vineta la codorniz

Una de las viñetas que hizo Manuel Summers para la revista La Codorniz.

Cultura, Opinión

El humor en tiempos de crisis

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Tal y como yo lo veo, no nos preparan adecuadamente para la vida. Nos previenen prolijamente contra el mundo exterior, sin advertirnos de que las más funestas amenazas son invenciones de nuestra mente. El hombre no está diseñado para ser feliz. Su único reto biológico es permanecer alerta. Cuando nos percatamos de esta condena, nos refugiamos en el humor como escuela de vida

Bajo su liviana apariencia, esta arma letal es capaz de vencer cualquier tiranía. El humor siempre toma distancia para coger impulso. Al aplicarlo sobre un hecho concreto, obtenemos el mismo resultado que al apartarnos para contemplar un cuadro: el conjunto de la escena se revela con mayor nitidez.

Si nos detuviéramos a rebobinar, creo que todos podríamos señalar dos o tres experiencias que reafirmaron nuestra posición en la vida. Con 20 años, yo salía de una depresión. Me había matriculado en Humor: curso y discurso.

En aquel curso de verano celebrado en Roquetas de Mar, experimenté mi particular epifanía. Los conferenciantes eran las primeras figuras del humor gráfico español. Muchos de ellos provenían de la revista La Codorniz, cuyos números copaban la biblioteca de mi padre y tantas tardes de hastío habían supuesto un alivio.

Durante una semana me tocó convivir en pantalones cortos con los mayores genios del país. Chumy Chúmez nos ilustraba sobre cómo burlaban la censura en La Codorniz. Mingote era el humorista más serio que he conocido. Forges me dedicó un dibujo en el que dos hombres bailaban tango en una parada de autobús. Julio Cebrián nos llamaba “Estimados Catecúmenos”. Por las tardes nos bañábamos en la playa. Las noches transcurrían apacibles en algún disco-pub. La Ilíada era mi lectura en aquellos días.

Mi compañero de habitación era un hombre mayor. Quizás tuviera entonces mi edad actual. No recuerdo su profesión, pero era amable e instruido. Hablábamos de sus hijos, de la experiencia que vivíamos juntos. El humor para nosotros era algo muy serio. Nos decantábamos por aquél que se manifiesta con expresiones templadas, sin aspavientos. Una tarde mi compañero entró en el cuarto de baño mientras me cepillaba los dientes. Vio en una repisa una caja de Orfidal. Me miró como si fuera su hijo. Y me dijo con voz de luto: “Eres muy joven. Lo siento mucho”.

El viaje de vuelta comenzó en un autobús que me llevó a Sevilla. Mis padres me recogieron en coche, cruzamos el Puente del Quinto Centenario y conectamos con la autovía dirección a Huelva. No paré de hablar durante todo el trayecto, encaramado a la cúspide más alta, sin duda, de la ciclotimia. Después de dos años de tratamiento, había aprendido a identificarla, y a disfrutarla en su fase de euforia. Mis padres se miraban y sonreían al hilo de mis anécdotas.

Permanecí un momento en silencio, pensando en lo feliz que me sentía, en cómo el humor debía acompañarme, como el escudo de Aquiles, toda mi vida. Me acordé del regalo que me había hecho mi compañero de habitación antes de despedirnos. Le acerqué a mi padre la cinta. La introdujo en el reproductor del Seat 127. Y comenzó a sonar: “¿Saben aquél que diu…?”.


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2 comentarios

  1. Avatar Carmen

    Me encanta!!! Eres un genio del humor en estos tiempos que corre…sigue así retando.

  2. ¡La inteligencia se mide por el grado de humor de una persona!..
    Beneficios del humor: Bienestar, alegría, creatividad, diversión, nexo de unión, complicidad … La mejor medicina junto al Amor para curar los males del Alma y mente.

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