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El papa León XIV, en el Estadio Santiago Bernabéu. / EP

¿Por qué se llenan los estadios para ver al Papa y no las iglesias?

Actualizado 11/06/2026 11:54

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Cada vez que un Papa visita un país se repite la misma imagen: estadios llenos, multitudes en las calles, personas esperando durante horas para verle pasar. Entonces surge inevitablemente la pregunta: si la Iglesia está en crisis y las parroquias parecen vaciarse, ¿cómo es posible que cientos de miles de personas quieran ver al Papa?

La cuestión merece una reflexión serena. Porque quizá la pregunta está mal planteada.

En primer lugar, conviene desmontar un tópico. Las iglesias no están vacías. Cada domingo se celebran miles de misas en España y participan en ellas cientos de miles de personas. De hecho, sumando todas las celebraciones dominicales del país, probablemente la asistencia supera ampliamente la de muchos espectáculos deportivos o culturales. Lo que ocurre es que la participación religiosa ha disminuido respecto a generaciones anteriores y esa disminución resulta visible.

Pero entonces, ¿por qué una visita papal genera un entusiasmo que muchas parroquias no consiguen despertar?

La respuesta tiene que ver con la naturaleza de los acontecimientos extraordinarios. Un Papa no es simplemente un sacerdote más. Representa una referencia universal, una figura que trasciende las divisiones locales y que conecta a los creyentes con una comunidad mundial. Su presencia despierta el sentimiento de pertenecer a algo más grande que uno mismo.

Sin embargo, sería un error conformarse con esta explicación. Existe también una cuestión pastoral que la Iglesia no debería ignorar.

Muchos fieles siguen teniendo hambre espiritual, pero no siempre encuentran respuestas en la vida ordinaria de algunas comunidades. A veces las homilías resultan previsibles, excesivamente abstractas o desconectadas de los problemas reales de las personas. En ocasiones falta capacidad para dialogar con las inquietudes culturales de nuestro tiempo. Otras veces la liturgia pierde fuerza comunicativa y termina percibiéndose como una obligación más que como un encuentro transformador.

El contraste con una visita papal resulta entonces revelador. Allí hay un mensaje esperado, una experiencia compartida, una emoción colectiva y una sensación de participar en un acontecimiento significativo. Las personas buscan sentido, inspiración y esperanza. Cuando los encuentran, responden.

Quizá la pregunta importante no sea por qué se llenan los estadios cuando viene el Papa. La verdadera pregunta es qué puede aprender la Iglesia cotidiana de ese fenómeno.

Porque el éxito de una visita papal demuestra que el interés religioso no ha desaparecido. Lo que ha desaparecido, en muchos casos, es la capacidad de conectar con quienes siguen buscando respuestas. Las multitudes que acuden a ver al Papa no son la prueba de una Iglesia fuerte ni de una Iglesia débil. Son la prueba de que existe una sed espiritual que continúa viva. Y toda sed plantea una responsabilidad: ofrecer agua fresca.

La Iglesia no necesita convertirse en un espectáculo. Pero tampoco puede olvidar que el Evangelio nació como una buena noticia capaz de conmover, interpelar y cambiar vidas. Cuando esa fuerza se percibe, las personas acuden. Cuando no se percibe, se alejan.

Los estadios llenos para recibir al Papa quizá no contradicen las dificultades de las parroquias. Tal vez las ponen de manifiesto. Pero también muestran una esperanza: que el deseo de trascendencia sigue habitando el corazón humano, incluso en una sociedad que se declara cada vez más secularizada.

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Imagen de Luciano Pou
Luciano Pou
Teólogo, filósofo e historiador

2 respuestas

  1. Hola buenas tardes soy Gonzalo pienso que al ser la autoridad superior de la Iglesia católica hace fuerza y por eso se llena el Papá o los papás atraen a la gente.
    Luego habrá de todo pues por ir a la tele por ver al papá sin embargo las iglesias vacías. puede ser que no sean muy practicantes

  2. El Papa es el representante vivo de Jesús en la Tierra, es quién está puesto al frente por la Providencia, así que en él la gente -y digo gente, no cristianos-, ven un punto de luz, desde donde se canaliza toda la espiritualidad, el espejo donde cada cual encuentra respuestas a sus preguntas. El Padre a quién preguntar cuando un hijo no sabe bien qué hacer. Además Prebost es joven, llega a jóvenes y no tan jóvenes, llegó al papado con 67 años y eso no es edad hoy, tiene aspecto joven, voluntad, inteligencia, fortaleza (porque bien que ha aguantado la durísima semana en España); sabe hablar en varios idiomas y todos lo ven como alguien suyo. ¡¿Quién es el que dice que no tiene carisma?¡. A León XIV lo ven como hombre sencillo pero que está por encima del resto, en inteligencia, sencillez. Lo demostró con el «golazo» que ha metido en España. Si llega a vivir entre 1931 y 36 la Guerra civil nunca hubiera existido, porque mira que poner de acuerdo y en pie aplaudiendo durante más de 7 minutos a los socialcomunistas en el Parlamento; y pararon porque su humildad quedaba abrumada con tanto aplauso y decidió retirarse. Se ve un hombre bueno, con fuerza y en quien confiar. Es valiente y lo demuestra, es cordial y cariñoso; y a la vez tiene determinación para decir cuando procede: ¡»hasta aquí¡». Nada más con lo que en 20-30 minutos consiguió en el Parlamento, ya tenemos hilo para tirar para su proceso de canonización, que podría ser en vida, por qué han de ser santos solos quienes han muerto.

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