Nos mecemos como la Macarena por el Arco de la Soberbia. Tratamos de atar viejas costumbres con el lazo de la tradición y los recuerdos, pero los espejos ya no son lisos. Lo cóncavo te devuelve desprecio y lo convexo espeta pereza
Una simple llamada telefónica cuesta un mundo. Como el Cristo de San Gonzalo, damos un paso hacia adelante y dos hacia atrás. Ya el mensaje de la familia es lo primero parece no calar igual. La desunión es evidente. Penitentes descoordinados somos desfilando al son de una marcha desafinada. La corneta llora sin consuelo por la gran oportunidad perdida.
Superamos vacunas sospechosas, desvaríos de famosos con voz quebrada, broncas a voz en grito por videollamada, subidas y bajadas de una escalera con más de 39 escalones; ascendimos al monte de los olivos y tragamos quina en el Gólgota de los olvidados, con la sangre al borde de la boca; miramos de reojo al prójimo como un leproso, como un apestado, como un sospechoso habitual y maloliente; lucimos mascarillas con veneno y dientes apretados; trucamos la verdad y maquillamos la mentira; Judas con corbata nos escupieron a la cara sin pensárselo dos veces; el miedo nos paralizó, nos hizo pequeños; el orgullo nos impide reconciliarnos con nuestro yo prepandémico… Mordimos la manzana y ahora no hay vuelta atrás.
Las relaciones humanas andan deterioradas, como las calles inundadas de cera roja. Hemos demostrado, en general, fuerza mental para no hundirnos completamente en la ciénaga de la Cosa del Pantano, pero han quedado secuelas, rescoldos, ascuas permanentes en el cerebro que nos impiden volver al azul, regresar a la fluidez de antes, la de los abrazos normales, la de los besos normales, la de las quedadas multitudinarias normales, la del toma y daca sano con los amigos… Hay un cierto atolondramiento que no termina de dejarnos disfrutar de haber sobrevivido.
Un algoritmo de carne y hueso
Hemos perdido a muchos congéneres, a muchas personas humanas que se han convertido en números. Y, así, nos hemos numerado, nos hemos ordenado perfectamente como un algoritmo de carne y hueso. Sometidos a la pantalla, no somos capaces de soltar del todo la mochila de la tecnología y del rencor: tú viniste contagiado a mi fiesta de cumpleaños; tú dejaste de hablarme por hacerte una broma; tú me haces ghosting solo porque te dije las verdades del barquero a la cara…
EL cubo de Rubik no termina de encajar. Los colores están mezclados y, en ese totum revolutum, sale perdiendo el alma, la esencia de las cosas buenas, importantes, sencillas. Tenemos menos aguante y nuestro esquema de pensamiento pasa por el narcisismo. Luego, si tengo tiempo, veré si atiendo las necesidades y las peticiones de los demás. Si la pandemia fue provocada, esos Padres del Nuevo Orden Mundial no pensaron en que el exterminio de la civilización no será con bombas sino con ráfagas incesantes de soledad. Por muchos teléfonos institucionales gratuitos que se habiliten, no contendrán la ola de enfermedades mentales que estamos padeciendo.
La caverna de Platón
Y la dictadura empresarial que vivimos también se resentirá, porque sueles pagar la infelicidad con el comercial de turno que te llama a las 16:01 horas para joderte la siesta. Si fuéramos felices, gastaríamos más. Pero recibimos balazos desde todos los flancos y el cubo de Rubik se está empezando a romper.
La Esperanza de Triana entra en su cueva hasta el año que viene y hay muchos que nos sentimos solos entre la multitud. Nosotros, de espaldas a la realidad, estamos en la caverna de Platón como hombres encadenados que consideran veraces las sombras de los objetos. Solo hay que darse la vuelta para recuperar la luz, la verdad y la vida, el zarandeo definitivo de la raza humana. A ésta es.
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