anarquismo

El anarquismo individualista.

Opinión

La pelusa del ombligo

Comparte este artículo:

Este verano pretendo ser autófago. Alimentarme de mí mismo. Ser mente y estómago, y el resto un conjunto vacío formado por las muchas nadas que se ven a simple vista o que se me imaginan

Me gustaría sentir como cada parte de mi cuerpo es consciente de sí misma sin la necesidad de que cualquier otra la acaricie para que esto ocurra. Ser consciente de cada centímetro de mi piel, hacerme uno con ella y perderme en esa enormidad cutánea. Que las otras duerman mientras esto pasa, ser todo oídos, pero no para escuchar a quien me habla, sino para sentirme un trozo de carne cartilaginoso sin la necesidad de ser un humano completo.

Cada repliegue me acerca más al centro del sonido. Hay melodías que mecen esa piel con la vibración placentera de un suspiro. La música no deja de ser un soplo de aire dado por una persona especial. Espacial es toda esta geografía que me rodea, una carretera construida por un astronauta que perseguía el sueño de volver a la Tierra. Soy un cuerpo hecho de accidentes mortales. No dejar de chocar contra los vivos es lo que lo convierte en una evidencia. Los mataría para que su condición fuera distinta, y la mía también. Soy un peligro para mi propio cuerpo, un mal conductor del mismo, que no a(probó) el carné, por el bien de su salud.

Demasiada sangre estancada

Hay demasiada sangre estancada deseando salir a borbotones. Rafael Reig tiene una novela con este título que, precisamente, acaban de reeditar hace muy pocos días. Imagino como ese líquido rojo, que sólo se beben los que se les ponen los dientes largos de solo pensarlo, va saliendo de mí e inundando la ciudad donde vivo. Madrid es más atlética que nunca, como lo demuestra la liga que acaban de ganar, mezclando este rojo con un líquido que sí que es asqueroso, como es el sudor.

En la novela de Reig, Madrid se inunda de una aburrida agua insustancial. Se llena de canales y por la Castellana navegan los coches. Es una novela negra con tintes de humor. Este artículo se afrancesa lo suficiente para que el burdeos lo domine y lo embriague todo. En cuanto al humor, no sé con el que se habrán despertado los que me están leyendo, pues su actitud tan pasiva hace que me sea imposible adivinarlo. El silencio en el lector es su cuerpo. Es lo que más se ve de él y lo que menos se toca. Es algo sagrado, placentero, sexual.

La sensibilidad no suena

La sensibilidad no suena, a no ser que seas cartílago cercano al pabellón auditivo, como demostré unas frases más arriba. La sensibilidad es un mar en calma, en el canal de la Castellana los coches flotan felices sobre sus aguas ensangrentadas. Tanta tranquilidad no delata el delito. El que esto escribe es un asesino de sí mismo. Un kamikaze que no quiere que le toquen, pero sí que lo lean. No se puede ser más egocéntrico que el que se sabe muerto y, si a veces tiene ínfulas de escritor, se llevará por delante a todo aquel que amablemente ose hacerlo.

Leer es el mayor acto de educación que puede tener una persona con otra. Darle la fuerza que tienen sus ojos, utilizar esa energía ciega en confiar en que el que escribe le guiará por un camino de palabras y frases, que irán encendiendo las luces de ese sinsentido. Os pido perdón por el verano, pero no por estas frases que os escribo. Una cosa es consecuencia de la otra y una sentencia cuando se pone por escrito, propia de una disciplina muy inglesa. Otra cosa muy típica de ese país, es su famosa puntualidad. Por eso a mí me gusta imaginar que, mientras yo escribo estas palabras que también se devorarán a sí mismas en cuanto llegue el punto y final, las lectoras y lectores, hombres y mujeres que sostienen estos renglones que están torcidos sin la necesidad de ningún dios, y ojalá también lo hicieran otro tipo de animales más coherentes, me animan en mi cometido y casi corrigen conmigo el texto a tiempo real.

La soledad es demasiado visible a los ojos del que escribe y sentirse acompañado por lectores inexistentes, y por tanto reales, es lo que nos hace engañarnos con la verdad más bella. Cuando no tienes más hambre de ti, te escribes. Hay que emborronar la blanca realidad o destrozarse las tripas. Cuando se tiene hambre, escribir es lo que lo deja claro. La tinta roja te hierve por debajo de la piel y se hace evidente en el infierno de lo escrito. El diablo se viste de palabras para que Meryl Streep las convierta en la revista de moda.

Las mejores palabras escritas no son las que deciden la crítica más influyente, sino las que esperan pacientemente a que cualquier lector las trate con el respeto que estos saben que también han tenido con ellos. Que no hay que mendigar nunca lo saben los vagabundos. La dignidad es no querer comerse a los demás y convertir nuestro ombligo en el centro de todo el mundo. El anarquismo individualista, como también se titula el libro de Emile Armand. Antes degustar un vaso de agua en una chabola que compartir champán en un chalet con los muchos diablos que en el mundo hay.

Los libros y los periódicos más vendidos solo hablan de números y, que yo sepa, lo más importante en estos deberían ser las palabras. El único éxito posible es el que no se espera y ese solo ocurre una vez, pues no se puede explicar. La segunda vez que se alcanza el éxito comercial o de masas, la casualidad se convierte en una palabra esquinada, prostituida por los intereses de los más poderosos. Pero todo esto que escribo son solo los pensamientos de un loco alimentado de sí mismo en un verano que odia con todas sus fuerzas. Quiero pensar que todo ha sido producto de una imaginación que también se retroalimenta y que no quedará constancia por escrito de ello. Los lectores deberíais acordaros de mí para que esto pase, pero a la pelusa del ombligo solo se le hace caso para jugar con ella hasta matarla. 


Comparte este artículo:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*