¿Cómo buscar un sentido a una vida fuera del capitalismo? No es fácil explicarlo, pero estos muebles que ahora voy a pintar con colores de El Bosco espero que no resulte en vano
El hombre transmoderno -utilizaremos este término para rechazar lo estudiado y letalmente aplicado en esta aún cercana filosofía de la posmodernidad- tiene dos opciones: el apego al sistema o la rebelión contra éste. Esto es lo que hoy en día está sucediendo en el mundo.
Entendamos por mundo los dos mundos: uno que vive en los conventos orificados y que ya han conseguido que el agua cotice en Wall Street por culpa de los inmensos avances de la democracia capitalista.
El capitalismo pseudodemocrático ya ha lanzado el mensaje de que hay posibilidad política y social y económica y cultural -la cultura, según vi ayer en un documental, dijo Antonio Machado, es el olmo seco, mas con brotes de primavera, capaz de transformar no sólo la sociedad, sino la mente de los pueblos acribillados por estos lirios atómicos-, si dicho mensaje se apoya en el besamanos de los falos billonarios con el objetivo alienante de obtener beneficios rápidamente y construir un Estado de Bienestar donde la ciudadanía permanezca quieta y sin respuesta ante determinados postulados sociales.
Y el otro mundo -el del Nuevo Hombre que ya ha abierto sus pergaminos amarillos, aunque silente y con amor amando-, que es el que ya se ha dado cuenta que el capitalismo sólo nace desde una mentira y una mascarización de sus alianzas culturales y macroeconómicas entre los países prósperos.
Es este otro mundo el que sobrevive gracias a las limosnas del primer mundo, el cual fagocita al débil para fortalecerse a sí mismo y anchear sin límites los resultados de producción de mercancías.
La mercancía es el principal río Hudson que nos conduce al morir, tras concluir la aventura del magno río arrozado por el Gran Capital. Y es que sucede que, sin mercado, no se origina riqueza y sin riqueza el capitalismo se derrumba.
Bajo el yugo de los países ricos
El mundo pobre ha sido obligado a vender su patrimonio natural -materias primas, petróleo, gas natural, diamantes, metales, uranio, costas, tierra fértil, silicio, litio y tantísimos largos etcéteras- sin el acompañamiento de un crecimiento económico que posibilite escapar definitivamente a la ciudadanía devaluada por razones acumuladas y acumulantes de sus dirigentes, los cuales se lucran con los negocios que alternan con los países fuertemente capitalizados, dando como resultado la miseria más indecente y la pobreza más inhumana.
El hambre y las enfermedades -aquí orea todavía esta pandemia como una hierbecilla libre por reflexionar por la libertad en su posterioridad- supuran alrededor de unas tierras globales que se desprecian por parte del capital, el cual aprovecha para desmantelar todos los bienes públicos de las naciones con menos presencia y voto, desterrando la intervención en la Organización de Naciones Unidas.
El culto al mercado obliga a que el mundo proscrito se abalance sobre éste con toda su infamia y con la ausencia de la presencia de los derechos humanos. El capitalismo destruye en general toda civilización. ¿Cómo ocurre dicha aberración? It’s easy. Anegando para siempre la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Resolución 217 A (III) el 10 de diciembre de 1948 en París y reformulados a partir de la carta de San Francisco de 1945. El capitalismo no obedece a esta resolución y evita su cumplimiento porque le impide expandirse por el planeta y gestar la anulación de la declaración firmada en París después de la Segunda Guerra Mundial. La unión de esta declaración -básica para su cumplimiento en un momento de posguerra donde era necesaria la alianza entre países que habían sido devastados por el fascismo- y los Pactos Internacionales de Derechos Humanos y sus Protocolos que comprendían la Carta Internacional de Derechos Humanos, procuraron constituir un documento orientativo, donde las alianzas se afianzaran según los tratados internacionales que obligaban a los Estados firmantes a cumplirlos.
Pero -y he ahí mi crítica, que es una plancha que arruga las camisas negras- lo que se pensó en aquella posguerra terrible y demoledora de arquitecturas y bellezas de los distintos países que se aliaron contra el social-nacionalismo de Hitler y el fascio de Mussolini, en estos momentos del siglo XXI se ha desvirtuado con plenitud y prácticamente ha desaparecido, obstruyendo la buena voluntad del DUDH.
El capital no cree en el hombre, sólo en la mercancía.
Constato, gracias a la sexualización de mi escritura no demasiado reflexionada, pues, que prevalecen dos mundos. Un mundo que destruye y el otro que es destruido.
¿Cómo salvar esta barbarie y esta enajenación de la explotación que únicamente genera vergüenza y descrédito? La tarea es ardua, muy dificultosa, casi imposible, digamos incluso que utópica. Sin embargo, desde un optimismo en la raza humana, en la generosidad del hombre, en la compasión de la existencia, en la adivinación que alterna el mal hacia el bien, sospecho que de aquí en pocos años la faz del planeta cambiará y los que ahora son oprimidos escaparán de su propio hundimiento moral y cívico para penetrar, aunque con sombras, en un paralelo que garantice la convivencia y la armonía una vez desaparecido el capitalismo y las consecuencias de éste.
Para ello, hay que facilitar que los pueblos desheredados consistan en una rebelión pacífica desde su nacionalismo socializador y humanístico. Fantaseo en esta realidad sobria que, dentro de varias décadas, el paso fronterizo entre unas naciones y otras llegará a desaparecer. Para ello, cuando esto ocurra, el mundo expoliado debe haberse construido a partir de los avances tecnológicos, culturales, sociales y políticos, los cuales facilitarán la intercomunicación con el mundo privilegiado.
