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Imagen tomada por Manuel Hernández de León en la que Tejero mira a los ojos al autor de la fotografía. / MANUEL H. DE LEÓN (EFE)

Opinión, Política

De Tejero a Nacho Cano

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Ya ha pasado el 23-F, menos mal. Qué soba informativa nos dieron el martes a cuenta del ‘tío ‘el tricornio’. Desde por la mañana a primera hora hasta el fin de la noche, todo el santo día con la noticia que no era noticia: el 23-F, la fiesta de la democracia. Relatada con pasión, con declaraciones, con testimonios, con documentos televisivos y radiofónicos, con reliquias… Como si la mentira cien veces repetida pariese una verdad

A las ocho de la mañana las ondas radiofónicas ya nos emitían el primer salmo a la hipocresía. El exitoso locutor de la radio nacional, con ese tono de intensidad pausada y sostenida que tan buenos resultados le da mañana tras mañana, convincente, elevaba ya su oda al parlamento y las instituciones sin dejar pasar la oportunidad de criticar a los malos diputados. Porque con buenos y malos los cuentos entran mejor. Matrimoniadas al estilo de Los Roper, pero sin gracia. Sin gusto. Todos -y todos son todos- forman parte de la misma farsa parlamentaria y se necesitan, aunque no quieran asumirlo.

Nuestras fábricas de opinión funcionaron a toda máquina el pasado 23-F, bien elogiando el íntegro carácter de aquellos dirigentes de antaño -las que más-, bien justificando las protestas de Podemos y otros pájaros con su habitual loco por incordiar. El caso es que, con tanto trazo grueso, es fácil que el truco cuele, que pase desapercibido. Pero el truco está ahí y me explico. La mal llamada fiesta de la democracia no es más que la fiesta de la vaselina. Si nos obligan a elegir entre con vaselina o a pelo, está claro que optaremos por la vaselina. Pero ya está. De ahí a hacer una fiesta y gritar a los cuatro vientos que nos está gustando, va un abismo. No hay motivo de fiesta entre el pueblo, por más que se empeñen en convencernos desde los medios de Barcelona y Madrid, año tras año. Ganas tienen. En el fondo, algo le dice al currante que la historia del 23-F no está bien contada. Pero que también le digo, que qué más da.

«Hasta que no se sepa todo…»

Hay quien habla de documentos clasificados sobre lo que pasó aquel día, de que “hasta que no se sepa todo…”. La eterna espera del maná informativo. Que abran los ojos. Si una imagen vale más que mil palabras, las imágenes están ahí. Aunque las ofrezcan con música y comentarios épicos, lo evidente salta a la vista: el 23 de febrero de 1981, ante la primera amenaza contra la democracia, por chapucera que fuere, nuestros ilustres representantes se escondían tras sus atriles como zorras arrinconadas en el gallinero. Desaparecidos, callados, sumisos y postrados. Porque no estaban allí para defender los derechos de nadie, estaban allí para mirar por lo suyo y nada más. Todos ellos. Con las excepciones del diputado Gutiérrez Mellado y de Adolfo Suárez, dos raras avis que sí mantuvieron el tipo, dos hombres que sí estaban dispuestos a jugársela por quienes les eligieron. Personalidades extrañas en aquel zoológico parlamentario… Tan extrañas que Adolfo Suárez no tardaría en ser traicionado por aquellos que mancharon los calzoncillos el 23-F en una suerte de exocitosis parlamentaria. El hombre honesto vilipendiado cuan Quijote y expulsado de la cámara de los hombres oportunistas. Todo cuadra. Muchos de aquellos, este pasado martes nos narrarían cómo fue el 23-F, pretendiendo darle un carácter emotivo a sus palabras al son de las emisoras bajo contrato… Desde entonces hasta hoy, el oportunismo campa por las cámaras de gobierno.

Tejero, Armada, Milans del Bosh… Los tres formaban parte de un colectivo que había sido excluido del reparto del país y, sencillamente, querían su trozo del pastel. Más brutos que los diputados, en el fondo querían lo mismo que ellos. Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, Tejero y sus amigos decidieron colarse en la fiesta de los partidos y del Rey. Habían oído hablar que había coca-cola para todos y algo de comer. Vieron mucha niña mona pero ninguna sola. Luces de colores… Tejero y sus amigos eran Mecano con uniforme. El tema acabó como acaban estas cosas, el dueño de la fiesta echó a los intrusos y el jolgorio continuó. La fiesta continúa.

Por eso, que no me vengan los directores de los medios nacionales, biempeinados y rodeados de oropéndolas que les bailan las aguas, a decirme que el 23-F es la fiesta de la democracia… El 23-F es un retrato de la valía de nuestros diputados. Los de entonces y los de ahora. Y alguien tiene que decirlo.


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