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Francisco Umbral. / CORDON PRESS

Opinión

Inconsciencia programada

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Uno en esto del articulismo ha tenido dos grandes maestros, que han sido José Luis Alvite y Francisco Umbral. Como buen alumno que me considero en esta materia, les he escuchado y leído con toda la atención de la que soy capaz. Ambos tuvieron que pasar por el trámite necesario de la muerte para conseguir el don de la eternidad

Y es que en la vida todo es de una vulgaridad insoportable, hasta la genialidad. Como decía, yo les estudiaba con detenimiento, como se hace con las cosas que te gustan y que, por tanto, no hay que ponerles esfuerzo. Si te cuesta trabajo es porque eso no es para ti. Y si por todo lo contrario, no eres consciente del tiempo dedicado ni de la manera en como lo has digerido, es que ese es tu camino.

El esfuerzo consciente es el paso previo a la rendición. Irse por los Cerros de Úbeda es ya una cosa mía, un defecto más para demostrar que a los maestros hay que hacerles caso para luego hacer una cosa, si no totalmente distinta, lo sea en su gran mayoría. Intentar imitar al maestro es algo poco inteligente, además de imposible. No hay mayor homenaje a los buenos profesores que tener presente sus lecciones de manera constante y, luego con esos conocimientos, presentar un examen que diga lo mismo, pero con todas las palabras distintas. La imaginación personal es innegociable. La cosmovisión propia, con tu propio mundo donde estrellarte y escuchar como los Planetas no solo descansan en Granada, sino en el resto de lugares del sistema solar.

Uno tiene que intentar no aburrirse de uno mismo cuando escribe. Aún a sabiendas de que eso es prácticamente imposible. Cuando conoces bastante bien los resortes de tu propia imaginación es cuando hay que dar una vuelta de tuerca a lo que dabas por cierto. Escribir debe ser un continuo cambio sobre lo que imaginábamos hasta ese preciso momento. Hay que olvidar lo imaginado y escribir sin red de seguridad. Caminar sobre la cuerda sabiendo que solo saldrás con vida si te caes de manera distinta de la que crees. Sorprenderse de uno mismo da seguridad. Si te conoces demasiado, lo escrito será una mierda del tamaño de Brasil. Cuando no tengo tema, el artículo sale solo. La coherencia solo me lleva a los sitios demasiado transitados por esta cabeza mía tan golpeada por la frase que se ve venir.

La virtud de la fotogenia

El artículo hay que inventárselo, eso sí, hacerlo de una manera que sea creíble. Si te agarras a algo que acabas de leer, escuchar o ver, estás muerto. Y si hay un solo lugar donde hay que vivir es en el texto. La vida que se mueve, muere por sí sola. El texto es una foto donde no se mueven las palabras y donde la vida se detiene para dotarla de un latido propio. La virtud de la fotogenia adquiere su mayor sentido en el texto escrito.

Los mejores artículos son en los que se nota que el autor no sabe dónde se mete, pero asume las circunstancias. Nadie debería saber nada de lo que va a escribir en este tipo de textos cortos. Ya lo decía Umbral: «El que lo piensa todo primero, no escribe nada después«. No saber lo que vas a contar es lo que le da contenido. En esa desnudez, el autor y el lector se saben al mismo nivel, y este segundo agradece que el supuesto director de orquesta, que se supone que es el articulista, comparta la batuta con este. Y, si es necesario, la parta en dos para darle al lector una de sus partes. Que cada uno dirija por su lado hasta que el caos se organice y todo vaya adquiriendo sentido.

El artículo periodístico con intenciones literarias debe teatralizar el todo del que está compuesto. Romper la cuarta pared. La imposibilidad de repetir una escena, pues la presencia del público en la sala, haría romper esa magia de creer como vida real lo que está pasando sobre las tablas. Escribir a pecho descubierto, lo primero que te sale, ese destello de luz que oscurece al miedo siempre latente. Los textos cortos deben ser para los valientes, un fogonazo de inspiración, acariciar la pistola con la que vas a jugar a la ruleta rusa. Y, como un buen actor, saber qué hacer si se te olvida parte del texto o saber gestionar cualquier otro imprevisto.

Muchas veces los textos se descontrolan y avanzan por lugares por donde no suele frecuentar el autor. Es entonces cuando el articulista debe meter en vereda al texto y reconducirlo a donde él quería, o definitivamente nadar en esa anarquía siempre tan amable y que nunca te juzga por lo que has hecho, o mejor sería decir, por lo que has dejado de hacer.

«Las buenas columnas son malas para el corazón. En esa felicidad efímera se sostiene la columna, que solo se puede venir abajo si la taquicardia nos abandona»

La columna demasiado pensada y medida huele a persona aburrida, rancia, que se toma muy en serio. La pretenciosidad en lo que se dice es el principal enemigo de este, para mí, género literario. Otra cosa es el cómo se dice. Hay que escribir bien y de la manera más bella y armoniosa que se sepa hacer. Lo bello aparece en un chispazo y lo vulgar se suele quedar de manera corriente.

Un artículo en condiciones debe dejarte igual de inestable que cuando te mira durante un par de segundos una mujer de belleza inenarrable. Las buenas columnas son malas para el corazón. En esa felicidad efímera se sostiene la columna, que solo se puede venir abajo si la taquicardia nos abandona. Esta es la razón por la que los cardiólogos no recomiendan leer buen articulismo. Por suerte, para muchos de nosotros están saturados de trabajo y saben cuál es la causa principal. Supongo que ese es el «corazón delator» del que hablaba Poe.


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Un comentario

  1. Lucía Ramos

    Un hueco nos deja el diablo para poder escapar.
    Una cuadratura del círculo, quizás.
    Algo que nos salve.
    Alguien que nos grite desde otro tiempo.
    Todo está por empezar.
    ¡¡¡Atentos!!! que ya asoman
    Las ilusiones perdidas de nuestro maestro
    Balzac.

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