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La Gran Vía de Madrid.

Opinión

Una silla en Gran Vía

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Ahora que ha llegado la primavera con su luz inacabable y su calor adolescente, voy en busca de la sangre derramada, de aliviarme de los picores estacionales y de buscar una muerte tranquila a la sombra de los pinos metálicos y de colores que llenan la Gran Vía madrileña

Soy un adolescente que se suicida de manera pasiva desde hace más de 20 años. Mi cabeza cuelga de sus semáforos para evitar el accidente de mi cuerpo desparramado por un objeto sobre el que estoy sentado. He cogido una silla de mi casa y me he colocado en esa calle a esperar que las cosas pasen sobre mí. La vida de la gente mata la realidad y sus muertes resucitan las fantasías de las que están hechos. Esta es la calle donde es más difícil distinguir a los muertos de los vivos. Y es que este lugar se despierta con el Génesis y se acuesta con el Apocalipsis. A la Gran Vía se va a perder la vida y a ver cómo la pierden los demás. Y a eso he venido, a ver cómo morimos. Y mientras agonizo de una manera consciente y por tanto faulkneriana, olvidarme de ello observando la poca vida que le queda a los demás.

En La silla de Fernando, película documental donde Fernán Gómez es entrevistado por David Trueba y Luis Alegre, y que este Da Vinci español aprovecha para marcar y dejar claro sus pensamientos en los principales temas vitales, dice que el verdadero pecado capital español no es la envidia, sino el desprecio. Se envidia la belleza, lo material que no se tiene, el éxito ajeno, pero sobre todo se desprecia a la persona detrás de todo esto. Lo mismo ocurre en esta calle Gran Vía.

Me he sentado en mi silla a la altura de la calle Montera y nadie me miraba, y eso que yo hacía todo lo posible para que se dieran cuenta de que yo sí que lo estaba haciendo con ellos y ellas. Y claro que me habían visto, unos diez metros más atrás, a un hombre vestido con una camiseta roja, un pantalón vaquero y una barba de una semana corta, de unos seis días laborables, un sueño japonés. Los demás hacían huelga de ojos caídos y yo robaba sus miradas aprovechando esa energía vacía. No querían ver a un hombre sentado, sino cruzarse con otros autómatas y robots tan perfeccionados que se parecen demasiado a los humanos de antes. Y es que de esos ya no quedan. Y yo hace mucho que vengo con mi silla, porque en esta calle es donde pasan todas las cosas y, si no pasa aquí, es que ni es verdad ni todavía se ha inventado.

Paco Umbral decía que cuando no sabía sobre qué escribir, aconsejaba ir a la Gran Vía madrileña y quedarse a observar. Él aseguraba que, en quince minutos, tenías como mínimo dos o tres historias que contar. Pero ahora la cosa se ha puesto bastante complicada. Vale que hay mucha gente enloquecida de un lado para otro, actuando y vistiendo de maneras muy distintas, pero todos por desgracia uniformados. Quedan algunos punkis, bastantes indies, demasiados pijos y los vagabundos invisibles, que sólo veo yo. Todos ellos encarnados en los heavies de la Gran Vía, dos hermanos a los que la performance se les fue de las manos. Durante años estuvieron haciendo de la inacción algo mucho más grande que Gandhi, que solo supo hacer el indio, cuando no se aprovechaba sexualmente de alguna jovencita menor de edad. Siempre será mejor estar delante de una tienda mítica de discos como fue Madrid Rock, que gand(h)ulear con niñitas indias verdaderamente pacíficas.

En 2022 es fácil encontrarse con Ayuso en esta calle. La presidenta me pide la silla y, de manera nostálgica, mira los atascos que se producen. Los bocinazos son para ella música celestial cantada por angelitos de voces tan claras y transparentes como las mascarillas encargadas por su hermano. El ruido es algo que a los políticos les gusta provocar y explicaría esta parafilia de la primera dama madrileña.

Me gustaría también decir que me he cruzado con los líderes de la oposición a Isabel, pero es que ni les pongo cara ni sé exactamente lo que hacen. Sé que una es médico y madre, pero con esos datos, la Gran Vía se me llena de posibles candidatas, si no lo son por la profesión, lo pueden ser por su función como creadoras de vida. No deja de ser irónico que, con lo poco que me gustan los políticos que tenemos, me da igual su ideología, no pueda criticar a estos por no saber nada de ellos. Ni falta que me hace.

Las mujeres visten la primavera con sus vestidos gaseosos y de un tacto imperceptible y, por lo tanto, soñado. Son las únicas que me preguntan qué hago en un sitio tan concurrido sentado en una silla en mitad de la calle. La no casualidad ha hecho que sean las más bellas las que se han acercado a mí. La empatía es algo que resplandece siempre. Preocuparse por los demás florece. No he sabido qué responderles. Me han tapado el sol con su luz y con eso me quedo. Ya puedo irme con la silla a otra parte y cobijarme a la sombra de la realidad escrita.


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Un comentario

  1. Avatar Lucía Ramos

    Supongamos que hablo desde Aquí,
    este lugar equidistante
    tomado para estar atenta,sin tensión,
    sin celar, sin ser vista, sin ningún fín.
    Lo por~venir espero… …. …. ….
    se sucede•n• tan a prisa que no llega,
    o ya ha pasado y no lo ví.
    Será simplemente que no me reconozco
    con nada, o todo ya está Allí..?
    ¿Le debo tanto al mundo que la vida
    ya pasa de largo y sola?
    Esperaremos al carnaval para tomar
    asiento de suegra, que gracias al bicho
    será en verano, dios mediante y nos mandan
    a aguardar.
    ¡Cúanto alivio dá el pensar,
    me permite gratuitamente
    colocarme en ningún lugar!..
    No se me ocurre ultimamente
    darle valor a casi nada…
    porque en menos de nada,
    me pasan la cuenta.
    Gracias de nuevo,
    me gusta mucho sentir
    que andando o sentados
    hay alguien Ahí.

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