El escritor alemán Michael Ende, creador de la célebre novela fantástica ‘La historia interminable’, dijo una vez: «Vivimos en una despiadada sociedad de competencia y rendimiento. A la imaginación se le deja funcionar para que desarrolle nuevas ideas de producción… Así, la imaginación se atrofia, enferma y muere. Eso hace enfermar también a las personas»
Los intereses creados, la necesidad de ganar dinero para mantener a tu familia, el miedo a dejar tu ciudad, la cultura del entretenimiento, los cumpleaños de los amigos de tus hijos pequeños, el club social con piscina, la necesidad de mantenerte cerca de tus padres, los complejos, los problemas en el trabajo, los lazos familiares tóxicos, el miedo a lo desconocido, la barrera del idioma, el muro del aprendizaje a cierta edad, el nivel de exigencia de los demás, las manías, el sentimiento de pertenencia, el pánico al fracaso, la falta de tiempo, la procrastinación… Todo puede justificar en mayor o menor medida el abandono del poeta Halley (canción de Love of lesbian), es decir, la imaginación pura y brillante de ese niño que llevamos dentro.
La sociedad actual funciona como una brida que atrapa tu imaginación, que debilita la capacidad natural del ser humano para desarrollar sus potencialidades. Si te sacan de tu zona de confort, la seguridad en ti mismo, en tus capacidades y habilidades decrece rápidamente.
Canciones como Shine on you crazy diamond o Starway to Heaven se escribieron en una época en la que en cada casa, como mucho, había una pantalla. Ahora, en una familia de tres miembros suele haber seis pantallas entre móviles, tabletas, ordenadores y televisores. Dos por barba. Además de una videoconsola y un disco duro externo con tropecientas películas y series. Y las omnipresentes plataformas audiovisuales, que son un gran invento, pero van a acabar con esa experiencia maravillosa que supone ir al cine, habida cuenta de cómo está bajando la asistencia a las salas de forma paulatina.
Las plataformas audiovisuales, el nuevo opio del pueblo
Tantas plataformas audiovisuales, que existen gracias a la materia gris de los guionistas, sirven paradójicamente para idiotizar a muchas personas que, sin tanta cultura del ocio, pondrían su talento cada día a disposición del esfuerzo personal y colectivo. Sin ideas no hay industria, pero la industria puede matar a las ideas.
Además, el usuario de Netflix, Amazon Prime, Disney+, Movistar+, HBO Max, Apple TV, Rakuten, Filmin o Pluto suele padecer ansiedad cuando coge el mando y empieza a mover el cursor de película a serie, de serie a documental y de documental a miniserie. Han pasado 20 minutos, son las 23:30 horas y ya no me da tiempo a ver un filme completo. A la cama.
Se desperdicia un tiempo precioso que podría servir para coger un libro o una revista especializada (sí, sigue habiendo revistas en papel de deportes, cine, música, ciencia, economía, política, caza, pesca, videojuegos, corazón…), meditar, ponerte al día (en todos los sentidos) con tu pareja, jugar a un buen juego de mesa, hablar por teléfono con un ser querido (guasap no) o hacer ejercicio.
Tenía un maestro que me daba Sociedad e Inglés en el colegio, Enrique Bernabé, que decía que la TV (eran los años 80, ahora dirá que es el móvil) atontaba a la gente. Predicaba con el ejemplo, porque él, en lugar de tragarse el Un, dos, tres, escuchaba discos de rock. Su bagaje cultural se desarrolló mejor que el de mi generación, porque no tuvo que lidiar con la eclosión de la cultura audiovisual ni con el cine en casa, desde el Betamax hasta el caos a la carta de ahora. Es la diferencia entre leer El nombre de la rosa o ver El nombre de la rosa, aunque Sean Connery haga de puta madre de Guillermo de Baskerville.
