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Iván Redondo, jefe del Gabinete de la Presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez.

Opinión, Política

El ‘indultazo’ se vuelve contra Pedro Sánchez y amenaza con destruir su poder

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El indulto de los golpistas catalanes, compromiso secreto que Pedro Sánchez ha contraído con sus socios nacionalistas catalanes, ha desatado en España una tormenta de oposición tan intensa y viva que se ha convertido en la mayor amenaza a su poder y en la principal causa de su fracaso como político. De hecho, aunque todavía no se haya producido, la intención de indultar a los presos golpistas ya ha desgastado a Sánchez más que cualquier otra decisión o realización de su criticado, agitado y agresivo gobierno

El dictamen del Tribunal Supremo es demoledor porque desacredita el indulto y lo presenta como un acto temerario y hostil a la legalidad, pero lo que ha asustado a Pedro Sánchez todavía más es la oposición desatada en el propio partido socialista, donde se han pronunciado en contra Felipe González, Alfonso Guerra, Odón Elorza, los presidentes de Castilla la Mancha y Extremadura y muchos otros dirigentes y cuadros.

La opinión pública, como es habitual en el sanchismo, no ha sido escuchada ni se ha tenido en cuenta, pero sin duda es abrumadoramente contraria al indulto de los golpistas catalanes. Hay dos argumentos fundamentales que convierten esos indultos en indeseables para la ciudadanía: la falta de arrepentimiento de los presos catalanes que aspiran a ser perdonados y el hecho de que vayan a ser otorgados para pagar la factura del apoyo al gobierno de Sánchez que le dan los partidos independentistas catalanes.

Es tan intensa la oposición al indulto que Sánchez y los suyos no se atreven a concederlo antes del 13 de junio, cuando se realicen las primarias socialistas de Andalucía, porque saben que, si el indulto se concediera antes, la victoria sería de Susana Díaz (el candidato de Sánchez es Juan Espadas).

Ridiculización en redes sociales

Ni siquiera ha prendido en la sociedad el argumento esgrimido por Sánchez para conceder los indultos, en apariencia sólido, según el cual «hay un tiempo para el castigo y otro para la concordia». Las redes lo han ridiculizado y convertido en una burla al recordar que la concordia es el elemento más extraño y ajeno al sanchismo, caracterizado por su crueldad, rencor y venganza contra el franquismo y la saña empleada tanto en la aplicación de la Ley de Memoria Histórica como cuando desenterró los restos de Franco.

Sánchez, con su oscuro y tiránico intento de indultar por motivos electorales y por conveniencia propia, se ha precipitado al vacío y se ha enfrentado a una oposición que no esperaba, sobre todo la que ha surgido en las entrañas del PSOE, un partido al que él y sus secuaces creían ya plenamente domesticado.

El rechazo al sanchismo crece como la espuma en todos los ámbitos de España, incluso dentro del PSOE. Prueba de ello es que el alcalde de Sevilla, que está en vísperas de enfrentarse en primarias a Susana Díaz por el control del poderoso socialismo andaluz, realiza todo tipo de esfuerzos desesperados por sacudirse la etiqueta de candidato sanchista y protegido por la Moncloa.

Si estampa su firma, el rey se convierte en cómplice de algo que ha rechazado el Tribunal Supremo

Ser sanchista constituye en España, cada día más, un estigma que degrada y convierte en indeseable. Hasta hora parecía un fenómeno que se daba en los ambientes democráticos y de oposición, pero ya ha invadido también las entrañas del PSOE, donde la influencia de la vieja guardia y la oposición a Sánchez crecen cada día más.

La situación es tan grave para el sanchismo que su número dos, Iván Redondo, mas poderoso que cualquier ministro del gobierno, ha abandonado las sombras, que es donde se desenvuelve a gusto, y ha tenido que salir a la palestra política para afirmar, justificando a Sánchez, que a veces «se necesita un liderazgo valiente«, lo que equivale a afirmar que habrá indulto, aunque la opinión pública lo rechace.

El conflicto afecta directamente al rey Felipe, que es, según la Constitución, el que indulta, a propuesta del gobierno. Si estampa su firma, el rey se convierte en cómplice de algo que ha rechazado el Tribunal Supremo y que causa asco y vergüenza a la sociedad española, de manera ampliamente mayoritaria. Antes de firmar, debería pensárselo.


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