El hambre siempre posibilita el despertar de las conciencias y la mayoría de edad de la inteligencia. De eso estamos seguros. Sófocles nos arpea en Antígona:
Muchas cosas, deinón, existen, pero ninguna más que el ser humano. Cruza el grisáceo mar en medio del viento tempestuoso del invierno, avanzando sobre las henchidas olas. Y a la más excelsa de las diosas, la imperecedera e inagotable Tierra, la consume arándola año tras año con sus mulos.
Por otra parte, somos muy conscientes de que este proceso debe realizarse sin el mínimo brote de violencia, pues la violencia impide el crecimiento formal y ontológico de las naciones. Vendrá un nacionalismo comunitario y comunero desde este mundo del sur que sujetará sus principios locales y optará por la regeneración de los pueblos en su reinvención del tiempo. La ética del tiempo o el tiempo de la eticidad bajando de los árboles más bellos.
La defensa del mundo del sur se untará de bienes propios y de acumulación de riquezas o crecimiento económico interno. Pero lo que me pregunto sentado en esta, mi silla de ruedas, es: ¿qué tipo de política o de manifestación económica elegirán estos países cuando lentamente vayan saliendo de su letargo de centurias? He ahí donde radica la controversia que deseo resaltar. Veamos:
Las nuevas naciones y su despertar
Si deciden que la forma más práctica para evolucionar como comunidades prósperas y abandonar, como huellas borradas, el pasado licoreado de tantos siglos de sumisión y de infamia el camino ya tan extendido por todas las zonas del planeta del capitalismo, mi intuición -la intuición es la saliva de una parte del córtex cerebral- levanta el rascacielos de un destino. ¿Por qué?
La respuesta no es fácil, pero sí llena de astucia práctica y definitiva. Preveo que, si este mundo proscrito opta, como en el caso de China en las últimas décadas, por el neoliberalismo, se producirá no un choque de civilizaciones, pero sí el efecto de las desigualdades y la inmanencia adhesiva a un tiempo en que la producción y el abuso del mercantilismo y el monetarismo traduzcan los errores cometidos por el neocapitalismo occidental de estos últimos tiempos, donde la diferencia entre los que se aprovechan de su codicia y de su ambición y los que están bajo el yugo de éstos agrande lo problemático y, por consiguiente, no se facilite la distribución de la riqueza entre todos los ciudadanos de todos los pueblos agotados ya por el mito de la Hidra.
La Hidra de Lerna, cual serpiente policéfala, continúa batallando con su holocausto triste y Charles Chaplin al ladito y jabonada de los países rubios, Wall Street, norteños más la lectura de ese monstruoso libro de Francis Fukuyama. La Hidra controla las redes sociales. Yo a estas redes las defino del siguiente modo: las almadrabas sociales. Que cada una o uno entienda como quiera la metáfora.
La alianza entre los pueblos históricamente poderosos y los que, desde la vocación por la mímesis del occidentalismo, sugieran que no hay mejor forma para salir de la nada y la soledad que esa misma mímesis, contribuirá al espejismo de una aparente evolución hacia el progreso sin contrarrestar los peligros que ello supone.
Hay que reinventar de nuevo un historicismo dialéctico o una forma de gobierno participativo y no excluyente
Si surge, como un mecanismo impulsivo el capital como forma de gobernanza, estos pueblos hoy marginados volverán a caer en una marginación entre la mayoría de sus ciudadanos, puesto que el neocapitalismo crea, desde el ingenio, esa avalancha de egoísmo, corrupción, intereses creados, manipulación informativa, control de la política por parte de los poderes financieros y una filosofía de vida que sólo conduce hacia la permanencia del poder por el poder mismo.
Por lo tanto, hay que reinventar de nuevo un historicismo dialéctico o una forma de gobierno participativo y no excluyente donde la igualdad, la libertad, la comunicación entre los hombres, el debate, las ideas, las asambleas constituyentes o la revolución social que permitan el paso del dolor y la agonía hacia la construcción de los verdaderos valores éticos que todo pueblo debe respetar y cumplir.
Por eso hoy más que nunca se presta, como un regreso que ya es futuro, una relectura o revisitación de Karl Marx y Fiedrich Engels -más todos los que bien entendieron el marxismo como tal y no aquellos que vieron en él una refundación anómala que apuntalara como base imponible no otra manifestación que la vía violenta- para aplicar sus estudios filosóficos, sociales, científicos, periodísticos, culturales, económicos, etc.
Pero esta relectura, como digo, debe hacerse de otra manera de lo que se ha venido realizando desde el siglo XIX y el siglo XX. Propongo una reinterpretación del marxismo, puesto que el marxismo implantado en diferentes países sobre todo en el siglo XX no obedecía al verdadero mensaje de Marx. Fueron sólo ensayos manipulados y no entendidos desde la complejidad que los escritos de Marx suponían.
Por ello uno, que en lucha contra la Hidra con el olor vivo del cadáver de Antonio Machado, a esta nueva evolución de los tiempos del XXI en que el capitalismo se está rompiendo como una madera acechada por un hacha, creo que hay que abrir nuevamente la alacena y esos días azules reconstruyendo ladrillo a ola o playa a vida aquellas teorías de Marx.
El marxismo en su fidelidad nunca será ruina, en caso tal, la Ciudad de Dios que escribió San Agustín, quien tintó lo que sigue: Ama y haz lo que quieras.
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