Los políticos se excitan cuando llega esta época. Hay algunos que salivan cuando huelen el trono. Hay otros que se frotan las manos al imaginarse con la vara de mando. Más que elecciones, son erecciones, porque se produce mucho culto al líder; mucha oda a los tuyos; mucha ‘cama redonda’ con los camaradas; mucho beso efusivo ahora que se acabó oficialmente la pandemia; mucho orgasmo verbal en los mítines…
Esto empieza ya. Carteles, pancartas, enaras, vallas publicitarias… Una orgía de celebración partidista para quedar por encima del rival. Nadie debe rechistar. Nadie como los asesores sabe hacer café a los candidatos. Todo lo que sube, baja, pero luego vuelve a subir. Muchos de los sacerdotes y sacerdotisas de estas misas urbanas que son los mítines tienen el don de lenguas. Las alcaldables se colocan la serpiente por el cuello y se contonean por los atriles como Salma Hayek en Abierto hasta el amanecer, dejando sus efluvios en el personal boquiabierto. Los alcaldables se hacen un Magic Mike (más bien, un Full Monty) para dejar sus vergüenzas al aire, porque todo suma.
De repente, los candidatos hablan de todo y de todos. Hay que conquistar a la cámara. Miradas penetrantes que se entrelazan entre himnos y banderitas. Hay que llegarle al votante. Hay que acostarse con el ciudadano, hacerle un Nueve semanas y media político y, así, metérselo en el bolsillo.
Hacer un home run, mojar el churro, rellenar el pavo, bailar el mambo horizontal, echar un fortnique, poner a prueba la suspensión trasera, vaciar el cargador, jugar al teto, soplar la nuca… Todas las formas lingüísticas de decirlo, las que ustedes quieran. Pensábamos que buena parte de la población votaba con el corazón, pero puede ser que lo hagan con otro órgano.
Los afiliados y compañeros de partido se convierten en amigos con derecho a roce en los mítines, dando besos y abrazos por doquier. ¿Se intercambian fluidos? Casi. Extrema y dura necesidad de palpar a los que, en un futuro, decidirán con su vara el destino de esos cuerpos. Fue Pablo Iglesias el que dijo aquella frase tan recordada en un programa de Risto Mejide: «Follar es absolutamente fundamental durante la campaña».
Los políticos se comportan como las grandes espías del Telón de Acero: seducir, lograr el objetivo y si te he visto no me acuerdo. Nos utilizan como auténticas prostitutas del voto y luego no se quedan a desayunar. Ni a dormir siquiera. Un mete-saca rápido cada cuatro años y vas que chutas. En el amor y en el sexo también hay promesas incumplidas. Y, como en la vida, nos la meten doblada.
Siguiendo con el paralelismo del sexo, el alcaldable es como esa candidata a pasar la noche contigo, que flirtea hasta más no poder y al final no vale la pena tanta farfolla, porque te deja con los andares del pingüino, solo y desvalido. O se convierte en una dominatrix vestida de cuero negro que te fustiga con una montonera de Fondos Next Generation y con inversiones a tropecientos años vista. Pero no hay descarga orgásmica. Mucho ruido y pocas nueces. Mucho lirili y poco lerele. Sadomasoquismo político con máscaras de látex.
El ciclo de respuesta sexual es la manera en la que reacciona el cuerpo ante la estimulación desde el inicio hasta el final de una relación sexual. Se desarrolla en cinco fases diferentes: deseo, excitación, meseta, orgasmo y resolución. Si lo extrapolamos a la política, hay afiliados, votantes y asistentes a los peep shows de los alcaldables que, cuando oyen desgañitarse a los dueños de los pasquines, pueden sentir deseo y excitación, pero nunca meseta (intensificación de la excitación) ni orgasmo (todos sabéis lo que significa esta palabra). Más bien se pasa directamente a la fase de resolución, en la que el cuerpo recupera el estado en que se encontraba antes de la fase de excitación. El ritmo cardíaco, la respiración y la presión sanguínea descienden incluso por debajo de los valores normales. Así nos tienen nuestros representantes, con el semblante de un frígido.
Si la urna es la vagina, recomiendo que nos la envainemos esta vez, porque el gatillazo está asegurado. Mejor será practicar el onanismo en casa esperando los resultados electorales con el ansia viva de la deslegitimación de la sádica partidocracia.