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El Anfiteatro del Conjunto Arqueológico de Itálica (Santiponce).

Historia, Opinión

Cómo empezó España (II): la romanización

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Los historiadores se refieren así al largo período de unos cuatro siglos en que los habitantes de Hispania estuvieron sometidos a un largo proceso de incorporación al resto de civilización mediterránea sobre la que se levantó el Imperio y que sirvió de base al cristianismo

La romanización ha sido uno de los hechos decisivos de nuestra historia y está en la base de la existencia de nuestro país como unidad nacional. El proceso, que comenzó con la conquista, en cierto modo siguió después de la caída del Imperio, debido a la importancia tan decisiva del cristianismo en la conformación de España que, desde entonces, se consideró a sí misma como comunidad romana y cristiana.

Pero es necesario matizar para entender el proceso sin caer en doctrinarismos. Sobre el tema, algunos historiadores afirman que las religiones de los primitivos pueblos de Hispania se conservaban entre campesinos y pastores, pero que en las ciudades se introdujeron los dioses del Olimpo greco-romano, también el culto a Roma y al Emperador. Se puede creer que algo antes del siglo III ya había penetrado el cristianismo. Del hecho no pudo haber mucha información por las duras persecuciones que sufrieron los que lo abrazaron. Pero se sabe que, a principios del siglo IV, se celebró un Concilio en Iliberis (Granada), al que asistieron 19 obispos y 24 presbíteros, la mayoría de la Bética, aunque también hubo de otras zonas. En el año 313, el emperador Constantino otorgó la libertad religiosa.

Pensemos la romanización bajo aspectos diferentes:

Demografía

La población anterior de Hispania se calculaba entre unos cinco o seis millones; se fue incrementando con la llegada de comerciantes -sobre todo de Italia- atraídos por las posibilidades económicas que ofrecían los productos que, desde aquí, exportaban a otras zonas del Imperio, como plata, estaño, oro, sal, aceite, trigo, e incluso esclavos (dura conquista de algunas zonas). Entre los nuevos llegados se cuentan comerciantes, artesanos, administradores, empleados; otros adquirieron tierras y quedaron como colonos; también veteranos de las legiones se asentaron en algunas zonas o colonias (ejemplo, Itálica). Los que se quedaban en Hispania, se fueron fundiendo con la población indígena. Algunos núcleos urbanos ya existentes se elevaron a la categoría de colonia. Las hubo de diferentes categorías; también se fueron construyendo villas rurales con modelo semejante a las romanas.

Los centros urbanos no eran excesivamente grandes, aunque es difícil asignar cifras de población. Según algunos autores, tal vez la más grande fue Mérida, con unos 25.000 habitantes; Tarraco, Corduba y Caesar Augusta tenían entre 18.000 y 20.000 habitantes. Depende qué fuentes se consulten hay bastantes diferencias. La normativa del urbanismo romano era aplicada: plano ortogonal, foro, templos, teatro o anfiteatro, conducción de agua potable (varios acueductos), alcantarillado…

En cuanto a la población, la primera distinción era: libres y esclavos. Los estratos superiores de los primeros eran los senatoriales, seguían los caballeros (equites), la mayoría de los cuales ejercía como funcionarios; luego los decuriones o curiales. Estas tres categorías las componían los potentiores. El otro estrato social era el de humiliores, la plebe urbana y rústica.

La lengua

Fue un aspecto importantísimo de romanización. Difícil sería conocer el número de lenguas indígenas que coexistían en todo el país, pero lo que es seguro es el nulo o difícil entendimiento entre zonas distintas.

Aunque no hubo establecido ningún plan de enseñanza, el latín se fue extendiendo entre la población rural y colonial. Se admite que, en la Bética y la Tarraconense, ya en el siglo I se hablaba casi exclusivamente. Más tarde, llegaría su uso a la Lusitania y la Gallecia.

Vías romanas

El régimen romano creó una estructura viaria con doble finalidad: económica y político-militar. Sus ingenieros lo que hicieron realmente fue aprovechar el trazado de antiguas rutas para pavimentarlas, quedando convertidas en calzadas. Tuvieron que adaptarlas en algunos tramos o construir puentes (casi todos se conservan) y cumplieron ampliamente el transporte de materias primas y el comercio entre zonas, así como la rápida traslación de las legiones, con su impedimenta, desde Italia a las provincias. La vía Hercúlea pasó a llamarse vía Augusta, fue una obra colosal que unió Roma con Gades, un recorrido de casi 3.000 Km que cruza los Pirineos y sigue por Emporión, Barcino, Tarraco, Saguntum, Cartago Nova, Abdera y Malaca.

Igualmente fueron muy importantes la vía Equinea o vía de la Plata. El trazado de algunas era transversal; se trataba de que las ciudades más destacadas quedaran comunicadas, con lo cual, la Meseta quedó rodeada por una especie de cuadrilátero y toda la Península, comprendida en una red de magníficas comunicaciones.

Sería prolijo mencionar otros aspectos, mas lo que no podemos obviar es el reconocimiento de que la base del complejo mundo jurídico, que el suelo legal de la jurisprudencia tiene sus principios y se sustenta en el Derecho Romano.

Por todo lo expuesto, es justo reconocer que Hispania -nuestro gran país- debe mucho al legado romano que, a su vez, había cargado pilas en la filosofía y cultura helénica.

Finalizaremos este breve repaso a la romanización de nuestra tierra haciendo notar que ella dio a Roma personas que brillaron con luz propia, entre las que recordaremos a: los césares Trajano, Adriano y Teodosio I el grande; escritores y filósofos como los dos Sénecas (el retórico y su hijo, filósofo estoico); los poetas Quintiliano y Lucano; Marcial, poeta satírico que, con placer, quiso dejar constancia de su ascendencia celtíbera con las siguientes palabras: «Ex celtis genitus et ex iberis«; el geógrafo Pomponio Mela; y el agrónomo Columela.


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