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Una imagen de una manifestación antitaurina.

Educación, Opinión, Política

Educación y libertad (I): los toros

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No digo que nos haya tocado vivir unos tiempos difíciles… pero sencillos tampoco. De que son particulares no cabe la menor duda. En una época bajo el signo de las tecnologías y las redes sociales, en buena parte de los casos nuestra capacidad de reacción ante cualquier asunto se reduce a hacer clic en un ‘Me gusta’. La inteligencia binaria va poco a poco imponiéndose y el modelo de pensamiento tradicional, en su sentido más amplio, cualitativo y matizado, va quedando de alguna forma arrinconado. ¿Esto nos estará cambiando? Quién sabe… probablemente sí

Las grandes cuestiones de nuestro tiempo se dirimen en dos formatos antagónicos: uno, ese ámbito binario que las redes cuantifican y miden en número de pulgares hacia arriba o corazoncitos; y el otro, el ámbito oscurantista de los circunloquios sin miga de los discursos políticos. Entre medias, empresas de comunicación sectarias de las que uno ya no sabe bien lo que creer, porque obedecen a la ley del mercado y ahí siempre hay alguien que paga. Y el que paga, manda.

Este escenario es un caldo de cultivo propenso a los argumentos simplistas y los absurdos irrebatibles de los que, tampoco nos engañemos, toda la vida ha habido seguidores: personas fácilmente identificables por su querencia a la coacción del ejercicio de las libertades del vecino. En ellos quiero detenerme hoy. En los amantes de la prohibición y la censura. Los más rápidos a este lado del Misisipi a la hora de apuntar su dedo a cualquier descuidado viandante. Aquellos que quieren prohibir los toros, los que quieren prohibir las drogas, los que quieren prohibir el aborto, prohibir, prohibir, prohibir… El homo persecutor, que se regocija ante sus víctimas como un lechón en el barro. Y atención porque, tal como el homo corruptus, el embustericus y el oportunisticus, el homo persecutor está presente en todos los estamentos, clases y partidos políticos, infiltrándose en todo tipo de hábitats a los que el ser humano haya sido capaz de adaptarse. Si se da un paseo por Facebook (esa plataforma de carcas), no tardará en encontrar sus huellas.

La prohibición es un método ineficiente

Aprovecho la ocasión para plantear que la prohibición como método para garantizar el bienestar de las sociedades se ha mostrado, al menos por sí sola, ineficiente. Y aprovecho para apuntar la importancia de la educación como vía para alcanzar este fin. Porque la prohibición lleva implícita, tal como el pensamiento supersticioso, un componente que la retroalimenta. Ocurre algo similar en esas situaciones en las que nos obsesionamos con olvidar algo: cuanto más obsesionados estamos, menos se olvida. Solo la educación y la pedagogía pueden sacarnos de ese atolladero.

Volviendo a la cuestión de la tauromaquia, uno de esos temas inigualables si se quiere estropear una cena con amigos o una reunión en familia, me pregunto qué sentido tiene prohibir los toros mientras se continúan cometiendo atropellos contra la naturaleza de forma masiva por todo el planeta. Ni siquiera estamos en condiciones de erradicar el maltrato humano, véase Afganistán recientemente, Siria antes y tantos otros conflictos vergonzosos… Las leyes de la lógica se resienten cuando acérrimos enemigos de la tauromaquia publican en sus redes los peces que han capturado o las chuletas que se están comiendo. En ambos casos se ha producido un maltrato animal evidente, siendo dichos sujetos promotores del mismo y ambos casos son tan desnecesarios como una corrida de toros. O si no, que le pregunten a un vegano. Servidor no ha ido en su vida a los toros, pero mientras yo no esté dispuesto a abdicar de una tapa de jamón serrano, pedirle o imponerle a alguien que abdique de ir a una plaza de toros me resulta una frivolidad.

Pero el tema de los toros lleva asociado un componente adicional, ante el que resulta difícil no posicionarse. Y es que, habiendo sido los toros durante tanto tiempo uno de los iconos de la cultura nacional, han sido solo por esa razón denigrados desde todos esos países que han contribuido en la construcción de nuestra leyenda negra y la hispanofobia. Como dormimos la siesta, somos unos vagos y, como vamos a los toros, somos unos bárbaros. Y lo peor, como indica Elvira Roca Barea en su más que recomendable obra, es que ese discurso denigrante haya sido asumido no ya en países que en otros tiempos fueron enemigos, que se puede entender, sino que ese discurso haya calado en nuestra propia cultura sin el menor filtro. Cuesta encajar que, por ejemplo, desde Francia se critique la tauromaquia mientras que en un solo ensayo nuclear en la Fosa de las Marianas el país vecino haya destruido más vida y más biodiversidad que en toda la historia taurina. Para no hablar de la salvaje caza de focas a garrotazos que tiene lugar cada año en Canadá o la masacre de atunes rojos en Cerdeña (Italia) o la persecución a los tejones en Gran Bretaña promovida desde el gobierno, donde solo en 2016 se acabó con la vida de más de 10.000 ejemplares… etcétera, etcétera, etcétera. Por eso, de bárbaros todos tenemos nuestro ramalazo.

Solo mediante la educación, la sensibilización y responsabilización hacia el mundo animal en general (así como la educación sobre nutrición y hábitos alimenticios) se puede conseguir que cada individuo, por iniciativa propia, deje de participar directa o indirectamente del maltrato de animales ya sea en una plaza, un criadero o un barco de pesca. 


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3 comentarios

  1. Avatar Mª Reyes F.Loaysa

    Magnífico, desde la educación dar a las personas los elementos para tomar decisiones constructivas de una sociedad mejor, libremente, no por coacción y prohibiciones. Sobre todo en los temas culturales, que en la delincuencia, ya es otro cantar, claro: educar para que no sean delincuentes, lo primero. Pero hay temas que hay que prohibir; aunque… la corrupción está más que prohibida, pero como el que hace la ley hace la trampa, y cuando la trampa empieza a no poderse usar, se cambia la ley, pues así vamos.
    No me voy por otro tema, me ha gustado mucho este artículo de EL LIBRE, porque propone lo mejor para una SOCIEDAD LIBRE: educación, sensibilización y responsabilización.

  2. Avatar Mariano Urdiales

    No soy vegano ni aficionado a los toros. Pero defiendo la fiesta nacional por tradición, estética, arte, fuente de riqueza y de biodiversidad. El toro de lidia no existiría sin las corridas de toros. Dicho lo anterior, comparto casi todo lo expuesto en el artículo y me opongo de forma frontal a los amantes de la prohibición y la censura. Pero no creo que sea equitativo equiparar una muerte de un animal irracional cualquiera, con el aborto, que es matar a un ser humano, con toda su carga genética. Esa última afirmación no es opinable, es un hecho científico.

  3. Avatar Ángeles Suárez Pozo

    Usted puede querer al toro de lidia todo lo que quiera y decir que un humano es considerado como tal en las primeras semanas de gestación. Le digo que eso no es cierto.

    Puede ser que el toro de lidia esté entre nosotros porque hace falta matarlo en los ruedos. Pero con eso no vamos a consentir que se nos obligue a tener esta fiesta indefinidamente.
    Vamos a estar con los robots y vamos a estar en Marte y todavía vamos a ver los cuernos de los toros cortados en manos de personas dando la vuelta al ruedo.
    ¿Usted no cree en el progreso?

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