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El mítico beso entre Burt Lancaster y Deborah Kerr en 'De aquí a la eternidad'.

Opinión

Toros, bocatas de morcilla y besos incomprensibles

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Este no es otro alegato sobre la tauromaquia. O tal vez sí, vaya usted a saber, porque empezaré por decir que llevan su razón quienes, sobre el papel, diseccionan quirúrgicamente la fiesta nacional para analizar cada uno de sus miembros y dictaminar que, sin lugar a dudas, se trata de una sangrienta muerte para un animal

Analizada la secuencia de acontecimientos, el análisis es conclusivo: es una tortura progresiva del animal que suele desembocar en su sacrificio, con independencia de los riesgos que los verdugos voluntariamente asuman o el simbolismo que para cada cual encierre. Sobre el papel no hay sitio para el simbolismo. Este tiempo global se lleva mal con cualquier referencia a la tradición, la cultura, los usos y las costumbres locales, especialmente si esas costumbres se salen de la esfera anglosajona. De esta forma, la batalla dialéctica parece ser favorable a los argumentos antitaurinos.

Saltando aparentemente por los cerros de Úbeda, me vinieron a la memoria los exquisitos bocatas de morcilla asada que nos comíamos jóvenes y mayores en las fiestas de mi pueblo hace ya mucho tiempo. Deliciosos, suculentos y sobre un pan crujiente y generoso empapado en las grasas que el embutido soltaba recién salido de las brasas. Uno de los momentos altos de aquellas noches de bombillas de colores, casetas de tiro y churrerías ambulantes. Sin embargo, y a pesar de que todos podíamos saberlo, si alguien se hubiese dedicado a diseccionar la composición de aquellas morcillas y explicar, sobre el papel, sus diferentes componentes, esencialmente sangre de cerdo, cebolla… así como la procedencia de la tripa que todo lo recubría, muy probablemente muchos ni nos plantearíamos pedir tal aberración gastronómica, y mucho menos disfrutarla como lo hacíamos noche tras noche, año tras año. Dicho de otra forma, el bocata de morcilla asada tampoco saldría airoso de una eventual batalla cultural, si ésta se plantease. Porque el papel es el papel, los argumentos son argumentos, y luego está la realidad, que normalmente se sobrepone a ambos.

Antes o después le tocará el turno a los besos

O si no, vayamos un poco más lejos. En un futuro hipotético (distópico, que dicen los modernos) en el que los toros y la morcilla ya se encuentren prohibidos, antes o después le tocará el turno a los besos. Sí, los besos. Porque, ¿me quiere explicar usted a santo de qué se puede justificar el hurgar en la boca de nadie? ¡Digo! ¡La boca! Una de las partes del cuerpo con más bacterias y vía de entrada de infecciones y cosas malas… ¿De verdad cree que, sobre el papel, la defensa de los besos tendría alguna posibilidad de salir airosa en una hipotética batalla cultural? No duraría el primer asalto. Y del sexo ya ni hablemos, porque cae de cajón.

Si el día de mañana se plantea esta batalla cultural (y al paso que vamos, es cuestión de tiempo), nada habrá que objetar ante quienes aleguen que el beso es una práctica ominosa que solo sirve al contagio de dolencias y la satisfacción de unos reflejos básicos, que sería deseable extinguir. Y así, poco a poco, seremos cada vez más modernos. Cada vez más insípidos. Con un gran autocontrol, un elevado grado de higiene y un sentido del humor cada vez más comedido y fugaz.

Progreso u origen. Instinto o razón. Animal o ángel. El cielo platónico o la tierra aristotélica. Venerar el futuro o bien aceptar nuestro pasado, que no es otra cosa que lo que define quiénes somos.

El hombre es un ser ambicioso que, generación tras generación, conquista avances para mejorar (o no) su vida. Aún así, ese mismo hombre, generación tras generación, tarde o temprano, se topa con ese día postrero en el que cambiaría todo el progreso alcanzado por poder volver a su infancia en una soleada mañana de enero, para pasear una vez más de la mano firme, cálida y suave de sus padres.


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Un comentario

  1. Francisco J Castillo

    Muy buena reducción al absurdo de las tendencias «modernas» actuales.

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