. Pues en la noche profunda obligaba a escondidas a estos magos partos, a los druidas y a los mejores médicos de Roma a atender en exclusiva a Lucio César, cuyo secreto debían guardar bajo pena de muerte.

Sublevación

Nadie sabe cómo pasó, pero el pueblo de Roma se enteró de que Augusto había alterado la lista de espera de la enfermedad de la sangre de Lucio, con lo que los enfermos y sus familias se sublevaron en el barrio de la Suburra, el más populoso y oscuro de la ciudad. A ellos se unieron los senadores cuyos hijos estaban enfermos y en lista de espera. A gritos se unió una multitud reclamando la aplicación estricta de la Ley Rufus en Roma. Algunos soldados se unieron a la multitud, sabedores de la fuerza y de cómo se las gastaba la guardia pretoriana. Miles de ellos llegaron a las puertas del Palacio del Prínceps ya de noche. La marcha llena de antorchas daba una imagen de que Caronte venía a reclamar a todos los del Principado.

Tenían decidido tomar al asalto el Palacio. César Augusto tenía poderes especiales del Senado, pero nunca para beneficiar a su familia. Debía ser escrupuloso en atender la ley, en su más estricto sentido. Era el que debía dar el primer ejemplo. Era la máxima figura del Estado y de la República que debía cumplir con la ley. Nunca hasta hoy estuvo tan entredicho su poder. Incluso la masa enfurecida lo comparaba con los reyes etruscos que fueron hace siglos expulsados del trono. Solo la salida de los líctores consulares anunciando que Lucio César había fallecido salvó la situación y calmó a la masa, que cuando se enteró de la noticia lloró desconsolada y se disolvió, no sin antes rezar por el alma del joven Lucio, al que se le dedicaron templos por todo el Imperio e incluso Tiberio, hijo de Livia, que sucedió a Augusto, le dedicó una elegía.

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