La huella del asfalto ya no impregna los tobillos de los niños. Sobreprotegemos, pero no leemos. Dogmatizamos, pero no reflexionamos. Nos quejamos, pero no contribuimos. Nos ofendemos, pero no respetamos. Valores desordenados, deshilachados, que no remontan, que se ahogan en un mar de prejuicios. Tenemos culturilla, pero nos falta cultura. Leemos las frases de las galletitas de la suerte y nos creemos que ya no hace falta leer ni a Tagore ni a Ortega y Gasset. Hacemos como que sabemos y, a los 30 segundos, ya hay varios likes que nos pasan la mano por el lomo. Dime cuántos seguidores tienes y te diré quién eres. Esta numerización de las personas no pudo vaticinarla ni don Enrique. Bueno, sí, ya estaba escrito en Un mundo feliz. Y 1984 es una novela que habla de lo mismo: la falta de imaginación de las personas, como consecuencia del carácter vegetativo de su bagaje cultural y emocional, prende la mecha del miedo y cualquier hombre bajito con bigote recortado, mala leche y nulos escrúpulos puede manejarlas a su antojo.
Talento al servicio de una causa noble
Hay que vivir sin dejar de pensar a lo grande. El inconformismo te da la medida de la realización personal. Bueno, esta frase parece dicha por un coach, pero conecta con la idea fuerza de este artículo: si no mueves tu cerebro en distintas direcciones, el pensamiento unidireccional se apoderará de ti y te convertirás en un radical o, lo que muchos llaman, un trol.
Hay que poner el talento al servicio de una causa noble, de una trascendencia cultural, de la mejora de la especie humana, de la evolución. Hay que evitar a toda costa la censura que tratan de imponernos desde las grandes corporaciones para que seamos todos oficinistas tristes vestidos con traje gris poniendo sellos compulsivamente a millones de documentos sin leerlos siquiera. Más velas y menos velos. Más miradas y menos palabrería. Más comprensión y menos profetas.
Y ahora, si me lo permiten, voy a leer un cómic del Caballero Luna en lugar de ver la serie, porque quiero disfrutar de la expresividad del dibujo (esa práctica que muchos perdemos cuando nos hacemos adultos) de Greg Smallwood y de la tremenda imaginación del guionista Jeff Lemire.
Como dijo hace unos días Carmen Maura en una entrevista, «desde pequeñita sabía que se me daba bien ser actriz porque jugaba muy bien a las casas de muñecas, me lo creía». Y, como ella lo vivía, lo hacía creíble a los demás. Es la imaginación, demonios. Dejemos volar la creatividad sin interferencias mundanas. Mantengámosla viva siempre, hasta nuestro último aliento.
Los hombres malvados y grises, robaban el tiempo para que l@s niñ@s no pudieran amar y jugar con lo vivo. Momo, que sabía muy bien mirar y escuchar a sus amig@s, comprendía lo que estaba ocurriendo. Momo no nos dejará nunca sol@s, ella vuela muy cerca, en nuestras cabezas… Casiopea le ayuda a inspirar, intuir e imaginar… hasta el final.
Yo creo qué donde más imaginación desarrollamos hoy en día es en averiguar de qué manera podemos crear un sistema político en el que no nos roben. Yo le vengo dando vueltas a ese asunto porque ya me cabrea bastante enterarme de que los robos son cada vez más descarados y más frecuentes. Pero, no solamente nos roban el dinero nos roban hasta la justicia, esto sí que tiene migas.
Y nada más que darle vueltas a la cabeza sobre el hermano del Ayuso, no se me va de la olla…
Y bueno, no es que yo vaya mirando como nos engañan los de la derecha, que yo miro para todos lados, no soy como algunas, o algunos.
Y bueno lo que yo quería imaginar a ver si se puede llevar a la realidad es que me todo se podría desarrollar para que el robo en política no sea una noticia.
Una sociedad que no imagina, está condenada. Hay varias sentencias claras ya.