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el padrino

El cartel del 50 aniversario de 'El padrino'.

Cultura, Opinión

50 años del estreno de ‘El padrino’: la película de todos los tiempos

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El 15 de marzo de 1972 se estrenó en multitud de cines de Estados Unidos este referente de la cultura popular, que encumbró de la noche a la mañana a su director, Francis Ford Coppola, y a su coprotagonista, Al Pacino, además de devolver a primera línea al mito Marlon Brando. Esta es la historia de un inmigrante italiano con voz rasgada que logró ascender en la competitiva sociedad estadounidense de principios del siglo XX con métodos oscuros… sicilianos, mejor dicho

El arte forma, entretiene y trasciende. El séptimo se inventó hace poco en comparación con la pintura, la literatura o la escritura, pero es uno de los que más aceptación y seguimiento produjeron en el siglo XX… y sigue sumando seguidores en el siglo XXI. Dentro del mundo del celuloide (siempre me gustó llamar al cine así, aunque ahora sea digital), existen obras malas, regulares, buenas y maestras. El padrino encaja en esta última categoría y en la que están metidas muy pocas películas de entre todos los millones que se han rodado: la de icono popular eterno.

Camisetas, figuras de acción, funkos, material de papelería, bolsas, juegos de rol, videojuegos, disfraces de Vito Corleone, parodias… El éxito puede ser tan ingente que explota en mil partículas audiovisuales, las cuales quedan pululando en forma de frases que se insertan en el subconsciente colectivo: «Le haré una oferta que no rechazará«; «ten cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos»; «un hombre que no pasa tiempo con su familia nunca puede ser un hombre de verdad»; «¿la venganza podrá devolverle a su hijo? ¿devolverme a mí el mío? Renuncio a vengar la muerte de mi hijo»; «Bonasera, Bonasera, ¿qué he hecho para que me trates con tan poco respeto?«… Y así podíamos seguir hasta el infinito con un guión redondo adaptado por el autor de la novela, Mario Puzo, y el jefe de todo aquello, Francis Ford Coppola.

El magnífico equipo de El padrino es, para empezar, una apuesta clara por la calidad actoral sin tener en cuenta fuertes temperamentos ni bisoñeces ni estatus dentro de la industria. Marlon Brando, después de una serie de fiascos, era persona non grata en Hollywood por aquel entonces; Al Pacino, a quien el productor Robert Evans llamaba «pequeño enano», solo tenía en su haber la película Pánico en Needle Park (1971) y el hándicap de que el estudio prefería a Robert Redford; James Caan y Robert Duvall habían debutado en Llueve sobre mi corazón; Gordon Willis, futuro jefe operador de Woody Allen, tenía un currículo casi virgen de no ser por Klute (1971). Para el resto de papeles, el cineasta invitó a su familia (su hermana Talia Shire interpreta a Connie, hija de don Vito).

La apropiación del proyecto por parte de este joven arrojado llamado Francis Ford Coppola, que tenía solo 29 años, es inaudita. Hasta ese momento y dentro de la industria hollywoodiense, era impensable que un director semidesconocido plantase cara a los productores para imponer su visión. Pero sucedió.

Con la amenaza de ser despedido a cada instante, Coppola debía dar muestras de una mezcla de dominio, improvisación y carácter a partes iguales para que el rodaje fluyera. Las limitaciones económicas (6 millones de dólares) obligaron a rodar rápido, con dos cámaras. Lo que, en principio, podía haber sido una chapuza deviene en obra maestra. Como refleja Stéphane Delorme en la serie Maestros del cine de Cahiers du Cinema, «la mayoría de las escenas modificadas, improvisadas o añadidas llegan una tras otra en la segunda parte del metraje. Esta fragmentación provoca un efecto monumental, a la manera de las películas de Stanley Kubrick, como si cada escena fuese antológica. Pero, en realidad, El padrino es un collar de perlas de diferentes tamaños y colores que recuerda las técnicas buscavidas de la escuela Corman».

Esta primera película de una trilogía inolvidable consigue la hazaña de estar en la línea de las sagas clásicas (El Gatopardo, de Luchino Visconti, 1963) y, a la vez, en resonancia plena con las mutaciones de su tiempo. La imagen tenebrosa de Gordon Willis nos sumerge en un mundo secreto. En la actualidad, se alaba su sobriedad, pero en su época dicha sobriedad parecía extraña. Los jefes de los estudios se preguntaban el por qué de esas largas escenas de discusión filmadas en la oscuridad. En ese marco, la violencia irrumpe con bocanadas frías y espectaculares, como el asesinato de Sonny acribillado a balazos delante de su coche, reminiscencia de Bonnie y Clyde (1967), de Arthur Penn, y de los accidentes serigrafiados por Andy Warhol.

