steve martin dentist

Steve Martin haciendo de dentista en la película 'La tienda de los horrores' (1986).

Opinión, Política, Salud

Cuando la caries de la política se expande, los dientes de nuestra confianza se pudren

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Molares, premolares… Nunca distinguí bien la nomenclatura de los dientes. A mí háblame de paletas y muelas. La primera vez que fui al dentista me desmayé y, desde entonces, ir al odontólogo es una auténtica travesía por el desierto sin agua y sin dromedario

Estos hombres de bata blanca y sonrisa Profident me generan desconfianza. Siempre sospecho que practicarán mal un empaste adrede para que vuelvas, un año después, a ponerte otro parche de composite pasando por caja, por supuesto. Todo el mundo habla del elevado precio de la luz o de los alimentos, pero poco se critica los sablazos que pegan los dentistas. ¿Se han vuelto locos con los precios de los implantes? Y ahora hasta te cobran por la radiografía preliminar. Está claro que deben existir para sanar a la banda de la sin hueso, pero no a costa de hacer enfermar la tarjeta bancaria.

Echo de menos a don Lorenzo, un médico singular que primero fue mi pediatra y, años después, se convirtió en el mejor dentista que he tenido. Lástima que muriese demasiado joven al caerse de una escalera en su casa. A partir de ahí, nunca llegué a encontrar a un odontólogo que me inspirase confianza plena. Ha sido una montaña rusa de emociones, como mi relación con la política.

De hecho, los ciudadanos parece que estamos en el potro de tortura del dentista, prestos a recibir la anestesia de la demagogia. Toleramos y toleramos. Oímos el ruido del pequeño taladro, sonido de mis peores pesadillas y aguantamos inmóviles, con la boca abierta, a que nos metan de todo (recortes en la sanidad, sablazos a base de impuestos, algoritmos maliciosos en nuestros móviles, clases con niños hacinados, salarios rayanos en lo humillante…) para salvar los piños. Pero, ¿cómo salvamos el gran sustento, cómo conseguimos la oclusión perfecta de nuestros dientes si siempre nos quedamos embobados?

«Cuando algo está podrido por dentro…»

El problema ha sido que me estaba comiendo un rollito de primavera y, en una de las mordidas, se me ha astillado un diente. ¿Por qué? La respuesta de mi querido/odiado dentista es la siguiente: «Cuando algo está podrido por dentro, solo basta con un empujoncito para que acabe estallándote en la cara. Y pasará más temprano o más tarde». ¿Estaba hablando de odontología o de política?

A veces, hay que apretar los dientes y confiar en que no rechinen ni se partan. Pero, al mismo tiempo, debemos estar dispuestos a que nos los rompan si así mantenemos la dignidad. No hay que esclavizar la cuenta corriente por una sonrisa perfecta. No hay que escuchar los cantos de sirena de los moderados que están preparados con el taladro para retornar al pelotazo urbanístico (y hay que ver qué casoplones tienen los dentistas, por cierto).

Se debe vivir con respeto, pero también con la firmeza necesaria para no dejarse ningunear por el poder. Menos hipotecas y más abrazos, ahora que ya se puede. Sigo absorto en mi monólogo interior mientras la auxiliar del dentista me saca la saliva con un tubo. La verdad es que hay que tener estómago para dedicarse a esto (quizá por eso tienes que apoquinar tanta pastora). También hay estómagos duros en la política que tienen que comulgar con ruedas de molino para plegarse a las directrices de un partido concreto. Los estómagos agradecidos lo llevan mejor, porque no tienen ardentía tras el empacho de adoctrinamiento.

Y ya parece que hemos terminado. ¡Ah, no! Aprovechando que tengo la anestesia puesta en la encía izquierda, el carnicero este me va a sacar unos restos reticulares que tengo ahí, al fondo, desde el año 1997. Puedo seguir haciendo este entretenido paralelismo entre la caries negra que se extiende como el chapapote por la boca y el régimen partidocrático en el que vivimos. Lástima que no existan odontólogos del alma que puedan extraer, con unos alicates especiales, esas bacterias corruptas que campan a sus anchas por ayuntamientos, mancomunidades, diputaciones y gobiernos regionales y centrales. No están a la vista y no salen en la radiografía. Más que bacterias son virus coronados con la proteína de la estupidez y de la mezquindad. Por cierto, el dentista dice que a otro diente de más allá le hace falta una corona. Tendré que financiar a 240 meses la Operación Sonrisa Blanca de Julio Iglesias.

Al final, ir al dentista es como ir a un taller de coches. Vas a que te arreglen un espejo retrovisor y te acaban sacando problemas de bujías, motor y la famosa junta de culata

Al final, ir al dentista es como ir a un taller de coches. Vas a que te arreglen un espejo retrovisor y te acaban sacando problemas de bujías, motor y la famosa junta de culata. Deprimente, como la pelea de gallinas en la izquierda andaluza, como la prepotencia que ya se vislumbra en el próximo Gobierno Bonilla, como la risa y el llanto de Juan Marín, sudándole todo, más preocupado de sacar a colación una y otra vez sus riquísimas torrijas que de la mayor debacle que un partido ha tenido en la historia de las elecciones andaluzas, el partido del que él era el líder regional…

No me siento la parte izquierda de la boca (la derecha está perfecta aparentemente). El blanco esperanza preside ahora mi dentadura, pero no puedo confiarme. En cualquier momento, volverá la caries por culpa de este mundo tan edulcorado y subirá desde mis encías hasta el cerebro. Y, en ese momento, me convertiré en el ciudadano dócil que todos los poderosos anhelan… No si puedo evitarlo. No si puedo enseñar los dientes, aun picados, a cualquiera que quiera profanarme mis derechos fundamentales. Eso es lo que haré. Viviré con un cuchillo entre los dientes y, si se me rompe alguno, siempre puedo pillar un vuelo barato a Bolivia, que allí un implante solo cuesta 200 euros.


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2 comentarios

  1. Avatar Lucía Ramos

    Cuando nos hacemos conscientes de las consecuencias de nuestra propia necesidad humana de trazar los límites y los contenidos de la naturaleza , élla,nos muestra que sólo somos como escollos contra los que rompe la marea.
    Cuando nuestro deseo de vivir, una voluntad imposible de doblegar, se enfrenta a la «realidad», que no necesita ser reconocida para existir.
    Cuando todos los estratagemas de la erística
    nos lleve a entender, lo que nos dijo Anatole France: «No hay gobierno popular,Gobernar es crear descontentos»……y así…seguir…
    con~tando~les…tantos des ~contentos…
    Volteamos de repente, y al mirarnos al espejo vemos nuestro rostro sin boca.
    No habrá dientes que cambiar….pero tenemos el resto del cuerpo para poder seguir creando.
    MoRdamos Nuevamente.

  2. Jaja la banda de la sin hueso… Muy bueno…animo con el dentista…si que haria falta algun buen dentista/ politico con principios para quitar la corrupcion que es la caries incrustada en todas las esferas de poder…

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