persistencia memoria

'La persistencia de la memoria', de Salvador Dalí.

Opinión

Reponiendo España, un cuento demasiado real (I)

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Vivir en Madrid. Trabajar en Madrid. Disfrutar de las vacaciones en Madrid. Soy un reponedor de unos grandes almacenes que disfruta más colocando botellas de aceite y paquetes de azúcar en sus respectivas baldas que trabajando en una oficina

La gente que trabaja en ellas me da asco. Son gente aburrida, amargada, criticona. Ningún trabajo de oficina es necesario. Ningún trabajo es necesario. Personas que teclean en sus ordenadores datos que, combinados, hacen que ese cerebro informático sí tenga las suficientes herramientas para realizar una labor necesaria. Siento lástima por esas sillas que soportan esos culos sudados de hombres y mujeres embutidos en sus trajes de chaqueta comprados en Zara o en El Corte Inglés. Ese líquido es peor que la orina de una morsa enferma. El capitalismo es un atuendo que nos debe salir barato para querer seguir arruinándonos en él. Las y los culos sudados se creen que su labor es necesaria, que están realizando algo para lo que se han preparado y que por tanto, quien no lo ha hecho, no puede ser capaz de realizarlo. Cualquier tarea ofimática y administrativa me revuelve el estómago. Os podéis meter ese control de la información por esos culos líquidos que se os deshacen, dos montañas carnosas junto a un gran lago. Tenéis unas mierdas de trabajos y alguien os lo tenía que decir.

Madrid en 2020 es una oficina enorme. España es una más grande aún. Estudié una carrera cuyo fin era acabar en una de ellas. Yo no quería terminar en uno de esos lugares donde cada día sería sodomizado por mis jefes y ejercería de Satisfyer para mis jefas. El premio de consolación en España a acabar una carrera es encontrar un empleo. La lotería te toca el día que puedes abandonarlo y puedes empezar a vivir tranquilo. Yo no quiero comerle el coño a una directora de recursos humanos que se piensa que el suyo le huele a jazmín fresco, como una mañana otoñal con su brisa bailarina y su sol sobre el que sentarse. El coño de directora huele a rancio, a señores mayores que ocuparon durante mucho tiempo la poltrona que ahora ocupa ella. Pero ella ahora no lo hace mejor, tampoco peor. Lo único que ha cambiado es que ahora se ha querido maquillar la cosa.

Diosas de gimnasio

Un jefazo en una oficina será siempre un o una hija de puta de la peor calaña, pues en eso consiste su trabajo. No seré yo quien sexualice el trabajo, nada menos erótico que estos entornos laborales, aunque te estén jodiendo a cada momento. No seré yo el que sea uno de los que dicen que los mejores jefes que ha tenido han sido siempre mujeres, hombres que hasta hace un par de años no podían quitar sus ojos de sus pechos generosos, que se hinchan como si una mariposa batiera sus alas por una alegría incontenida. De sus culos tersos, duros, redondeados… El gimnasio crea diosas donde el cerebro, la empatía y la delicadeza desaparecen de las miradas masculinas de esta calaña. Pero que ahora se han dado cuenta, o sería mejor decir, les han hecho darse cuenta que las mujeres además de cuerpo, tienen cabeza, ilusiones, sueños, retos. Yo eso ya lo sabía y por eso puedo seguir disfrutando de la belleza femenina como siempre he hecho, de sus mentes aún con más curvas. Las mujeres son carreteras y yo sigo sin tener carné de conducir.

Puede que no sepa nada de las mujeres, pero sí sé qué siento cuando observo a alguna que me gusta y en eso no se puede meter nadie, ni feministas, ni machistas, ni mediopensionistas. Admiro su belleza física, las que la poseen, que no son todas, esa intriga que siempre suscita en el hombre su pensamiento, que es lo que realmente quieren hacer, su capacidad de trabajo, de constancia cuando tienen claro lo que quieren y cómo luchan para conseguirlo, su empatía con los más débiles, cómo me han cuidado cuando saben que lo he necesitado. También he conocido algunas que tenían todos estos valores alterados y los abandonaba como a unos zapatos viejos. Mujeres que huelen a pies muertos.

Trabajar de reponedor hace que tu pensamiento sea una cosa tuya, es lo que tiene trabajar en algo que se hace de manera automática, sin pensar. Y es que precisamente, siempre he pensado que lo más importante que tenemos las personas son nuestras ideas y pensamientos, y que en ellos no puede ni debe meterse nadie. En mi pensamiento mando yo. En un trabajo más cualificado o en el que es necesario prestar más atención a lo que se hace, es difícil, por no decir imposible mantener el pensamiento en lo que querías mientras tu atención no puede dejar de hacer lo que la obligación del trabajo le dicta.

Dedicarle ocho horas diarias de tu pensamiento a algo que no sea en tu esencia me parece la mayor de las dictaduras encubiertas

Dedicarle ocho horas diarias de tu pensamiento a algo que no sea en tu esencia me parece la mayor de las dictaduras encubiertas. Si no puedes pensar en lo que te interesa te conviertes en un ser sumiso que realizará los pensamientos de otros. Mientras repongo, sueño con escribir, que es mi principal pasión y lo que más me llena. La carrera que estudié solo me hizo perder el tiempo y no escribir nada interesante, solo exámenes. Lleno un carro con muchas cajas de distintas marcas de aceite, algún compañero me dice que tenga cuidado, que a ver si se me va a caer alguna y empiezo a perder aceite. Mi compañero es votante de VOX y lleva una pulsera con la bandera de España en su muñeca izquierda. La típica gracieta homófoba de una persona simple, como demuestra lo que sale por su boca. No puedo evitar volver a pensar en mis ex compañeros de trabajo de oficina, cuando a la mente se me viene el concepto de culos aceitosos. Nunca le río la gracia a mi compañero, es más, casi siempre le suelo contestar lo mismo, siempre llevo hasta las últimas consecuencias lo de no pensar en el trabajo, y le digo: “Ojalá sea así y te resbales y tu cabeza vaya a parar a la bragueta abierta del coordinador de sala (que reconoció su homosexualidad harto de los cuchicheos y habladurías, y que todos sabemos que se gasta buen instrumento, cuando nos cambiamos junto a él en el vestuario y que se llama Santiago, como su amado líder), hasta agujerearte el cuello o la nuca, eso según caigas”. Se ríe, pero de ahí no pasa.

Esa masculinidad malentendida puede que sea lo peor que llevo de este trabajo, pues es algo que nos hace daño a todos (los hombres). El que ha hecho el comentario es junto a mí, el único reponedor español, el resto son sudamericanos y uno marroquí. Nunca ha hecho un comentario racista, la valentía queda a un lado cuando es cuestión de mayorías. Con un homosexual soy valiente, con seis ecuatorianos y dos peruanos, entro en una diarrea sin dique. La gentuza no es tonta y la maldad menos. Los tontos y los bondadosos sí que son gente y además mucha, tanta que a veces hay quien los confunde, y es una pena que así sea.


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