«Es mi familia, no soy yo»

Los tres hijos varones de Vito Corleone son muy distintos: el mayor, el impetuoso Sonny (James Caan); el segundo, Fredo (John Cazale), un juerguista cobardica; y Michael (Al Pacino), el más pequeño, pero más centrado de los tres. Hay un cuarto, el consigliere germanoirlandés, adoptado por don Corleone y de admirable sangre fría, pero sin la sangre de los Corleone en sus venas (Robert Duvall).

Aunque al principio se le muestra apartado, Michael se impone en una escena admirable en la que se hace cargo de su padre herido en el hospital. Al inicio él podía menospreciar las vilezas de la mafia y decir a Kay (una inconmensurable Diane Keaton), su futura mujer: «Es mi familia, no soy yo». En adelante, él será la familia.

La metamorfosis de Pacino es soberbia (y llegará a límites prodigiosos en la secuela) del chico con uniforme militar que llega a la boda de su hermana Connie a capo oscuro, de mirada gélida y penetrante, que utiliza los consejos de su padre para perpetrar la matanza final, que será un rasgo característico de la trilogía, siempre montada en paralelo con algún acontecimiento familiar (bautizo de su ahijado en esta primera entrega).

Los ojos de Michael exudan sufrimiento, porque ha renunciado a todos sus planes blancos de familia feliz, que pretendía ser independiente de la Cosa Nostra, para zambullirse desnudo en el cieno de dirigir una empresa venenosa, cuya ponzoña supura todos los recovecos del poder, mueve todos los hilos de una sociedad que se vanagloria de su modo de vida, tan occidental y capitalista.

Con la mirada pensativa y la espalda cargada por el peso de la responsabilidad, Michael cumple como una condena un destino que le supera. ¿Cómo se puede amar de verdad contaminado por la corrupción hasta las trancas? Pacino clava ese estado de ánimo como nadie lo ha hecho hasta ahora en la historia del cine. Contención máxima y pequeñas dosis de ira desatada que irán saliendo, como ráfagas de metralleta, a lo largo de la saga. Su padre, que murió estando muy orgulloso de su hijo menor, se revuelve ahora en la tumba.

Como dice Stéphane Delorme, «el vals triste compuesto por Nino Rota acompasa su transformación en monstruo: avanza a ciegas bajo la sombra del padre, porque parece que, desde siempre, estaba hecho para eso».

Esta película-río es la gran resurrección de los mitos originales, una tragedia griega en escenarios italoamericanos contemporáneos, antes que un tratado crítico sobre la historia de su tiempo. La transgresión de la ley es una cosa. Atacar a la familia, otra muy distinta.

El padrino es puro cine, la perfecta coreografía de la muerte, la música magistral de Nino Rota, el comienzo de la decadencia moral de un militar intachable que no supo apartarse a tiempo de los negocios turbios de la familia, que se dejó llevar por el amor a un padre para dar rienda suelta a su capacidad maquiavélica y hacer brotar la vendetta más cruel, hasta contra su propio cuñado (ya dijo don Vito que no se le iba a dar un buen puesto en la familia porque no era italiano)… ¿El padrino II es mejor que la primera? Será un agradable y eterno debate sin fin, pero ya analizaremos esa secuela cuando toque, el 20 de diciembre de 2025.

Aquellos afortunados que todavía no la hayan visto, ya están tardando en sumergirse en ese universo oscuro que no dista mucho del actual en la vida real: políticos y jueces comprados; empresarios que sobornan y chantajean a diestro y siniestro; hombres encorbatados que quieren dar visos de legalidad a lo ilegal… Los partidos políticos funcionan hoy día como la Famiglia: rendimiento de pleitesía al mayúsculo líder y no salirse del tiesto nunca para poder seguir obteniendo esa protección proporcionada por el poder sin dejar de bailar el vals de la corrupción. Incluso Coppola deja una pista de la omertá que existe en ese mundo viscoso al hacer tres películas sobre la mafia sin que ningún personaje pronuncie nunca la palabra mafia.


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4 comentarios

  1. Pedazo de artículo!

  2. Muy buen análisis, la verdad es que dan ganas de verlas. Un artículo completo y una forma acertada de expresar que la familia se siente por encima del bien y del mal , ya que tienen su propio «código ético», no se ven ellos mismos como mafia.

  3. Luciano Pou Sabaté

    Muy buen homenaje, a una de las mejores películas, sin duda, de la historia!

  4. Angeles Suarez

    Sin lugar a dudas Marlon Brando fue uno de los más grandes actores del cine de Hollywood. En esa película deja su mayor potencial.
    Es una película que cuanto más la veas más mérito le das.

    Aunque tengo que decir cuando te guste ami Brandon me gustó pero no me entusiasmó…

    Me gustó más la interpretación de Jack nicholson y también las películas de este gran actor.

    Aunque reconozco que Brandon es Brandon…

    Me gusta mucho el cine y me gusta hablar de él, espero más artículos sobre el cune que se está haciendo ahora

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