Играйте в Вавада казино - Где каждая ставка приносит волнение, а каждый выигрыш приближает вас к большим деньгам. Заходите на официальный сайт Вавада казино и вперед к победам!
llull tiro uno

El momento del tiro decisivo de la final de la Euroliga, que ganó el Madrid por un solo punto (78-79).

Deportes, Opinión

La parábola de Sergio Llull

Comparte este artículo:

Quedan 12 segundos en el crono. Te has preparado toda tu vida para este momento

Todas las carreras, las caídas, las broncas, los sinsabores, los palos, los pitos, los entrenamientos al filo de la medianoche en una cancha con goteras, los partidos tempraneros del fin de semana, sábados sacrificados por un sueño, tu primer balón de nylon que, poco a poco, se fue convirtiendo en uno de cuero dorado, las pullas de la prensa, las palmaditas en la espalda que escondían puñales afilados, el aprendizaje del inglés para poder entender al entrenador y a tus compañeros, las lesiones, los viajes a horas intempestivas, la comprensión (o no) de tus padres, de tu familia…

Una vez más, el deporte se convierte en el gran libro de texto de la vida. Sacar el número uno en las oposiciones a inspector de Hacienda o lograr que un político cumpla su compromiso con el pueblo. Esta noche cruzamos el Misisipi de la mano del baloncesto.

El Madrid hizo un imposible, un salto con doble tirabuzón en esta Euroliga que acaba de terminar. Lo tenía todo en contra esta vez. Tuvo que remontar un 2-0 en los cuartos de final ante el Partizan de Belgrado, dirigido por el mejor entrenador de la historia de esta competición, Zeljko Obradovic, un Everest que nadie había culminado nunca. El equipo de Chus Mateo tuvo que purgar sus pecados procedentes de la más honda frustración con sanciones disciplinarias tras una tremenda pelea sobre la cancha al final del segundo partido. Tuvo que salir lo mejor de cada miembro del grupo para conseguir el objetivo. Lo que ahora se llama resiliencia es la convicción y la perseverancia de toda la vida. Y la humildad suficiente como para bajar al barro hasta encontrar la llave en el fondo de tu talento.

Son muchos prismas de una realidad alentadora. No siempre los jóvenes tienen la varita mágica de la gloria. A veces, los viejos rockeros vuelven para protagonizar el mejor concierto de su vida. Fue el caso de Sergio Rodríguez, de 36 años de edad, que compuso una odisea de Homero en el quinto partido ante el Partizan y volvió a quemar las naves con música de Wagner en las semifinales contra el eterno rival, el Barcelona. Y también en la final frente a Olympiacos.

Y volvemos al principio. Volvemos a una escena de película muy real. 12 segundos. Sergio Llull, base-escolta de 35 años y ganador de casi todo con España y de todo lo ganable en el baloncesto de clubes, bota el balón. Bloqueo y continuación de Tavares. Cambio de asignación. El base menorquín, que mide 1,90 metros, se encuentra con Moustapha Fall, un pívot francés de 2,18 que levanta su brazo hacia el cielo hasta llegar a los 2,70 de altura aproximadamente. Cualquier ser humano, ante esa bestia, hubiera doblado el balón. Pero esta leyenda viva del deporte español no. Desafiando las leyes de la Física, lanzó la pelota con una parábola imposible que tenía toda la pinta de no tocar el aro o salir despedida violentamente del mismo. Pero entró. Y fue tiro de partido y de campeonato. Eran sus dos primeros puntos, otra estadística loca que demuestra que, en la vida, no hay que arrugarse. Hay que atreverse, hay que encarar las adversidades sin miedo. Y no es la primera vez que lo hace el mago de Mahón:

Nadie logró nada siendo acomodaticio. Las grandes revoluciones siempre empezaron con gente que exploró lo desconocido, que se atrevió a decirle que no al poder establecido, que no se arredró ante la tradición ni ante la injusticia. Esfuérzate y, al final, la vida encuentra el camino para darte tu momento, para equilibrar la balanza de rosas y cruces.

El tiempo debería pararse ahí, en lo más alto de la parábola de Llull para escuchar los latidos a cámara lenta y la respiración profunda. Da igual que no te guste el deporte de la canasta. Da igual que no te guste el deporte. Hay que ver este partido entero para entender que el destino no está escrito, que hoy es siempre todavía, como decía Antonio Machado, y que hoy es mañana, como decía Apollo Creed. Se puede remontar si uno cree en ello. Se puede llegar a la victoria si la deseas más que el rival.

No dejes pasar esa oportunidad que se te acaba de presentar porque pienses que no puedes o que no debes. En estos tiempos de sequía, más que nunca tenemos que ser agua para adaptarnos a las situaciones adversas y aprender de ellas hasta dominarlas y superarlas. No dejemos que suene la bocina sin haber intentado el tiro con seguridad, con la convicción de creernos los mejores. No pasemos por el aro del qué dirán y no escuchemos a los frustrados que siempre dicen: «Esto no se puede hacer».

Gestión del tiempo, capacidad de decisión, trabajo en equipo… No estoy hablando de baloncesto sino de factores clave en el desarrollo personal y profesional de una persona. La parábola de Llull cobra toda su dimensión en la polisemia de la palabra. Por un lado, es una curva abierta cuyos puntos son equidistantes de una recta y un punto fijos, formada por dos ramas simétricas respecto de un eje, y que resulta de cortar un cono circular recto por un plano paralelo a una generatriz. Por otro, es la narración de un suceso fingido del que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral. Sólo que el de Llull no es un suceso fingido, sino muy real. La curva del aprendizaje es mejor vivirla con base en hechos reales.

Pero él solo no logró la Euroliga. El Madrid logró la undécima con una moraleja que se recordará por siempre: la esencia de la felicidad es cuando el esfuerzo compartido da sus frutos al máximo nivel, aunque silben balas, torpedos y flechas alrededor. La química, unida al esfuerzo colectivo y al talento individual puesto al servicio del grupo, son imbatibles. Nada habría celebrado el jugador que dijo no a los Houston Rockets sin el trabajo de Tavares bajo tableros, sin los triples y la defensa de Causeur, sin el temple del Chacho, sin la intensidad de Musa, sin la tenacidad de Rudy…

Pedagogía e historia se cruzan para enseñarle a pequeños y grandes que siempre hay esperanza, que nunca el tiempo es perdido. Uno se reconcilia con el mundo cuando siente que ha puesto una semilla que germina en alegría para los demás. Y eso se puede hacer no solo a través del baloncesto sino en todos los ámbitos de la vida.

Suena la canción de Queen en el Zalgirio Arena (Kaunas) y en nuestros corazones. Y no es porque seamos del Madrid sino por la empatía que sentimos cuando contemplamos las maravillas que puede hacer el ser humano si dejara de prevaricar, traicionar, malversar, meterse en guerras absurdas o procrastinar. Si siempre nos centráramos en mejorar un poquito cada día, en desplegar el poco o mucho talento que tenga cada uno sin dejarlo morir y en disfrutar de lo que hacemos sin complejos ni añoranzas vanas de otro tiempo vivido, de la mano del prójimo, todos podríamos ser como Llull.


Comparte este artículo:

Un comentario

  1. Enhorabuena. Muy buen articulo. Vivir sin el complejo del miedo al fracaso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*